DOMINGO LOS INTERNACIONALES, DE COLOMBIA AL MUNDO

Ladrones “for export”

En La conexión Bogotá, Nahuel Gallotta se sumergió en el mundo de Los Internacionales, la mayor red de ladrones colombianos del planeta, que tienen una ramificación en la Argentina. Con ellos recorrió sus barrios, sus bares, sus discotecas secretas y hasta el cementerio en el que les piden protección a sus muertos antes de viajar a robar a cualquier destino del mundo, y los visitó en cárceles de distintos países.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc / Telam

El día que nos íbamos a conocer, en una cárcel de Buenos Aires, Fausto me llamó preocupado. Lo estaba mucho más que yo, que seguía rodeado de desconocidos, sin saber qué hacer. Habían pasado treinta minutos de la hora acordada y yo aún permanecía del lado de afuera, pensando si debía insistir o pegar la vuelta y regresar a mi casa. Fausto, en cambio, esperaba ansioso el permiso de uno de los guardias para salir al patio de visitas. La mayoría de sus compañeros ya lo habían hecho, y sólo quedaban él y los que no esperaban a nadie. Hacía más de un año que Fausto no recibía visitas. Y yo, más de un año que buscaba entrevistar personas como Fausto.

—Aló, parce, ¿cómo fue?, ¿qué pasó que aún no lo tengo por aquí?
Fausto me decía “parce”, pero el colombiano era él.
Ahí nomás le expliqué la situación: que llevaba dos horas cargado con bolsas de mercadería en la puerta y que menos mal que había llamado. Y le conté que un morocho, de más de un metro noventa, del otro lado de una ventanilla, me decía que sin la tarjeta de visita no podía ingresar. Yo sólo tenía DNI y el guardia me pedía certificado de antecedentes penales y su copia, certificado de domicilio y su copia, y dos fotografías 4x4, sin copia. Con todo eso harían la tarjeta de visita.
—Usted despreocúpese. Sólo deme cinco minuticos –dijo Fausto y cortó.
Mientras me hablaba, veía a otras personas que se acercaban igual de cargadas a esa ventanilla. El morocho también les decía que no, que no podían. Algunos se animaban a contestarle, y hasta lo insultaban. Yo miraba, mientras escuchaba leyendas de familiares que habían llegado a golpear a los guardias por no permitirles el ingreso y la de un chino que había bajado a patadas voladoras a dos penitenciarios. Eran cinco o seis filas de familiares, que sumarían unas cincuenta personas en total. La mayoría se conocía y charlaba amablemente. Se notaba que eran años de verse cada sábado a la mañana en la misma fila. Leían diarios deportivos o populares, compartían cigarrillos y facturas y ponían malas caras cuando se les acercaban los evangelistas con sus biblias, preguntando nombres de sus familiares para más tarde orar por ellos. Eran más mujeres que hombres; y entre ellas, más mamás. Ni entre las esposas, hermanas, amigas o hijas sumaban la mitad de las mamás. Se conocían casi todos menos los de la fila que estaba más cercana a la cantina, la de la ventanilla con el cartel que decía: “Visitas por primera vez”.
El nuevo director del Servicio Penitenciario había cambiado el reglamento, y a quienes ingresaban por primera vez ya no les alcanzaba sólo con el documento: debían cumplir otros trámites. Por eso había tantos rechazos, como el mío. Nadie había avisado nada. Para entrar, uno debía presentarse durante la semana y solicitar una tarjeta de visitas. Eso era lo que explicaba el grandote.  
Y Fausto volvió a llamarme. Escuché sus recomendaciones y con poca confianza me mandé hacia la ventanilla.   

—Hola, disculpemé... –dije, mientras el grandote seguía con la vista puesta en unos papeles.
—Mire, hablé con el interno que vengo a visitar; me acaba de llamar por teléfono. Me dijo que sólo por esta vez había arreglado con el director del módulo...
El grandote dejó de mirar los papeles, levantó su mirada; me miró y me interrumpió, tal vez aburrido de lo lento que era para explicar la situación.
—¿A quién venís a ver? –quiso saber.
Con el tono, sus gestos y la mirada, me hizo entender que eso era lo importante, lo único que podía hacer que entrara.
—A XX –respondí, esta vez sin dudas. Seguro, como cuando él hablaba del otro lado de la reja.
—Ah, sí, ya está todo hablado. Te espero del lado de adentro. Acercate hasta la puerta –me dijo, y me hizo señas.
Me agaché para volver a cargar las bolsas de mercadería, esquivé a las otras personas que estaban por lo mismo y pasé la primera puerta. La había abierto el morocho, que se mostraba atento como ningún otro penitenciario. Del lado de adentro tuve que hacer una fila para que requisaran los alimentos, gaseosas, cigarrillos y productos de aseo. El paso siguiente fue pasar por un escáner que detectaría si había ingerido drogas. La última, para dejar mis pertenencias: reloj, llaves, billetera, dinero. Después me desnudé ante un guardia en un cuarto de dos por dos, de paredes celestes y poca luz. Primero de frente, después tuve que darme vuelta. Salí y me tomaron las huellas dactilares. Se quedaron con mi documento y me hicieron firmar un papel que no me dejaron leer. Terminé en una sala en la que debíamos esperar. Eramos más de treinta en ese sector. Ahí, no por primera vez (porque ya lo había pensado muchas veces), volví a pensar en el tipo de persona que estaba entrando a ver. Me había tenido que volver varias veces de la cárcel sin poder entrar, y Fausto, mi próximo entrevistado, había logrado lo que ningún preso: que un penitenciario me dejara pasar a los cinco minutos de haberme dicho que no. Y volví a preguntarme, también, como en cada situación como ésta, qué motivaba que una persona así estuviera dispuesta a recibirme, sabiendo que era un periodista que quería preguntar por sus vueltas por el mundo. (...)
Habían pasado cuatro horas de su detención cuando un policía se acercó a la celda.

—Preparate, colombiano. En cinco minutos arrancamos para Tribunales.
Fausto no lo sabía, pero mientras estaba en la comisaría, un grupo de agentes había allanado el departamento amueblado que alquilaba, en el que había joyas, relojes, computadoras, ropa y dinero. La orden de allanamiento la había dictado un juez que luego recibiría como respuesta que “el detenido no vivía allí”, junto a una muda de ropa sucia que terminaría figurando como lo único secuestrado en el lugar.
Después de hablar con el juez, fue enviado a una celda ubicada en el mismo edificio, donde pasaría las próximas 24 horas a la espera de su nuevo destino.
No bien ingresó, un argentino se le acercó y puso su pie al lado del suyo, como calculando si eran similares en talla.
—¿Sabe qué? –arrancó Fausto, delante del resto–. Donde yo me crié nunca le preguntan a uno cuánto calza. Lo que me está diciendo significa que quiere mis zapatillas, y yo por lo mío peleo. ¿Usted quiere pelear conmigo?
—¡No, no, no lo molesten que es sicario! –gritó otro detenido apoyando su espalda contra la reja, con signos de ser el próximo a ingresar a una cárcel neuropsiquiátrica.
La pelea duró poco porque los guardias estaban muy cerca. Tomaban mate o jugaban con sus celulares en el pasillo que unía la celda de los que llegaban de comisarías con las otras tres donde esperaban los que ya estaban detenidos en cárceles y habían sido trasladados hasta allí para declarar, participar de una rueda de reconocimiento o subir al juicio oral.
La pelea duró poco y fueron más golpes al aire que a los cuerpos, pero alcanzó para que dejaran de molestarlo. Ya nadie se volvió a meter con él. Es más: comenzaron a darle consejos sobre sus posibles destinos. Durmió una siesta sobre un colchón apoyado en el piso –en el lugar no hay camas– y se despertó para la cena, cuando volvieron a darle una orden desde el otro lado de la reja. Algún tiempo después, vaya a saber cuánto, bajaba de un camión e ingresaba a una cárcel. Faltaban pocos minutos para las doce de la noche de un viernes.
Lo registraron junto a otros seis internos, todos desnudos por orden de los penitenciarios. Fausto recuerda que era un día de calor, pero que allí adentro, no sabe por qué, hacía mucho frío. Se cambió y enseguida recibió el llamado para entrar a una celda oscura donde no podía ver la cara de los que le hablaban. Allí lo requisarían y le harían algunas preguntas antes de enviarlo a uno de los pabellones de ingreso.

—¿De dónde sos, negrito?
—Bogotá, Colombia.
—¿Y por qué estás?
—Por robo.
Fausto estaba nervioso. Sus piernas temblaban. Volvía a tener miedo, como hacía muchos años que no le pasaba. Y volvía, también, a sentir nervios; los nervios que decía saber controlar hasta en los robos en países que condenaban con pena de muerte a los delincuentes. Minutos antes había escuchado los gritos y sollozos de los presos que habían entrado antes que él. Supuso que se le venía “la bienvenida”, esos golpes que daban los penitenciarios para dejar en claro que los que mandan en la cárcel son ellos. Pegaban con palos y daban puntinazos con sus borceguíes. En el cuerpo, nunca en la cara, así no dejaban marcas. Todo lo que le habían contado en los tribunales parecía tocarle en pocos minutos, y lo tenía mal.
—Uh, se ve como bueno… –dice Fausto que dijo un penitenciario apenas lo vio, dando a entender que no era un preso más, de esos que llegaban por arrebatar celulares o carteras.
Fausto ya estaba con las manos apoyadas contra la pared y la cabeza hacia el piso. No lo dejaban mirar hacia los costados. Seguía nervioso.
—Qué buen pantalón. Ni con las horas extras del mes podría comprarme uno así –dijo otro.
Fausto llevaba un Prada. Pero no dijeron más nada del tema. Otro penitenciario se refirió a otra de sus prendas.
—Pasame el reloj, colombiano –escuchó del que tenía a su izquierda.
Era un Tag Heuer. Fausto dice que un reducidor le había ofrecido unos 500 dólares por él, pero prefirió quedárselo. Lo había robado en un departamento de Recoleta. Formaba parte de una colección de diez relojes de la marca, de los que usan los deportistas de alta competencia, que fue regalando a sus socios y enviando a sus familiares.  
—¿Por qué tendría que dárselo, señor?
—Porque yo lo quiero.
Fausto levantó la mirada. Sabía que su mirada intimidaba a cualquiera. Y le gritaron.
—Bajá la vista, la concha de tu madre. ¿Dónde carajo te pensás que estás, colombiano de mierda? Nos das el reloj o nos empezamos a divertir con vos. ¿Qué preferís?
Otro penitenciario, el que lo palpaba, comenzó a molestarlo.
—¡Está transpirando! ¡Qué cagazo tiene! Al final es igual de cagón que el resto.
Su risa contagió a la de sus colegas. Fausto tomó aire y lo soltó suavemente, para no gritar toda la furia que sentía. El, que había robado en todo el mundo, él, que se había burlado de muchísimas policías, ahora era humillado por un grupo de penitenciarios.
—Entréguelo, paisano, o empezamos con los bifes.
Fausto no entendía a qué se refería con “los bifes”. Para él, eran trozos de carne argentinos. Pero decidió que lo mejor era entregar el reloj.



Nahuel Gallotta