DOMINGO REPORTAJE A MARILU MARINI

“Lo único que transforma algo en la vida son el amor y el arte”

En su visita anual, Marilú Marini, radicada en París, es elogiada por la crítica por su actuación en la obra 33 variaciones, junto a Lito Cruz. Evoca a su admirada Niní Marshall, cuyos personajes llevó a Francia, y adelanta su proyecto: una versión teatral de los filmes que Paul Morrisey rodó en su período junto a Andy Warhol.

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Como era de suponer, una vez más en su visita anual a Argentina, Marilú Marini cosecha aplausos de crítica y público con la mágica 33 variaciones, en la que, junto a Lito Cruz, logra el encuentro entre Beethoven y la víctima de una incurable esclerosis a través de los compases de un “pequeño” vals que el propio Beethoven, desbordando genialidad, considera una obra vulgar.
Una obra que nos remueve el alma y un trabajo actoral impactante. Incluso, nos llega la información de que Marilú Marini quiso consultar a los médicos del Fleni para otorgar a su personaje una mayor credibilidad.

—¿Eso es cierto? –queremos saber.
—He estado en contacto, en el Fleni, con el doctor García, que me asesoró en todo esto. Le mostré lo que yo pensaba hacer en el escenario y él me indicó acerca de si era plausible o no mi interpretación de una enfermedad con un recorrido tan largo como sucede con la esclerosis lateral amiotrófica. Una dolencia terminal. El doctor García es una persona con una gran delicadeza de alma, y me decía que lo más terrible, en la relación con el enfermo, es cuando el diagnóstico ya no ofrece alternativas.
—Claro. ¿Qué se puede decir en esos casos?
—Allí, él subrayaba no solamente la presencia del profesional que acompaña desde un punto de vista científico sino el ser un médico que acompaña, escucha y trata de aliviar la psiquis de la persona enferma. Yo los admiro desde el fondo de mi alma porque seguramente es un trabajo con terribles características. ¿Cómo consolar a alguien que “sabe” acerca de la situación terminal en la que se encuentra? Además, me señalaba el doctor García, que ésta es una enfermedad completamente aleatoria cuyo proceso es a veces muy corto y, otras, muy largo. No hay allí un desarrollo comparativo entre uno y otro caso. Cada caso es diferente. Los músculos no reciben información del cerebro y, por lo tanto, se van atrofiando.
—Y en la obra de Moisés Kaufman todas las emociones van superponiéndose, incluso al escuchar un piano que acompaña, en escena, con las composiciones de Beethoven.
—33 variaciones es una obra acerca de dos pasiones: una de ellas es la de Beethoven por su trabajo de creación, y la otra pertenece a esta mujer que yo interpreto (Catalina Brandt), que es una musicóloga reconocida, dedicada a investigar la razón por la cual Beethoven, al final de su vida, en vez de componer una variación sobre un vals de Diabelli, se desborda y, en cambio, compone 33 variaciones. En todo momento se aclara que Diabelli es un compositor menor con obras muy primarias como aquel famoso vals. Por qué, entonces, quiere Beethoven transformar esta composición (te diría “un vals de cervecería”) en algo importante. Incluso en alemán, él ni siquiera lo llama “variaciones” sino “transformaciones”. Como si fuera un mago, elige esos 33 momentos y los convierte en variaciones que son de una enorme belleza.
—Es muy impresionante pensar que, agobiado por una sordera total, Beethoven se inclinaba sobre el teclado para poder sentir las vibraciones de sus obras.
—Incluso he oído decir que se han encontrado pianos mordidos por Beethoven puesto que, al morder la madera, podía acercarse a las vibraciones de su propia música…Es realmente emocionante y conmovedor. Te diría que son cosas que me han enseñado una actitud de entereza moral frente a lo que es el trabajo. Beethoven consideraba esto como el deber de continuar creando a pesar de que no solamente no podía oír sino que otras enfermedades también lo acosaban. Sin embargo, nunca cejó y persistió en su trabajo de creador. El tenía una conciencia muy exacta de lo que significaba como artista y su insistencia en crear es una forma de no claudicar y de persistir. Trabajaba incansablemente sobre sus bocetos. No tenía ese espíritu lúdico, juguetón, de Mozart, en quien todo parece más fácil y placentero. Beethoven tenía que amasar y elaborar cada una de sus obras y ha tenido la generosidad de dejarnos estas maravillas que hoy disfrutamos. En esta obra se mezclan el pasado y el presente porque aparecen Beethoven y su mundo, y también el universo de Catalina Brandt que, además de su enfermedad, tiene que afrontar un serio problema con su única hija. Será entonces que internándose en el mundo específico en el cual Beethoven desarrolla este trabajo sobre el vals de Diabelli podrá, poco a poco, decantar también la difícil relación con su hija. Te diría que es como un camino de iniciación, y lo admirable del personaje es también que ella desdramatiza y aun comenta con humor los detalles de su terrible enfermedad. Catalina no se apiada de sí misma. Siente que debe seguir adelante. Incluso me recuerda una obra de Nora Iniesta que, como artista conceptual, hizo una tela bordada donde se podía leer tres conceptos: “resistir, insistir, persistir…”.
—Enormes normas de vida… y esto también explica la emoción del público. ¿Cómo llegó esta obra a tus manos?
—Pablo Kompel me la hizo llegar. Moisés Kaufman es un autor norteamericano que, hace un par de temporadas, tuvo mucho éxito aquí en Buenos Aires con Yo soy mi propia mujer…, que interpretó Julio Chávez.
—Un trabajo impresionante en el que Julio fascinó al público con su labor y con la trama argumental.
—33 variaciones se dio en Broadway en 2009, ganó cinco premios Tony y, en el papel de Catalina, actuó Jane Fonda. Cuando Pablo Kompel me acercó la obra, yo me sentí atraída por la historia, por lo que dice la obra. Y te explico: en última instancia, la obra dice que Beethoven quiso hacer una demostración de virtuosismo. Esta sería una primera hipótesis. Y luego se advierte que, en realidad, Beethoven tomó ese vals por lo que es. Es decir, un vals “de cervecería” y que, a través de ese vals vulgar y primitivo, hizo toda una creación delicada y maravillosa. La conclusión es, entonces, que la mirada del artista transforma lo cotidiano en algo que nos hace trascenderlo. Algo que nos lleva a esos momentos de encuentro con nosotros mismos y con los demás en un nivel siempre distinto.
—Recordemos lo que vos hacías en “Variaciones” cuando el teatro se conmovía frente a esa mujer esperando eternamente a un amante desatento que no llegaba nunca. ¡Angustiaste a toda la sala!
Marilú se ríe:
—Aquí lo que se dice es algo que sabemos todos: lo único que transforma algo en la vida son el amor y el arte. Las dos cosas nos obligan a salir de una especie de conducta cotidiana sistematizada y nos obligan a pasar a otro nivel en el cual podemos relacionarnos con “el otro” y con lo que sucede de una manera distinta. Casi diría “original”, “propia”. Sin seguir, claro, las normas que han sido establecidas. Ese “cliché” de lo cotidiano en cuanto a las relaciones con los demás. Salir del protocolo cotidiano…Yo recuerdo –y aquí Marilú, conmovida, hace una pausa– cuando fui al Rijmuseum (y aunque esto es una digresión, no importa) y vi toda la sala dedicada a la obra de Rembrandt, me puse a llorar…Era tan impresionante que me sacó de lo cotidiano. La fuerza de la mirada de ese hombre. El gesto, en la pintura. La generosidad de ese artista que nos brinda tanta belleza para que la disfrutemos… un banquete de placer… El banquete de descubrir algo nuevo. Por ejemplo, la visión de aquel cuadro de una madre leyendo la Biblia… La mirada de Rembrandt sobre su madre la ubicaba en un lugar de eternidad y, al mismo tiempo, no dejaba de rodearla de un afecto profundo. Yo creo, entonces, que esto es lo que puede lograr el arte en la vida de todos nosotros. Te repito entonces que el mensaje de 33 variaciones es que, a veces, lo que está más cerca es lo que más nos cuesta ver.
—Sin embargo, a miles de kilómetros de distancia, vos tuviste la osadía y lograste llevar a los franceses el encanto de Niní Marshall. No puedo olvidarme de aquella noche cuando, en el teatro Montparnasse de París, ante un público francés y en un idioma que no era el propio, vos hiciste que Niní Marshall fuera una realidad que los franceses no se cansaban de aplaudir.
—No solamente fue una osadía sino la idea de Alfredo Arias que montó un espectáculo acerca de Niní. Ella ya había estado presente en un espectáculo que se llamaba Mortadela, que obtuvo el premio Molière como mejor espectáculo musical. Pero lo que ocurre es que Niní tiene un humor absolutamente universal porque es el humor de la inteligencia y de la gracia. Y no estoy hablando de una inteligencia pedante sino de una inteligencia afectiva porque la mirada que ella tiene hacia sus personajes no es irónica (aunque hay una cierta ironía). Me refiero a que no tiene burla. No se está riendo de ellos. Está riendo “con” ellos, y la pluma de Niní, que sabía escribir dibujando esos personajes, estaba llena de cariño. Y también con algo que yo pienso que se da en las artes del espectáculo, el teatro, el cine, la radio, donde la presencia de esa afectividad se transmite inmediatamente al público, no solamente en el texto sino (y hablo aquí del teatro y del cine) que esa afectividad habita el cuerpo del artista así como habitaba el cuerpo de Niní Marshall cuando la veíamos en Porteña de corazón dar media vuelta taconeando por el pasillo del hospital. Era todo un mundo y ya nos reíamos solamente al contemplar ese andar, ese caminar. Pero allí no estaba solamente el gesto muscular sino también el gesto afectivo de Niní hacia el personaje y hacia la situación.
—Y creo que estamos tocando un tema muy particular porque no es habitual que los artistas que viven en el extranjero lleven ese mensaje como lo hiciste vos con Niní Marshall. Cosa que, por otra parte, ella te agradeció mucho aquella noche en el teatro Maipo, cuando asistió al homenaje que se le tributaba.
—Sí, sí. Fue muy emocionante estrenar Niní en el Maipo. Me acuerdo que estábamos con Alfredo Arias en los camarines y escuchábamos el rumor de las voces que llegaba desde el hall hasta que, de pronto, hubo un estallido de aplausos. “Llegó Niní”, dijimos muy conmovidos. Ella fue sumamente amable conmigo y con nosotros porque autorizó el espectáculo y la forma en la que nosotros lo llevamos a cabo. Niní Marshall nunca había cedido sus derechos de autor para que se representaran sus personajes. Y cuando yo se los pedí, lo hizo por primera vez. No sé… creo que confió en mí, que nos reconocimos como parte de la misma familia de trabajadores del espectáculo. Hay una seriedad, una constancia y una responsabilidad en el trabajo que nos une. Y, también, esa parte lúdica en la que los personajes divierten no solamente al público sino también a quien los representa. Pienso que Niní reconoció todo eso en mí y, por eso, nos otorgó los derechos.
—Luego, me imagino, te hizo sus comentarios.
—Sí. Al día siguiente me llamó y dijo que quería hablar conmigo. Varias veces habíamos ido a su casa para hablar acerca del espectáculo y no pude menos que preocuparme: “Bueno… –pensé– ¿qué va a decirme?”. Pero, no. Estaba muy contenta y con sus admirables 90 años me dijo: “Me dan ganas de escribir algo nuevo”. Y esa frescura fue realmente emocionante. Niní todavía sentía deseos de escribir. Luego, no pudo hacerlo pero el envión, su presencia en la zona de la creación, de las ganas y de la curiosidad era algo latente.
—No quisiera alterar tu modestia pero sin duda en la “Niní” que llevaste a París los franceses (que no son particularmente indulgentes en esto) reconocieron tu talento. Qué lástima que las “Variaciones” van a durar pocas semanas en cartel.
—Lo que sucede es que tengo que volver a Francia por dos razones: tengo que empezar a ensayar una versión teatral de las tres películas que
Paul Morrisey filmó durante todo el período de la Factory de Andy Warhol. Será una versión teatral, como te decía, con un grupo de gente muy joven. Se va a crear en Saint Etienne, en provincia, haremos una gira y luego, en octubre, estaremos en París, en el
Festival de Otoño, en un lugar maravilloso donde hay salas de espectáculos y de exposiciones que se llaman El 104. Allí se levantaban las antiguas Pompas Fúnebres de París y esto se ha transformado y reciclado para felicidad de todos nosotros –termina riendo Marilú con la fuerza y la alegría que brinda el talento reconocido y admirado.



Magdalena Ruiz Guiñazú