DOMINGO ROBERTO CIVITA Y SU GRAN CREACIÓN: ‘VEJA’

Nace una revista

En Roberto Civita. O dono da banca, Carlos Maranhão desarrolla la biografía de un hombre clave para el fortalecimiento del periodismo en el país vecino, que junto a su padre creó la Editorial Abril, la mayor de América Latina, que llegó a tener 350 títulos, con 54 redacciones y 900 periodistas. Aquí, el fragmento con la génesis de la revista Veja, en 1968, un semanario que aún hoy marca la actualidad política brasileña.

La misión: reflejar temas de actualidad que ayudasen a entender mejor el país y el mundo.
La misión: reflejar temas de actualidad que ayudasen a entender mejor el país y el mundo. Foto:cedoc
El quería que se llamase Panorama. El padre había optado por Veja. Pero eso no importaba tanto. Lo fundamental para Roberto Civita era que se acercaba la realización del sueño alimentado desde el fin de su pasantía en Time. A principios de la segunda mitad de 1967, habiendo pasado casi una década, pensó que finalmente había llegado la hora de hacer su propio semanario de información.

Dos razones fueron fundamentales para que la editorial decidiera abrazar el mayor emprendimiento de su historia. La primera era que estaba capitalizada y venía enriqueciéndose desde hacía dos años con el extraordinario éxito de los fascículos. En ese año –de la Guerra de los Seis Días en Medio Oriente, de la creación del Cruzeiro Novo, de las canciones Ponteio, Domingo no parque, Alegria, alegria y de las colecciones de fascículos Gênios da Pintura, Medicina e Saúde y Mãos de Ouro– la empresa había tenido un buen desempeño. Había alcanzado una facturación bruta de 28 millones de dólares, lo equivalente a aproximadamente 200 millones de la misma moneda en 2016. A eso se le sumaba el éxito de varias revistas, que generaban ganancias considerables. La segunda razón era Realidade. Vendía casi cuatro veces más que el proyecto inicial de 100 mil ejemplares, que hubiesen sido suficientes para que fuera rentable. Además del lucro, le otorgaba a Abril prestigio periodístico –en parte compartido por Quatro Rodas y Claudia– y cierto peso político. Como si eso no bastara, contaba con aceptación por parte de un contingente de lectores muy expresivo, lo que demostraba que había un público en Brasil –que no era reducido– interesado en temas de la actualidad que ayudasen a entender mejor el país y el mundo en el que se vivía.

Esa era exactamente la misión de un semanario de información, basada en la fórmula inventada por dos recién graduados de la Universidad Yale, Briton Hadden y Harry Luce, que en 1923 lanzaron Time. Su propuesta constaba en presentar, de forma organizada, los hechos más marcantes de la semana. Con el pasar de los años, la revista pasó a tratar noticias en perspectiva, brindando al lector un marco con el que pudiese lograr una mayor comprensión, con la preocupación de narrar no lo que había pasado, sino lo que estaba pasando. Nació con una tirada de 12 mil ejemplares. Tuvo tan buen resultado que nunca paró de crecer. Así, mientras Abril se preparaba para intentar seguir con su modelo victorioso, Time sobrepasaba una tirada de 3,5 milllones de ejemplares por semana, concentrada macizamente en las suscripciones. En 2014, a pesar de la revolución de la internet, del irreversible avance digital y de las dificultades enfrentadas por los medios impresos, aún se mantuvo como la mayor newsmagazine del planeta, con cerca de 3,3 millones de copias cada siete días.

¿Para quién se haría la nueva revista? ¿Qué querrían encontrar los lectores en sus páginas? ¿Cuánto podría vender? ¿Cuánta publicidad podría atraer? ¿Qué tamaño debería tener la redacción? ¿Cómo se realizaría la distribución, prácticamente simultánea, en un territorio de la extensión de Brasil, con rutas precarias, escasas vías de ferrocarril y aerolíneas insuficientes? ¿Cuánto costaría todo eso?

Preguntas como ésas ocupaban la mente de Roberto. En medio de tantas dudas, él también tenía certezas. Creía que Abril estaba preparada para ese tremendo salto. Tenía recursos, gente, organización. La cuestión inmediata se basaba en confirmar tal percepción con estimativas confiables y proyecciones sólidas. Todo para llegar a dos números: el de circulación ideal y el de cantidad de anuncios publicitarios, necesarios para alcanzar el punto de equilibrio. Si fuese posible alcanzar esos números –y no tenía dudas de que lo sería–, la revista podría realizarse.

Una vez que contaron con eso, Roberto y Victor (N de R: su hermano) partieron para el siguiente paso: elegir al director de la redacción. Llegaron rápidamente a un consenso. Para ellos, era una apuesta segura. El hombre que consideraban apto para ocupar el cargo sería el ya conocido Mino Carta. Durante cuatro años estuvo a cargo de Quatro Rodas sin saber manejar un auto, y era incapaz –según admitía con habitual ironía– “de distinguir un Escarabajo de un Mercedes, y mucho menos una biela de un rulemán”.

Durante las negociaciones para volver a Abril, Mino presentó la siguiente propuesta con respecto a la división de tareas: los Civita definirían las características y los objetivos de la publicación, pero en el día a día no podrían interferir y sólo podrían discutir las ediciones cuando estuvieran impresas. “Los dueños de casa cedieron”, registró Mino. Roberto lo confirmaría: “Al principio, ese acuerdo estaba realmente vigente. El lo propuso y nosotros lo aceptamos. El nos gustaba mucho y le teníamos confianza”. Pero con una aclaración: “Mino tiene razón cuando dice que tenía independencia. Pero no tenía autonomía”.

Mino y Roberto viajaron a Europa y a Estados Unidos a conocer el funcionamiento de las principales revistas internacionales de información. En Milán, visitaron la editorial Mondadori, con la cual la familia Civita mantenía buenas relaciones y que editaba Panorama –el título que Roberto deseaba para el semanario. En París estuvieron en L’Express. En Hamburgo, en Der Spiegel. Finalmente, en Nueva York, tuvieron la oportunidad de ver de cerca a Time y a Newsweek. Querían entender cómo estaban organizadas editorialmente esas publicaciones. ¿Cuál era la estructura interna? ¿A cuántos periodistas contrataban? ¿Cómo reclutaban personas? ¿Cómo eran las reuniones de pauta, para decidir los temas de la semana? ¿Cómo concebían los artículos? Una vez listos, ¿quién los leía, aprobaba y editaba? ¿A quién le correspondía elegir las fotos y las ilustraciones? ¿Cómo armaban el cronograma, que determinaba la ubicación de los reportajes y de los anuncios publicitarios en la revista?

Al principio, los dos estudiaron minuciosamente el organigrama de la redacción. ¿Cuántas personas se necesitarían? Concluyeron en un número elevado: 147 periodistas, sin contar el sector que se conocería después como producción editorial, que engloba revisores y editores. Era prácticamente la mitad del total de empleados de Abril en 1966, cuando tuvo lugar el lanzamiento de Realidade. En 2013, la edición impresa de Veja, en su 45 aniversario –el último a cargo de Roberto–, tenía noventa periodistas contratados, sin contar la producción editorial.

Ambos coincidieron en que lo mejor sería dividir la redacción. Por un lado, los editores con experiencia. Por otro, los jóvenes reporteros, que pasarían por un proceso de reclutamiento, selección y entrenamiento. Roberto ya había percibido esa necesidad y había tenido la idea de crear un curso para los novatos incluso antes del viaje que hizo con Mino y del cálculo del tamaño del equipo.

Roberto tomó la iniciativa de redactar un anuncio, que mandó a publicar en Realidade y en Claudia. Tenía tanto orgullo de su texto, al punto que, cuando murió, se encontró una copia recortada dentro de una de las antiguas billeteras inglesas de cuero, en la que guardaba documentos, tarjetas de crédito y fotos de sus familiares. El anuncio salió de esta manera, en dos columnas, en las revistas mencionadas:
¿Querés ser periodista?

La Editorial Abril busca jóvenes para esta fascinante carrera.
Si creés que tenés talento para escrbir y contás con un título universitario, presentate.
La Editorial Abril –responsable por la publicación de Realidade, Claudia, Quatro Rodas y una serie de otras revistas de ámbito nacional– está en la búsqueda de jóvenes interesados en una carrera periodística.
Buscamos hombres y mujeres inteligentes e insatisfechos, que lean mucho, siempre pregunten “¿por qué?” y quieran colaborar en la construcción del Brasil del mañana.

Si tenés un título universitario (de cualquier especialización), te gusta escribir y tenés ganas de trabajar mucho en una profesión que puede brindarte mucha satisfacción moral y material, escribinos diciendo: quién sos, tu título universitario, edad, lugar de nacimiento, estado civil, trabajos anteriores y trabajo actual.
Enseguida recibirás un cuestionario detallado y –posteriormente– un comunicado para agendar una entrevista, antes de fin de año, en las ciudades de São Paulo, Rio, Salvador, Recife, Brasilia, Porto Alegre, Belo Horizonte o Curitiba.

Luego de la entrevista, los candidatos elegidos recibirán una invitación a São Paulo (la Editorial Abril se hará cargo del costo de los pasajes y la estadía de los candidatos residentes fuera de la capital paulista) para un curso intensivo sobre actualidad y periodismo, durante noventa días, con fecha de inicio en enero de 1968.
El resto depende de vos.

Finalmente, se reveló el título. Sería Veja. En realidad, Veja e Leia, con el Leia en un tamaño reducido. El recurso evitó cualquier eventual causa judicial de la revista norteamericana Look y el impedimento legal de registrar una palabra de uso común. A partir de la edición 352, del 4 de junio de 1975, el complemento e Leia desaparecería.

Si bien en un primer momento no se percibió, a pesar de tanto dinero invertido, había un problema en el equipo. Con excepción de Mino, nadie había trabajado antes en una revista. Asimismo, la experiencia anterior de Mino se limitaba a Quatro Rodas. Era un vacío grave. Hacer una revista presupone informar, obviamente, pero también interpretar, entretener, brindar servicios y, en las que son específicas de información, defender posiciones. Al contrario de los periódicos, que sobreviven como máximo por 24 horas y van a parar a la basura, las revistas tienen una mayor duración, se guardan y pueden ser coleccionadas. Sus artículos deben parecer actuales a lo largo de la semana o del mes. Es necesario que estén bien escritas y tengan una presentación atractiva. Los artículos deben estar organizados de forma lógica, agrupados en secciones. En Time, se dan varias perspectivas sobre una cuestión, sin dejar de evaluarla, interpretarla y explicar su significado. Y, fundamentalmente, el foco debe estar en el lector.

Quien conocía de revistas –y no solamente de una mensual especializada, como en el caso de Mino– era Roberto Civita. Fue uno de los mejores alumnos de Periodismo de la Universidad de Pensilvania, trabajó como pasante durante un año y medio en la editorial más importante del mundo –en la parte editorial, comercial, de distribución y de suscripciones–, participó de la creación de varias publicaciones de Abril y dirigió Realidade. De hecho, la iniciativa de hacer la Time brasileña era suya. “Vamos a ser justos”, concedería Mino cuarenta años más tarde, en un raro reconocimiento al ex jefe. “El realmente tenía el deseo de hacer una revista semanal inspirada en las newsmagazines semanales norteamericanas. Eso es absolutamente innegable. Es la verdad de los hechos”. El concepto de Roberto sobre las revistas involucraba pasión, con una buena dosis de idolatría. El decía que son “el más selectivo, segmentado, regional, brillante, íntimo, beneficioso, portátil, rasgable, eficiente, dramático, inteligente, hermoso, duradero y maravilloso vehículo de comunicación que existe”.

En aquellas turbulentas semanas de 1968, Mino pasó a recibir los primeros ejemplares de prueba llenos de anotaciones hechas por Roberto. El acuerdo se respetaba. Roberto, con el aval del padre, establecía las líneas generales y la redacción preparaba las ediciones experimentales. En la secuencia, evaluaba el resultado. Casi siempre lo desaprobaba. Las críticas venían por escrito, a veces de manera sutil, a veces de forma implacable. Era difícil contestarlas, ya que en las notas él colocaba uno de sus largos dedos en la herida. “Poca noticia, mucho análisis”, indicó en un artículo sobre política. “A partir del segundo párrafo, es una colección de detalles. Falta una visión en conjunto”, escribió al lado de un texto sobre manifestaciones estudiantiles. “Complicado, por lo que aburre”, esbozó en un reportaje de economía. “Empieza bien, ¡pero termina mal!”, exclamó en otro. “Mon Dieu de la France!”, puso en un tercero. Podía hacer concesiones: “Casi bueno” (un artículo sobre cementerios). Y pocos elogios: “Muy bueno” (una crítica de cine).

La primera edición de Veja alcanzó un éxito asombroso. De sus 122 páginas, 60,6 fueron de publicidad. Todas vendidas a precio de lista, en incógnito, ya que el mercado ignoraba lo que sería la revista. Por falta de espacio, quedaron afuera 31 anuncios publicitarios. De los 695.600 ejemplares de la tira, se vendieron 649.200. Sobró un 6,7% de ediciones no vendidas, considerado insignificante.

Traducción de Julia Farrell.

Carlos Maranhão