DOMINGO DONALD TRUMP, MAESTRO DE LA “POSVERDAD”

Mentiroso en jefe

El periodista español Vicente Vallés conoce a fondo la sociedad de Estados Unidos y cree que Donald Trump no es sólo un tipo histriónico y desafiante, sino alguien que supo convertirse en lo que muchos norteamericanos estaban buscando: un líder que pusiera boca abajo el sistema político del país. Y lo hizo sin dudar en recurrir a mentiras, exageraciones y “hechos alternativos”. Aquí, cómo lo hizo.

En guerra. Desde un comienzo les declaró la guerra a los medios “tradicionales”, que le respondieron con la misma medicina.
En guerra. Desde un comienzo les declaró la guerra a los medios “tradicionales”, que le respondieron con la misma medicina. Foto:CEDOC

A quién le importa la verdad en estos tiempos de internet? La verdad es como la objetividad de los medios y de los periodistas. Muchos espectadores, oyentes o lectores de medios sólo consideran que algo que les cuentan es un dato objetivo si coincide con su punto de vista. Si no les gusta el dato, si no confirma sus creencias previas, si desmonta su chiringuito ideológico, aunque sea cierto lo considerarán falso, y a quien lo cuenta lo acusarán de manipulador. Hubo un tiempo en que se elegían las opiniones. Ahora se eligen los hechos.

Lo que ocurrió, Donald, lo sabes tú mejor que nadie, es que los medios te hicieron, te hicimos, una campaña a costo cero. Como consecuencia, tú fuiste presidente y algunos ganaron mucho dinero gracias a eso.

¿Sabes dónde está Macedonia? Seguro que sí. Es un pequeño país de los Balcanes al que casi nadie presta demasiada atención. Pero hay tipos listos allí. Te gustaría conocerlos, porque quizá te reconocerías a ti mismo décadas atrás.

Resulta que unos macedonios en la edad de la adolescente vieron que la campaña electoral americana y, en especial, tú podían ser un buen motivo de negocio. Porque la estupidez humana es como los desplomes de la bolsa, que si se saben aprovechar también generan recursos económicos. Pero hay que ser espabilado y esos chicos de Macedonia lo son. Viven en el más allá, en una ciudad llamada Veles, una vieja villa del antiguo Imperio Bizantino, de poco más de 40 mil habitantes, a las orillas de un riachuelo llamado Vardar. La realidad es que no hay mucho que hacer en Veles. Y quizá por eso, para romper el aburrimiento, estos chicos avizoraron un buen negocio y empezaron a crear páginas web, hasta cerca de ciento cincuenta funcionando a la vez y en coordinación. Sí, Donald: unos muchachos de Macedonia crearon blogs en internet, escritos en inglés (bendita educación bilingüe) dedicados a las elecciones americanas. Y, para ajustar más la medida de precisión: dedicados a satisfacer las ansias de tu gente. ¿Para qué? Para difundir noticias tan llamativas como falsas. ¿Por qué? Para ganar dinero. Los efectos políticos no son de su incumbencia.

Se pusieron a fabricar titulares impactantes sin un solo dato cierto, y utilizaron estrategias inteligentes para posicionar sus webs en Google y utilizar el efecto multiplicador de las redes sociales Twitter y Facebook. La estupidez humana y el odio político hacia Hillary, hacia los demócratas, hacia las elites y, en general, hacia el establishment hicieron el resto del trabajo. Los chicos de Macedonia publicaban una noticia falsa tras otras en contra de Hillary. Por ejemplo, que el Papa había dado su apoyo a Trump, o que Hillary había dicho tiempo atrás que Trump debería presentarse a la presidencia, o que Hillary sería imputada en 2017 por el caso de los e-mails. Y esas noticias se viralizaban en la red hasta alcanzar su objetivo único, que era ganar dinero. “¡Enséñame la plata!”, como gritaba aquel personaje de la película Jerry Maguire. Y, mientras, Hillary sufría. Sí, Donald, sufría mucho.

Las webs tenían nombres impactantes como USConservativeToday.com, WorldPoliticus.com, USADalilyPolitics.com, o los mucho más evidentes TrumpVision365.com o DonaldTrumpNews.com. Todo lo que allí se leía iba dirigido a satisfacer los más bajos instintos políticos de los seguidores de Trump, cuya visceralidad alimentabas, Donald, en cada mitin. Sólo por error contaban alguna verdad.

Es una técnica, la de la falsedad llamativa, con algún recorrido incluso entre los medios considerados serios. Muchas webs de periódicos ilustres utilizan casi a diario la táctica de poner un titular con determinadas palabras que saben, con certeza ya confirmada por el tiempo y el uso, que provocaran muchos clics y, como consecuencia, más ingresos publicitarios. Por ejemplo, las palabras “sexo” o “porno” colocadas en un titular multiplican las visitas a la página. La humanidad es así.


El mundo de los que odian.

Aplicada esta estrategia a la política, la situación no es muy distinta. Consiste en aprovecharse de los llamados haters, los “odiadores”, aquellos que han encontrado en internet la fórmula para desahogar sus frustraciones y han convertido las redes sociales en el estercolero de su rencor. Odian y lo pueden poner por escrito en la red, sin que nadie sepa su nombre. Y los odiadores no suelen ser personas muy sofisticadas. Entran con facilidad al trapo colocado por quienes fabrican noticias falsas para hacerse ricos y/o por motivaciones políticas. El odio es bastante tonto. Y muy generoso.

Paul Horner es otro experto en la materia. Las falsedades son su especialidad. Ha creado varias webs para mentir en ellas y dar luego repercusión a lo publicado a través de las redes sociales, para ganar dinero. Algunas de sus mentiras fueron retuiteadas por ti, Donald, y hasta comentadas como si fueran ciertas en programas de televisión.

Y, una vez más, apareció Rusia. El diario The Washington Post puso en marcha una investigación según la cual el gobierno ruso había implementado durante la campaña americana una maquinaria de difusión de las noticias falsas sobre Hillary Clinton, para que tuvieran mayor repercusión en las redes sociales. Desde Moscú también se lanzaban engaños sobre la salud de Hillary, que de inmediato eran asumidos como ciertos por las webs de la extrema derecha americana y debatidos en radio y televisión. Dice el Post que los rusos se colaron en los ordenadores de funcionarios electorales en varios estados y hackearon sus cuentas de correo para publicar después su contenido. El informe señala que unas doscientas webs rusas creadas al efecto tuvieron impacto en quince millones de ciudadanos americanos, y que algunas de las historias inventadas fueron vistas más de doscientos millones de veces en las redes sociales.

Es una demostración más, Donald, de que las mentiras tienen éxito cuando el engaño coincide con el interés particular del receptor. Si la mentira confirma la tesis de quien la lee, entonces no es mentira. Como dijo Nixon autoabsolviéndose después de cometer las ilegalidades que lo obligaron a dimitir: “Si lo hace el presidente, entonces no puede ser ilegal”. Haga lo que haga.

Pero nada de esto se detuvo con tu victoria, Donald. ¿Te suena el nombre de Eric Tucker? Sí que lo conoces. Intenta recordar: es uno de los tuyos, tiene 35 años y vive en Austin, la capital de Texas. Es un tipo normal, de eso que les gusta llamar la clase media trabajadora blanca. ¿A que todavía no has olvidado las manifestaciones contra ti justo después de las elecciones? Claro que no. Te enfadaste mucho con esos americanos que no te quieren. Y entonces apareció Eric. En una calle del centro de Austin vio una larga fila de autobuses aparcados. Era extraño, porque no recordaba haber visto algo así en ese lugar. Hizo algunas fotos. Luego vio en televisión que varios cientos de personas se habían manifestado contra Trump muy cerca de allí. Entonces, el instinto se desató dentro de Eric. Consideró una evidencia indiscutible que alguien con mucho dinero había pagado los autobuses para trasladar a Austin a esos manifestantes. Lo que, a su vez, significaba que aquellas protestas no eran improvisadas, sino que alguien las preparaba y las financiaba. Era de una lógica incuestionable, ¿verdad Donald?

Eric hizo eso tan simple de escribir algo menos de 140 caracteres en su cuenta de Twitter y colgar la foto de los autobuses: “Los manifestantes anti-Trump de Austin no son tan inocentes como parecen. Estos son los autobuses en los que han venido”. Y luego colocaba los hashtags pertinentes: #falsosmanifestantes #trump2016 #austin.

Un solitario tuit lanzado por un tuitero de Austin encontró rápido traslado a cientos de miles de personas cuando las redes entraron en juego, se multiplicaron los retuits, y el mensaje se convirtió en un titular en los medios, con apariencia de veracidad: “Ultima hora: ¡encuentran los autobuses! Decenas de ellos, aparcados a pocas manzanas de la manifestación de Austin”. Y con un añadido tan campanudo como igualmente falso: “Los ha pagado George Soros”. Al autor del dato inventado se le escapaban los efluvios conspiradores por la emoción.

A partir de ese momento, el titular empezó su imparable circulación por Twitter, Facebook y los blogs conservadores. Tú mismo, Donald, quizá llevado por la pasión, tuiteaste que los “manifestantes profesionales, incitados por los medios, están protestando”.


¿A quién le importa la verdad?

Cuando la historia de los autobuses de Austin había sido compartida centenares de miles de veces, una televisión local tuvo la iniciativa periodística de llamar a la compañía de autobuses para informarse. Allí le dijeron que los vehículos habían sido contratados para trasladar a los participantes en un inocente y apolítico congreso de una empresa informática. Esa era la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Pero ¿a quién le importa la verdad, pudiendo disponer de una mentira que va a favor de esos intereses políticos particulares? ¿Y a qué receptor cegado por la pasión y por el odio van a ser capaces de convencer de que aquello que le han dicho, y que tanto le gusta oír, no es cierto?

Es lo que pasó aquella mañana de principios de diciembre de 2016, un mes después de las elecciones, cuando Edgar amaneció muy enfadado en su casa de Salisbury, en el estado de Carolina del Norte. Llevaba días leyendo historias terribles en internet. Los malditos Clinton ya eran personajes despreciables para este muchacho de 28 años desde mucho antes, pero después de conocer el alcance del Pizzagate Edgar consideraba que debía hacer algo para terminar con la depravación de Bill y Hillary. Y lo haría él.

Edgar Maddison Welch metió en su coche un rifle de asalto AR-15, un revólver Colt del calibre 38 y una escopeta. Condujo durante más de cinco horas en dirección norte, hasta llegar a su destino: el restaurante de pizza Comet Ping Pong, situado en el acomodado barrio de Chevy Chase, al noroeste de Washington. Edgar estacionó su Toyota, salió del coche con el rifle de asalto, entró en el local y disparó hasta dejar vacío el cargador de su arma. Nadie resultó herido. O Edgar es muy mal tirador, o evitó deliberadamente apuntar a las personas que estaban allí. ¿Por qué Edgar hizo tal cosa?

Desde hacía tiempo se había difundido por internet una más de las miles de historias entretenidas y falsas que desde hace unos años se han convertido en el alimento espiritual de millones de individuos en el mundo. Muchos de ellos, en Estados Unidos. En este caso, la historia era el Pizzagate. Se extendió por las redes sociales la especie de que Hillary Clinton y su jefe de campaña, John Podesta, eran los responsables de una trama pedófila, que tenía su centro de actuaciones en alguna sala escondida dentro del local que ocupa el restaurante Comet Ping Pong. Que el propietario del restaurante, James Alefantis, sea un conocido partidario de los demócratas parecía ser la prueba definitiva de la veracidad de esta delirante historia, según la cual en el Comet se abusaba de niños, mientras Hillary y Podesta se enriquecían a su costa. La historia surgió después de que se publicaran en WikiLeaks unos e-mails entre Podesta y el dueño del restaurante, que fueron esparcidos por el mundo a través de Facebook y Twitter. Las redes sociales fueron el sueño que Joseph Goebbels nunca pudo cumplir para llevar hasta el extremo su máxima de que una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad.

El grado de sensatez de algunos ilustres seguidores y colaboradores de Donald Trump queda de manifiesto al comprobar cómo Michael G. Flynn, hijo del general retirado Michael T. Flynn, tuiteaba que “hasta que no se demuestre que #Pizzagate es falso, seguirá siendo noticia. La izquierda parece olvidar los e-mails de Podesta y las muchas coincidencias que lo ligan a esto”. Este tuit le costó el puesto. Pero a su padre no pareció costarle caro que antes de las elecciones también pusiera en circulación a través de Twitter rumores sobre lavado de dinero y crímenes sexuales contra niños, sugiriendo que Hillary era responsable de todo ello. Tras las elecciones, Trump nombró al autor de este tuit asesor de Seguridad Nacional (y después debió renunciar por sus vínculos con Rusia, N. de la R.).

La policía detuvo a Edgar, que fue ingresado en prisión sin fianza, dejando a dos hijos atrás. El dueño del restaurante, James Alefantis, siguió recibiendo amenazas de muerte. Y el Pizzagate no dejó de circular por internet, con un añadido interesante: ya no sólo era cierto que Hillary dirigía una trama de prostitución infantil, sino que además la policía había puesto en marcha un montaje protagonizado por el tal Edgar para extender una cortina de humo y que Clinton pudiera librarse de la cárcel por pedófila.

Entre quienes expandieron este segundo capítulo del Pizzagate está James Fetzer, profesor de Filosofía, convencido de que el gobierno de Estados Unidos provocó el 11S, y de que el Holocausto no existió, sino que fue una invención del Mossad israelí. Fetzer asegura que todo es parte de una conspiración para “embarrar a la prensa alternativa, que está sacando muchas verdades que los medios de comunicación masiva ocultan”.

Cuando terminó la campaña y ganaste las elecciones, Google, Facebook y Twitter decidieron que quizá había llegado la hora de poner algún límite a la libre circulación de infundios a través de sus respectivas redes. Quizá. Pero ahora, ¿qué más da? ¿Qué más te da? Ya eres presidente.

Ahora lo que importa, Donald, es atar en corto a los medios tradicionales. Y no perdiste el tiempo. Dos semanas después de tu victoria ya empezaste a hacer eso que tanto gusta a los tuyos: darles duro a esos engreídos miembros de la canallesca. ¿Qué se habrán creído? ¿Pensaban que te ibas a arrugar durante la campaña? Les ganaste, Donald. Por encima de todo, ganaste a los jactanciosos periodistas y a los envidiosos dueños de los grandes medios de comunicación. Son ricos como tú, pero nunca te tragaron. Nunca quisieron concederte la categoría de ser uno de los suyos. ¡Malditos bastardos! Tarantino debería hacer otra película con ese mismo título, pero no sobre los nazis, sino sobre esa ralea de petulantes y vanidosos presentadores de televisión, analistas políticos y directores de periódicos que se creen el ombligo del mundo; que dan y quitan patentes de honradez; que quieren poner presidentes; y que se rieron de ti durante la campaña… Y ahora se vuelven locos por reunirse contigo… ¡Qué cosas, Donald!

Fuiste hábil, como siempre. Llamaste a tu vera a esos que salen cada noche por la televisión para dar doctrina, y a sus directivos. Y allí fueron a verte a la Trump Tower, a rendir pleitesía al presidente electo al que no habían conseguido derribar durante los meses previos a las elecciones. Y los humillaste. ¡Qué grande! Parecían achicarse, esos de los que dijiste durante la campaña que conformaban “la prensa deshonesta”. Allí estaban, en el hall del rascacielos, esperando nerviosos que el ascensor los llevara ante tu presencia: Wolf Blitzer de la CNN, Lester Holt de la NBC, David Muir y George Stephanopoulos de la ABC, Charlie Rose de la CBS… Era una reunión de esas que llaman off the record, para no contar lo que allí se dice. Pero en estos tiempos, las cosas ya no funcionan como antes. Decía The New York Times que no eres sólo el comandante en jefe, sino el “crítico de la prensa en jefe”… No tienen aguante estos chicos de las noticias. Mucho criticar, pero luego no soportan las críticas.

“Se equivocaron”, les dijiste. Sin reparos, con franqueza. Ahora eres el presidente, y si el presidente no puede decir lo que quiera, quién lo va a decir… Se tuvieron que poner en posición de firmes, y en primer tiempo de saludo, hasta de forma individualizada, porque te atreviste a confrontar con algunos de ellos citando su nombre, en presencia de los demás, que no eran pocos: había casi veinticinco periodistas delante de ti. Lo hiciste con Jeffrey Zucker, ese chulito presidente de la CNN. “Hemos apretado el botón de resetear”, soltó después Kellyanne Conway, una de tus principales asesoras. Gran fichaje Kellyanne. Desparpajo, ante todo.

Resetear… ¡Qué ironía! A ti, Donald, lo último que te interesa es resetear a la prensa. Lo que te conviene es que sigan igual, dándote mandobles, porque cuanto peor te tratan, más votos consigues. Y durante la campaña te regalaron miles de horas de televisión y millones de centímetros de espacio en los diarios. Te hicieron más grande de lo que ya eras, y sin necesidad de pedírselo. Lo hicieron por propia iniciativa, porque generabas audiencia, y eso es dinero. Mucho dinero. Era una joint venture muy exitosa, un negocio en el que ganaban las dos partes.

A quién le importa la verdad. Tú decides lo que es verdad y lo que no. Si tú dices que eres el primer promotor de la ciudad, ellos te darán su dinero. Si dices que tienes miles de millones de dólares, te creerán. Si les prometes que construirás un muro en la frontera con México, te seguirán. Si amenazas con deportar a once millones de inmigrantes, te ensalzarán. “Podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y aun así no perdería votos”, soltaste en medio de un mitin de campaña, mientras apuntabas con tu dedo índice derecho al auditorio, y con el pulgar simulabas apretar el gatillo. Y no. No perdiste votos. This is marketing, baby.

Hay que proponer debates cargados de controversia, porque los medios son simplones y rápido te conceden espacio. La bronca vende. Y, mientras, Hillary ofrecía una campaña de tonos suaves y aburridos. Nada que vender. Cuando tu lema elevaba los espíritus patrióticos (hacer América grande otra vez), el de Hillary no había por dónde tomarlo (juntos, más fuertes). Eso dicen los expertos. Aunque lo dijeron después de conocer el resultado de las elecciones. Predecir el pasado es un poco más fácil. Pero la realidad es que tú, Donald, te mantuviste firme en tu eslogan desde el primer día y hasta el último, mientras que Hillary fue dando tumbos de un lado a otro, sin encontrar un mensaje claro en el que instalarse. Lo ha explicado muy bien Rance Crain, presidente de Crain Communications: “El mejor producto no necesariamente gana en el mercado. Y la mejor persona no necesariamente gana en la arena política. Gana la mejor estrategia de marketing”. Y tú, Donald, la tenías.



Vicente Vallés