DOMINGO LIBRO

Palabras de los 70

Gustavo Noriega revisa y discute 100 conceptos, palabras, biografías y hechos de los años 70 del siglo XX, cuando la Argentina “se volvió loca”, y la idea de la revolución se instaló en el imaginario de la época. Muchos creían que el país estaba a punto de liberarse de sus cadenas, y la violencia era una opción sin reparos; para otros, todo estaba en juego y no tenía sentido poner límites para defender los viejos valores.

Gustavo Noriega revisa y discute 100 conceptos, palabras, biografías y hechos de los años 70 del siglo XX, cuando la Argentina “se volvió loca”, y la idea de la revolución se instaló en el imaginario de la época.
Gustavo Noriega revisa y discute 100 conceptos, palabras, biografías y hechos de los años 70 del siglo XX, cuando la Argentina “se volvió loca”, y la idea de la revolución se instaló en el imaginario de la época. Foto:juan salatino

En los 70, la Argentina se volvió loca. Una idea, la de la revolución, se instaló en el imaginario de la época. A partir de la experiencia cubana, se la pensó posible y alcanzable en el corto plazo. Las distintas corrientes políticas actuaron en consecuencia: buena parte de los que la consideraban deseable suspendieron toda consideración ética o política que se interpusiera a ese objetivo: de poco valían los valores liberales y los principios republicanos si estábamos al borde de una era donde todos –opresores y oprimidos– perderíamos definitivamente nuestras cadenas. La violencia pasaba a ser una opción sin reparos, el ejercicio del periodismo sólo tenía sentido si se lo ponía en función de ese objetivo final y la idea de los derechos humanos era una entelequia burguesa sobre la que no se discutía. Para quienes se sentían amenazados por la idea de la revolución, la reacción fue especular: todo estaba en juego y no tenía sentido ponerse límites en defensa de los viejos valores. Los militares no tenían consideraciones republicanas y se sentían legitimados para reemplazar la monótona burocracia de la democracia con órdenes y obediencia, sin reparar en minucias legalistas. Como nunca antes –y la Argentina tenía una larga experiencia en golpes militares– el ejército se decidió por la más marcada ilegalidad, llevando sus recursos a los extremos más salvajes. Jugó el juego de la época pero, disponiendo del aparato estatal, llevó adelante la más cruel masacre política de nuestra historia (…).

Una de las dificultades del debate público en los últimos tiempos fue que cada vez que se cuestionaba el accionar de la guerrilla se frenaba esa línea argumentativa diciendo que era funcional a la teoría de los dos demonios. Quien ejercía algún tipo de crítica a los grupos revolucionarios los ponía a la par de la dictadura y minimizaba el terrorismo de Estado. Quien ese pecado cometía en realidad no quería analizar la conducta de las organizaciones revolucionarias sino simplemente exonerar a las fuerzas armadas. Con esa simple acusación se ha conseguido paralizar cualquier discusión que ponga sobre la mesa acciones de la guerrilla en algún plano de igualdad con la acción represiva de la dictadura. El resultado ha sido una parálisis total y la imposibilidad práctica de discutir libremente cuál fue el aporte de los movimientos revolucionarios a la violencia de la década del 70 y de qué manera fue copartícipe de la situación que provocó el golpe de Estado de 1976. Desde ya que evaluar la acción violenta revolucionaria en el contexto de la época no implica de ninguna manera suavizar, condonar, disimular o igualarla a los horrores de la represión ilegal. Esta aclaración va de suyo y no volverá a aparecer en el libro. Es hora de discutir y mirar a la historia sin miedo, libremente.

Esa restricción impuesta en los últimos tiempos ha dejado a una parte de la población desguarnecida en su pesar. Aquellas víctimas y familiares de las víctimas de la acción guerrillera en la década del 70 sienten que su dolor no puede ser expresado públicamente, que son mal vistos y que no tienen reconocimiento oficial. Empatizar con su duelo inconcluso es una deuda de la sociedad en su conjunto. Héctor Leis, militante montonero que realizó en los últimos años de su vida una profunda autocrítica, sugería un monumento único que recordara sin distinciones a las víctimas de la violencia de los 70 de cualquier lado que ésta haya sido. La prédica de Leis, expresada en dos de sus últimos libros y en la película El diálogo, ni siquiera fue discutida: el rechazo de la izquierda se unió a la desconfianza de la derecha. Este libro de algún modo es un paso en la dirección que él marcaba.


ARAMBURAZO: Se trata del episodio fundacional de montoneros: el secuestro y la muerte del general Aramburu, a fines de mayo de 1970. Los hechos son simples: dos jóvenes, haciéndose pasar por militares, ingresan al departamento de Aramburu en Barrio Norte, lo secuestran y lo llevan junto con otros en una pick-up hasta una estancia en la localidad de Timote, en la provincia de Buenos Aires. Lo tienen encerrado, le hacen una suerte de juicio popular sumario y lo asesinan con varios disparos. Entierran su cuerpo y dan a conocer el hecho al país mediante un comunicado. A los montoneros no sólo les importaban los hechos sino la lectura que se haría de los mismos. Según su líder, Mario Firmenich, único sobreviviente de aquel episodio: “Nosotros partíamos de la base de que cualquier cosa que dijéramos en los comunicados se iba a distorsionar o sería irrelevante en la prensa, de modo que nos planteamos una acción que pudiera ser comprendida por cualquier peronista aunque no se enterara de lo que nosotros de- cíamos, que no hiciera falta ningún discurso político para explicar nada”.


CATOLICISMO: Más allá del rol institucional de la Iglesia Católica, vale la pena detenerse en la influencia del catolicismo en buena parte de los grupos que se enfrentaron militarmente en la década del 70. Para el académico italiano Loris Zanatta, la violencia de los 70 se puede describir en buena medida como un enfrentamiento entre dos grupos por la nación católica. Su libro La larga agonía de la nación católica describe con lujo de detalles la idea de que la gran confrontación armada que sacudió a la Argentina en la segunda mitad del siglo XX fue entre dos facciones de un mismo movimiento cultural: católico y fuertemente antiliberal. Desde ya que para desarrollar la idea debe hacer caso omiso de los grupos marxistas, como el Ejército Revolucionario del Pueblo. En todo caso, el libro describe magistralmente la fuerte pulsión católica antiliberal tanto de montoneros y otros grupos insurgentes de raíz peronista y de las Fuerzas Armadas.


DICTADURA: La forma de nombrar al gobierno surgido del golpe de Estado de 1976 fue variando con el sentido común de cada época. En un comienzo, la denominación habitual era el “proceso”, utilizando la primera palabra del pomposo nombre con que la junta militar bautizó a su régimen: Proceso de Reorganización Nacional. Al usar su propia denominación abreviada, se validaba la mirada que los militares tenían sobre ellos mismos. Con el retorno de la democracia se comenzó a referir a ese tiempo como la “dictadura” y, eventualmente, “dictadura militar”.

Esto no sufrió demasiados cambios hasta la llegada del kirchnerismo, y especialmente a partir de la disputa del gobierno contra el Grupo Clarín. Allí se fue imponiendo una ampliación no casual de la fórmula: “Dictadura cívico-militar”.


ESMA: Ubicada en la Avenida del Libertador, a metros de la salida a la zona norte del Gran Buenos Aires, una zona de intenso tránsito, se puede calcular que cientos de miles de personas de clase media pasaron por las puertas de la Escuela de Mecánica de la Armada durante la dictadura. Muy pocos, o ninguno, podían imaginar que detrás de aquellos muros se desarrollaba una de las historias más delirantes y sórdidas de la época. Como parte de su plan político, el almirante Emilio Eduardo Massera había decidido no sólo convertir el predio en un centro clandestino de detención y exterminio, sino además experimentar con algunos detenidos para “recuperarlos”, intentan- do hacerlos formar parte de su equipo de trabajo. El proyecto era maquiavélico y demencial, pero permitió que muchos de los secuestrados, que colaboraron con diferente grado de convencimiento y nula posibilidad de elección, salvaran sus vidas.


GUARDERIA: Luego del golpe de 1976, los montoneros que continuaron con su militancia en el exilio encontraron una curiosa solución al dilema de qué hacer con sus hijos mientras ellos peleaban por su causa. Una casa en La Habana, que pasó a conocerse como La Guardería, cobijó a decenas de niños hijos de los montoneros que, en su mayoría, formaron parte de las fallidas contraofensivas. La casa estaba protegida por el gobierno cubano pero su control pedagógico y político era llevado a cabo por el militante Edgardo Binstock, acompañado por su mujer, Mónica Pinus de Binstock.


HAGELIN, DAGMA: El 27 de enero de 1977, la joven sueco-argentina Dagmar Hagelin, de 17 años, fue a la localidad de El Palomar a visitar a su amiga Norma Burgos. Burgos era militante montonera y había sido detenida el día anterior. Su casa fue allanada y se instaló allí un grupo de la marina, ya que tenían la información de que la visitaría una legendaria dirigente montonera, sobreviviente de la masacre de Trelew: María Antonia Berger. Al llegar la joven sueca, la fisonomía física de Hagelin –ojos claros, cabello rubio– les hizo pensar a los marinos que se trataba de Berger. Le dieron la orden, armas en mano, de detenerse y la joven, aterrada, salió corriendo por la calle. En ese momento el teniente Alfredo Astiz le dio la voz de alto y apuntó. El balazo dio en su cabeza. Herida, fue subida al baúl de un taxi que pasaba por la zona. Desde ese momento no se tuvieron noticias oficiales sobre ella.


LAMBRUSCHINI, PAULA: El 1º de agosto de 1978, en el contexto de una derrota generalizada y la tendencia a apoyarse cada vez más en acciones de tipo terrorista, los montoneros intentaron asesinar al vicealmirante Armando Lambruschini. Para ello colocaron en un departamento, colindante con el del marino y desocupado por reformas, 25 kg de nitroglicerina. A la 1.30 de la mañana detonó el explosivo, que no sólo provocó importantes daños en los dos edificios sino la muerte de cuatro personas: Paula Lambruschini, de 15 años, hija del vicealmirante, un custodio y dos vecinos, uno de los cuales era una señora de 82 años.


MASSERA, EMILIO EDUARDO: Emilio Eduardo Massera, alias “Negro”, alias “Almirante Cero”, fue, representando a la marina, uno de los miembros de la junta militar que realizó el golpe del 24 de marzo de 1976. Arrogante, expansivo y ambicioso, formaba junto al general Videla una dupla que parecía diseñada por un guionista para demostrar que se puede hacer el mal de modos casi diametralmente opuestos.

A diferencia del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Massera  desarrolló un proyecto político propio y para ello puso a su disposición el arma que comandaba pero, por sobre todas las cosas, la libertad de llevar adelante la más cruel represión sin ningún tipo de control ni institucional ni moral.


‘NOTICIAS’: El diario de los Montoneros fue pensado como una herramienta para bajar la línea política de la organización a sectores más independientes, a diferencia de la revista El Descamisado, que estaba destinada a arengar a la propia tropa. Noticias tenía la intención de ser un diario con cierto refinamiento en la escritura pero sin renunciar por ello a llegar a la mayor parte de la población, como una mezcla de La Opinión y Crónica. Los periodistas que pensaron Noticias consideraban que no debía tener el tono retórico y sectario de El Descamisado, de manera de poder llegar a sectores que no pertenecieran a la Tendencia Revolucionaria. Tenía una sección policial fuerte, dirigida por Rodolfo Walsh, sección deportiva y hasta de turf, con pronósticos para las carreras.

Su primer número salió a la calle el 20 de noviembre de 1973, un momento políticamente complicado. Cuando el diario se estaba preparando, los montoneros ejecutaron a José Ignacio Rucci, el 25 de septiembre de ese mismo año, concretando de una manera violenta el distanciamiento creciente con el general Perón. Hasta su cierre, la situación política no hizo más que enrarecerse, y poco tiempo después de la clausura del diario por parte del gobierno de Isabel perón, en 1974, los montoneros pasaron a la clandestinidad.


OESTERHELD: Los listados de desaparecidos ordenados alfabéticamente tienen zonas especialmente sombrías: aquellas repeticiones de apellidos que indican la desaparición de familias enteras. Uno de esos casos es el de la familia Tarnopolsky. La misma noche del 15 de julio de 1976 fueron secuestrados Sergio Tarnopolsky y su mujer, sus padres y su hermana menor, de apenas 15 años. Ninguno de ellos apareció con vida. De la familia sólo sobrevivieron su hermano Daniel y su abuela.

Un caso similar en cuanto a la cantidad de miembros de una misma familia pero diferente en cuanto a la forma en que cada uno de ellos fue eliminado fue el de los Oesterheld: desaparecieron Héctor Oesterheld, sus cuatro hijas, dos yernos y dos bebés nacidos en cautiverio. Héctor Oesterheld fue un gran guionista de historietas, de fama internacional. Su obra más famosa es El Eternauta, publicada a fines de la década del 50 pero que fue reeditada y continuada en numerosas ocasiones. Las desapariciones no sucedieron en un solo acto sino en varios eventos separados, ya que cada uno de ellos era perseguido específicamente.


PAPEL PRENSA: La idea de una empresa productora de papel para diarios con participación estatal fue impulsada por la dictadura de Onganía y formalizada por el general Lanusse bajo el mismo régimen. Su planta productora, ya bajo la conducción de la empresa mixta Papel Prensa S.A., comenzó a funcionar bajo el gobierno del general videla. La empresa atraviesa la historia política del último medio siglo: Lanusse, Graiver, Gelbard, Montoneros, dictadura, Magnetto y así, una serie de nombres propios que se encadenan a lo largo de las décadas hasta llegar al kirchnerismo, que la tomó como una de sus batallas principales.


RECONCILIACION: A lo largo de las décadas, desde el restablecimiento de la democracia, cada tanto se habla de impulsar una reconciliación entre los dos bandos que empuñaron las armas durante los 70. La propuesta es rápidamente rechazada por los organismos de derechos humanos, familiares de las víctimas de la dictadura y partidos de izquierda. Las razones son muy evidentes: los militares no se han mostrado arrepentidos de sus acciones ni en bloque ni en forma personal. por su parte, en los grupos que se alzaron en armas durante los 70 sólo hubo casos aislados (Héctor Schmucler, Oscar del Barco, Héctor Leis) en los que se expresó una autocrítica profunda; lejos de esta posición, durante los años kirchneristas hubo una creciente reivindicación de la lucha armada, no exenta de idealización. La idea de reconciliación choca además con varios problemas, uno de los cuales es el más elemental: cuáles serían los grupos de personas que deberían reconciliarse. La idea de que los familiares de los desaparecidos se reconcilien con los represores no sólo no tiene ningún sustento sino que pone en plano de igualdad a dos grupos de personas que vivieron los hechos de manera totalmente asimétrica. No tiene forma ni sentido que un familiar de un desaparecido se “reconcilie” con una persona que no demostró culpa ni proveyó de información. Si la reconciliación implica un encuentro entre los dos grupos que lucharon armados en los 70, entonces estamos hablando de unos pocos miles de personas, y, por otra parte, algunos encuentros entre militares retirados y ex guerrilleros resultaron en elogios cruzados por la valentía demostrada en combate: encuentros de machos alfa orgullosos de su pasado bélico.


TEORIA DE LOS DOS DEMONIOS: La teoría de los dos demonios (T2D) tiene una característica curiosa: sólo la enuncian quienes la refutan. Probablemente no haya una sola persona en la discusión pública que la defienda y la nombre de esa manera. En los últimos años dejó de ser una teoría y simplemente se utilizó como una etiqueta para silenciar a cualquiera que quisiera cuestionar el accionar de los grupos guerrilleros en la década del 70. El más mínimo interés en estudiar, comentar o analizar la violencia ejercida por la izquierda es rechazado en nombre de no abonar a la ya desacreditada, refutada y enterrada teoría de los dos demonios.

Es difícil rastrear el origen de la denominación, pero no lo es tanto saber a qué se refiere. Los impugnadores de la T2D señalan dos hechos fundacionales, ambos de 1984: la presentación de Antonio Troccoli al programa de televisión en el cual se presentaba el informe de la Conadep y el prólogo al Nunca más, no firmado pero atribuido con cierto grado de certeza a

Ernesto Sabato. Los refutadores señalan que en ambos casos se equipara el accionar de la guerrilla con el del aparato represivo del Estado, minimizando y justificando de esa manera los horrores de la dictadura, dejando a la sociedad como un tercer actor, inocente e ignorante de los hechos. Se trata de dos cúpulas militares que pelean entre sí mientras la sociedad, ajena a los hechos, contempla horrorizada. Esas dos cúpulas son los dos demonios.


VIDELA, JORGE RAFAEL: Enjuto, escaso en palabras, reconcentrado y desprovisto de humor, Videla tenía el physique du rol exacto para representar el concepto de “banalidad del mal” tal como lo formuló Hannah Arendt a partir del juicio a Adolf Eichmann. Sin embargo, su posición en la pirámide del poder era muy distinta a la del burócrata nazi: no se trataba de un engranaje de un mecanismo superior impersonal para la muerte sino que fue un actor esencial de los hechos más truculentos.



Gustavo Noriega