DOMINGO LIBRO / POR QUÉ ARGENTINA ES EL DESTINO DE LOS CARTELES

Paraíso de los narcos

En Narcolandia, los periodistas Virginia Messi y Juan Manuel Bordón documentan la historia de los dealers colombianos y demuestran cómo penetraron en el país, al que consideran una “casa segura”. Un análisis exhaustivo sobre por qué los narcos eligen vivir en los countries más selectos de Buenos Aires, cómo es su vida cotidiana y la educación de sus hijos. Fragilidad de los controles en las fronteras y corrupción policial.

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Foto:Gentileza: La Opinion de Pergamino

La lógica de los narcotraficantes es sencilla: ellos tienen una mercadería que ofrecer y tratan de colocarla donde está el cliente. Cuanto más complicado resulte concretar la entrega, más se encarecerá el producto.

Si las cosas se ponen difíciles por el norte, encararán su negocio por el sur. En el mundo globalizado, los capos ni siquiera necesitan estar cerca de la cocaína, la metanfetamina o la droga que se comercializará. Para eso existen las segundas y terceras líneas.

El kilo de cocaína pura, en un país productor como Colombia, llega a cotizarse en dos mil dólares. Y a partir de ahí los márgenes de ganancia aumentan. En Centroamérica la droga trepa a los ocho mil y se paga unos 25 mil dólares en el mercado de Estados Unidos. El mismo kilo en Buenos Aires cuesta seis mil y un promedio de al menos cuarenta mil en Europa. A eso hay que sumarle que, una vez en destino, la droga se corta para hacerla rendir más, por lo menos el doble.
Con semejante negocio entre manos los narcos no sólo están dispuestos a matarse entre sí o a cualquiera que se les ponga en el camino. A lo largo de los años han encontrado la manera de hacer envíos, grandes y pequeños, de las maneras más ingeniosas para evadir los controles. También han tenido que cambiar rutas para comenzar a abastecer mercados en crecimiento o donde su mercancía les deja mayores márgenes de ganancia. E incluso han llegado a idear complejas pólizas de seguro para los casos en los que la mercadería se pierde.

En los tiempos de los grandes carteles colombianos, Estados Unidos era casi con exclusividad el destino preferido. Pero en los últimos años han ocurrido varios fenómenos que han cambiado el mapa global del narcotráfico.
En su informe 2011, la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito (Unodc) resaltó que de 2006 a 2011 el consumo de la cocaína entre la población de Estados Unidos en general se había reducido en un 40%. Unodc lo atribuye a la menor producción de esa droga en Colombia, a los controles de las autoridades y a las luchas entre los carteles.

Sin embargo, existe otro factor al cual diversos organismos internacionales hacen referencia: el consumidor yanqui se volcó en los últimos años a la marihuana y a las llamadas drogas de diseño, como la metanfetamina.

En el mercado de las drogas químicas pisaron fuerte los carteles mexicanos. Estos no sólo terminaron manejándolo por completo sino que, además, desplazaron a las organizaciones colombianas dedicadas al segmento de la cocaína. El economista Daniel Rico apunta un dato no menor. A medida que los carteles mexicanos se hicieron más y más fuertes, las organizaciones colombianas comenzaron a tener menos ganancias en la ruta hacia Estados Unidos. “La utilidad por kilogramo bajó de los 16 mil dólares, que en promedio recibían los carteles de Cali y Norte del Valle a fines de los 90, a los 5.500 dólares de margen de ganancia para las bandas criminales [bacrim] colombianas que traficaban con los carteles mexicanos”, sostiene Rico.
Pese a estos nuevos elementos, algunos capos colombianos siguieron apostando al mercado estadounidense asociándose con los mexicanos. Ese fue el caso de los hermanos Ignacio y Juan Fernando Alvarez Meyendorff, ambos presos en Estados Unidos. Sin embargo, otras organizaciones comenzaron a mirar con mayor interés hacia Europa, donde el consumo de cocaína es sostenido y el kilo de droga vale todavía más. Un tercer mercado, el de consumidores de América del Sur, también creció y se volvió atractivo.

En este nuevo panorama, la Argentina comenzó a jugar un papel más destacado, dejando en el pasado su histórico rol de país de tránsito y nada más. La porosa frontera con Bolivia –uno de los tres únicos productores de cocaína junto con Colombia y Perú–, el enorme mercado de precursores químicos local, el crecimiento del consumo interno y la importancia del tráfico aéreo comercial y del puerto de Buenos Aires –dos puertas de salida de la droga hacia Europa– resultaron atributos que atrajeron a los narcos colombianos.

La frontera
Si hay un punto en el que las diversas y variadas fuentes consultadas coinciden, es en marcar como parte importante del problema del narcotráfico en la Argentina la falta de controles eficaces en la frontera norte, más precisamente en las áreas que limitan con Bolivia. Para empezar, esas fuentes dan por cierto que desde hace unos años los narcos colombianos se asentaron en tierras bolivianas, donde llevaron especialistas en refinamiento de pasta base.

De esta manera, la cocaína boliviana comenzó a tener más pureza. Los informes de inteligencia que maneja la Procuraduría de Narcocriminalidad (Procunar) sostienen que en la zona de Villazón, en el límite con La Quiaca, existen organizaciones de colombianos y ucranianos dedicados exclusivamente a la fabricación de pasta base y también de cocaína. Los precursores químicos necesarios para cocinar la droga son obtenidos en la Argentina. Incluso los más básicos, como el kerosén, son sustancias controladas en Bolivia.
La cocaína, ya sea como polvo o como pasta base que luego se termina de cocinar para convertirla en clorhidrato de cocaína, pasa de Bolivia a la Argentina de diferentes maneras. La más rudimentaria es a mochila.

Cada mochilero puede cargar unos veinte kilos y sus patrones se aseguran que en el camino entre Bolivia y la Argentina encuentren periódicamente botellitas de agua y hojas de coca para resistir la altura y el esfuerzo. Autos particulares, motos, colectivos de línea, todo sirve para pasar la droga hacia la Argentina.

La situación de desborde fue denunciada por los integrantes de la Cámara Federal de Apelaciones de Salta.

El 24 de octubre de 2013 le enviaron un alarmante informe al presidente de la Corte Suprema de la Nación, Raúl Lorenzetti. Los jueces pedían urgentes medidas para “dar solución a corto y mediano plazo a las diversas problemáticas que se plantean, especialmente en materias o temas altamente sensibles como el crecimiento preocupante del narcotráfico en nuestra frontera, la trata de personas, el incremento del contrabando y especialmente la instalación de grupos extranjeros de gran magnitud que están operando en esta clase de ilicitudes y que, sin exageración alguna, se cuentan por miles en la frontera noroeste y nordeste argentina”.

Los reclamos se hicieron públicos, generaron polémicas, números contradictorios y obligaron agudizar la mirada sobre cuatro pasos fronterizos: La Quiaca-Villazón, Salvador Mazza-Yacuiba, Aguas Blancas (Orán) y Puerto Chalanas. Así se determinó que durante el año 2012, por los pasos de Villazón y Salvador Mazza habían entrado a la Argentina 3.581 colombianos, pero sólo volvieron a salir 1.296. Entre enero y octubre de 2013, a su vez, por los cuatro pasos entraron 2.745 y salieron 1.428. Semejante flujo migratorio comenzó a ser estudiado con más detenimiento por las autoridades argentinas, que no sólo sospechan de bandas de narcotraficantes sino también de trata de personas con fines de explotación laboral. Claro que el atractivo de la zona para el turismo internacional también puede ser un factor a tener en cuenta.

Los vuelos ilegales de avionetas que aterrizan en cualquier superficie plana son algo frecuente en esta zona del NOA. Las denuncias al respecto llevan años.

Una de las últimas la realizó la jueza federal de San Isidro Sandra Arroyo Salgado en noviembre de 2013, al procesar a una banda de narcos argentinos. Los traficantes tenían su base de operaciones en Santiago del Estero, pero proveían de droga al oeste del conurbano bonaerense. Habían ingresado un cargamento de media tonelada de cocaína en una avioneta que salió de Bolivia y aterrizó en la localidad salteña de Las Lajitas. Luego de hacer un repaso sobre las iniciativas del Estado argentino en cuanto a radarización de la frontera, Arroyo Salgado fue muy dura: “Los resultados no han sido los esperados pues el debilitamiento del control fronterizo de la zona norte del país, sumada a la obsolencia del material utilizado para el rastreo de aeronaves, no han logrado superar demasiado el rendimiento de años anteriores”. Al tema de los radares se suma, según los especialistas, la ida y venida de los gendarmes de las fronteras hacia las zonas calientes de la provincia de Buenos Aires y la Capital Federal, donde cumplen tareas policiales.

Aquí, allá, en todos lados
El 23 de febrero de 2012 la Justicia Federal de Santa Fe condenó a cinco hombres por tráfico de estupefacientes. La pena más alta, diez años de prisión, fue para el colombiano Fabián Antonio Marín Hernández, que había sido detenido el 7 de mayo de 2009 en un campo de Colonia Francesa, a pocos kilómetros de la localidad de San Javier.
En el llamado Operativo Ambassador –que implicó su detención y la de tres argentinos– se secuestraron 89 kilos de cocaína. La droga era la segunda parte de un envío anterior. Otros 250 kilos ya habían sido despachados con éxito a Génova, escondidos dentro de troncos ahuecados de palo borracho y exportados por mar a Europa como plantas tropicales. En Italia el cargamento llegó el 29 de abril de 2009, fue decomisado y se detuvo a siete integrantes de una organización internacional, entre ellos un italiano relacionado con la Camorra napolitana. Acorralado, el capo italiano entregó a sus empleados en la Argentina y aportó los datos para encontrar los 89 kilos que estaban por ser exportados.

Marín Hernández no era un súper narco, al estilo Ignacio Alvarez Meyendorff, pero su historia y la del Operativo Ambassador reveló cómo en la Argentina operan carteles colombianos y bolivianos asociados con la mafia italiana.
También confirmó una vez más, como si hiciera falta, que el narcotráfico internacional opera más allá de los límites de Buenos Aires. Marín Hernández le contó al juez Eduardo Valiente en su declaración indagatoria  que había llegado al norte santafesino en diciembre de 2008 por una propuesta que un ciudadano italiano, Arturo Luglietto, le hizo en una especie de zona roja de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. El italiano le ofreció trabajar en su campo de San Javier por un sueldo mensual de 2 mil dólares. El colombiano se presentó como una víctima a medias. Sostuvo que Luglietto le había confesado que estaba en el negocio del narcotráfico y que por eso no se sorprendió cuando en abril de 2009 lo llamó desde Italia para pedirle que desenterrara unos bultos que había escondido en diversos sectores del campo. Pero le restó importancia a su rol dentro de la banda. El pedido de Luglietto era una trampa en la que Marín Hernández cayó. A los pocos días de esa comunicación telefónica dos agentes de la Policía italiana llegaron al país y, junto con sus colegas de Santa Fe, allanaron el campo y secuestraron los 89 kilos de cocaína. En Italia, Luglietto había declarado que su empleado era algo más que un simple peón. Lo definió como su nexo con un importante narco colombiano radicado en Santa Cruz de la Sierra.

Si de captar el mercado europeo se trata, los puertos argentinos, y en particular el de Buenos Aires, funcionan como un trampolín. Según la fuente que se consulte, la Argentina pasa de ser el tercer puerto en importancia de salida de cocaína (detrás de Brasil y Colombia) a un puerto usado por los narcos en una proporción mucho menor a la de otros países de Sudamérica y Centroamérica. Los que sostienen esta segunda postura afirman además que en los perfiles de riesgo usados por las naciones para frenar el contrabando la Argentina no está ni cerca de los primeros puestos. Por eso los embarques que salen de los puertos argentinos no suelen ser revisados con tanta rigurosidad cuando llegan a destino.
En la última década, el consumo de cocaína creció en el mercado europeo, aunque con matices. En España, Dinamarca y Reino Unido –donde esta droga lleva más años instalada– no aumentó tanto la demanda.

La expansión se notó más en Francia, Alemania y Portugal, y hay registros similares en los países de Europa del Este, como Rusia.
La evaluación fue hecha por el Programa de Cooperación entre América Latina y la Unión Europea en Políticas sobre Drogas (Copolad). En su trabajo Estudio de rutas marítimas en el tráfico de cocaína hacia Europa se señala que los volúmenes de cocaína colombiana, boliviana y peruana traficada a Europa desde la Argentina han aumentado.

Para los expertos de la Copolad, la crisis económica de 2001 les dio a los narcos oportunidades para afincarse en el país, sobre todo en el norte. “Recientemente esto se ha comprobado con el establecimiento en la Argentina de importantes grupos de narcotraficantes colombianos”, argumentan en el informe, en un apartado dedicado a la Argentina. En ese mismo apartado se señala también la existencia de cocinas de pasta base de coca en la provincia de Buenos Aires y la importancia del tráfico por vía marítima a través de contenedores. El Aeropuerto de Ezeiza también es rampa de partida de cocaína hacia Europa por la gran cantidad de vuelos comerciales y la conectividad del país, del cual se puede volar hacia todos los continentes. Pero el tráfico que se hace por vía aérea es hormiga, mientras que los contenedores permiten hacer envíos de cientos de kilos de una sola vez. Y en el tema de la logística y la comercialización, los narcos colombianos son verdaderos especialistas. Por eso su sombra se proyectó sobre resonantes casos registrados en los últimos años.



Virginia Messi - Juan Manuel Bordón