DOMINGO LA HORA DE LAS URNAS, TRAS LA REVOLUCIÓN DEL PT

Pasado y futuro de Brasil

En Brasil: de Lula a Dilma se ofrece un profundo análisis sobre el nuevo escenario que presenta el gigante sudamericano. En el libro escrito por Aloizio Mercadante, un ex asesor del Partido de los Trabajadores (PT), se explican las reformas en educación, salud y vivienda. Pero también se destacan los problemas para combatir la inequidad social y la corrupción, a la vez que se destacan las masivas protestas organizadas antes del Mundial.

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Foto:AFP

Todo comenzó con protestas todavía moderadas en la ciudad de San Pablo, la mayor metrópoli brasileña.

Los manifestantes del movimiento Pase Libre protestaban contra el aumento de 0,20 reales en los billetes de autobús. Se trataba, claro, de un aumento poco significativo, pero la reivindicación principal de esos manifestantes era el billete gratuito, una antigua propuesta que se había llevado a cabo dos décadas antes, durante el gobierno de Luiza Erundina, la primera alcaldesa del PT en la ciudad de San Pablo.

Ese movimiento, que inició sus acciones en 2003, recupera esa propuesta relativa a la movilidad urbana, un grave problema en los grandes centros brasileños.

Las manifestaciones iban camino de apagarse de forma inevitable cuando el gobierno del estado de San Pablo, liderado por el PSDB, principal partido de la oposición al gobierno federal, decidió reprimir violentamente la protesta. En una noche de horror, la policía militar del estado de San Pablo atacó a los manifestantes y a muchas personas que simplemente pasaban por el lugar, incluidos algunos fotógrafos, camarógrafos y periodistas. El caos se instaló en el centro de la ciudad y decenas de personas fueron apresadas o heridas.

Las imágenes impresionantes de la violencia policial recorrieron rápidamente las redes sociales y los medios de comunicación del país, causando una revuelta justificada, especialmente entre los jóvenes de la clase media. El ataque indiscriminado de las fuerzas policiales, que también alcanzó a profesionales de los medios, contribuyó a que los principales medios de comunicación alterasen el tono de la cobertura de los acontecimientos, vistos hasta entonces como la acción de grupos minoritarios y hasta cierto punto violentos.

A partir de ese lamentable episodio policial se desencadenó rápidamente una serie sorprendente de grandes manifestaciones en las metrópolis brasileñas. Sin embargo, al contrario de las protestas iniciales, que tenían el objetivo específico de revocar el aumento de los billetes de autobús, las manifestaciones no componían un cuadro claro ni bien definido.

Esas ubicuas manifestaciones cuestionaban y rechazaban todo. Muchos manifestantes decían estar “contra todo lo que vemos”. No ha habido, en realidad, focos específicos, objetivos bien determinados ni reivindicaciones pragmáticas. Hubo, en cambio, algo que se asemejaba a la ametralladora giratoria de insatisfacciones que disparaba contra cualquier autoridad, partidos, prensa y sectores organizados de la sociedad. Nadie ni nada quedaba al margen.  

A decir verdad, no se podía, y no se puede, hablar de un movimiento sino de decenas de movimientos diferentes que, en su caos multiforme, componían un escenario de difícil comprensión inmediata. Las pancartas que encabezaban las manifestaciones mostraban un mosaico multifacético de reivindicaciones, que iban desde el transporte público de calidad hasta la exigencia del fin de la corrupción, pasando por temas varios, como la construcción de estadios para la Copa del Mundo, los derechos de las minorías, la demarcación de tierras indígenas, la salud, la educación, la insatisfacción, con la representación política de un modo general y otros diversos asuntos.

Facebook y otras redes sociales salieron de su mundo online y se dirigieron con toda su diversidad, sus singularidades y millones de individualidades a los espacios públicos offline. En las calles de Brasil se veía un caleidoscopio de grupos diferentes, entre los que se incluían anarquistas, punks y skinheads, militantes del Pase Libre, defensores de los movimientos gays, opositores a la Copa del Mundo y la Fifa y diversos otros grupos de matices y orígenes distintos, algunos surgidos de forma aparentemente espontánea.

A pesar de esa diversidad, el grueso de las manifestaciones estaba compuesto por jóvenes de clase media urbana, especialmente habitantes de las grandes metrópolis. Tuvimos movilizaciones en el noreste, especialmente en las capitales Recife, Fortaleza, Salvador, en la región norte, sobre todo en Belém, Manaus; en la región centro-oeste, en Goiania y Brasilia; pero con mayor intensidad en las regiones del sureste y sur de Brasil, en las grandes ciudades como San Pablo, Río de Janeiro, Belo Horizonte, Porto Alegre, Victoria, Curitiba, Florianópolis, entre otras, o sea un conglomerado de las regiones más desarrolladas del país.

Además, aunque los múltiples movimientos que se manifestaron fueran muy dispares y, en algunos casos, bastante confusos, expresaban y expresan un sentimiento difuso de insatisfacción cuyas bases son reales. Los manifestantes podían no saber muy bien por qué estaban en las calles. Sin embargo, sabían muy bien por qué no estaban en la casa, conformes. (…)

Al contrario de lo que ha ocurrido en otras regiones del planeta, aquí en Brasil todavía no se han dado consecuencias sociales y económicas perversas de la crisis mundial que justifiquen una revuelta de ese calibre. No es que Brasil no se haya visto afectado. La reducción del crecimiento económico de los últimos dos años demuestra que Brasil, al igual que cualquier otro país, no es inmune a esa crisis duradera. Pero las políticas anticíclicas adoptadas por los gobiernos del PT han mitigado bastante los efectos de la crisis internacional en el ámbito interno. La continuidad de los procesos de distribución de la renta y de lucha contra la pobreza blindó a la población más vulnerable de los efectos negativos de la crisis internacional. En Brasil, al contrario de lo que ocurre en Europa y en otras regiones del planeta, y de lo que ocurría en el pasado en el país, los más pobres y vulnerables no están pagando la crisis.

Gracias a la dinamización de la economía y a la generación de más de 20 millones de empleos formales en los últimos 12 años, un récord absoluto en Brasil, el desempleo está en niveles muy bajos. Las tasas son las menores en diez años de encuesta del IBGE (…)

En lo que se refiere específicamente al desempleo juvenil, las tasas en Brasil se sitúan en el techo de 13%, muy inferior a los índices del 40%, en la media de los países de Europa, o de hasta el 64,9% en el caso de Grecia.

Las desigualdades continúan reduciéndose, aun con la crisis, y en el año 2013 se pudo eliminar casi por completo la pobreza absoluta, un sueño de generaciones de brasileños, gracias a la continua expansión de los programas de distribución de la renta, como el Bolsa Familia.

La renta de los trabajadores continúa en ascenso y el salario mínimo ha recibido en 2013 un aumento del 9%. No ha existido tampoco, al contrario de lo que ha ocurrido en otras regiones del globo, recortes en los programas sociales de los que se benefician decenas de millones de brasileños. Al contrario, se están expandiendo.

Esto distingue a Brasil de la gran mayoría (2/3) de los países del mundo, que pasan, en mayor o menor grado, por procesos de concentración de la renta y reducción de las rentas del trabajo. En Brasil, repetimos, los más vulnerables no están pagando la crisis.

La inflación, que experimentó un aumento estacional a principios de año, a causa sobre todo del aumento de los precios internacionales de las commodities agrícolas y las pérdidas en algunas cosechas, ya ha vuelto a un nivel que la sitúa en la banda de las metas preestablecidas. En el mes de julio de 2013, la inflación fue la más baja de los últimos tres años. Téngase en cuenta que desde 2004 la inflación brasileña se mantiene rigurosamente dentro del intervalo de confianza establecido por el régimen de metas. Los institutos de economía previeron para 2013 que la inflación quedaría, por décima vez consecutiva, en la banda prevista por el régimen de metas, cuyo centro es del 4,5% y cuyo techo, del 6,5%.

Esos resultados positivos, obtenidos en un cuatro internacional de grave crisis, se han producido en buena parte porque Brasil está practicando una política económica anticíclica, bastante distinta de las políticas de austeridad aplicadas en Europa, EE.UU. y otras regiones del planeta.

En virtud de esas diferencias, algunas fuerzas políticas de Europa y de otras regiones del mundo, así como algunos movimientos juveniles, observan con interés la experiencia brasileña y la tienen como una de las referencias en los debates sobre la crisis y las formas de combatirla. De hecho, algunas experiencias de gobiernos progresistas de América del Sur sirven como referencias de alternativas a las políticas de austeridad en debates promovidos por los jóvenes manifestantes de Europa y EE.UU.

Esa política anticíclica, además de mitigar el impacto de la crisis internacional en el país, mantiene la evolución positiva de la renta per cápita brasileña, combinada con la fuerte disminución de las desigualdades. (…)

Una historia diferente

En Brasil la reacción del gobierno a los movimientos y manifestaciones de los jóvenes ha sido muy distinta de la que se ha visto y se ve en otros países. El día siguiente de la primera manifestación en las calles brasileñas, la presidenta Dilma afirmó en un discurso: “Brasil hoy se ha despertado más fuerte. La grandeza de las manifestaciones de ayer demuestra la energía de nuestra democracia. La fuerza de la voz de la calle y el civismo de nuestra población. Es bueno ver a tantos jóvenes y adultos, el nieto, el padre, el abuelo juntos con la bandera de Brasil cantando el Himno Nacional, diciendo con orgullo ‘yo soy brasileño’ y defendiendo un país mejor. Brasil siente orgullo por ellos”.

En ningún momento el gobierno federal, al contrario de algunos gobiernos provinciales, hostigó a los manifestantes, aunque algunos fueran bastante críticos con las políticas de la administración del PT. Desde el primer instante, el gobierno del PT reconoció la legitimidad de las protestas y el potencial que tenían y tienen para profundizar la democracia del país.

El PT, que se formó en las calles de Brasil, ha sabido reconocer las protestas, ha sabido admitir su potencial de cambio y está teniendo la conciencia de proponer medidas concretas para desarrollar ese potencial en pro de la democracia en Brasil.

En realidad, el PT es el gran partido más interesado en cambiar la representación política de Brasil y radicalizar la experiencia democrática del país. El PT tiene posiciones históricas a favor de la reforma política, contra el amiguismo, el patrimonialismo y la privatización del Estado.

Esto marca una diferencia total en la experiencia de Brasil respecto de otros movimientos de jóvenes. Aquí, esas manifestaciones no han caído en la indiferencia ni en el vacío. Por eso, ya en el corto plazo, los efectos han sido, en general, positivos. El gobierno federal y el Congreso nacional fueron receptivos a las manifestaciones e incorporaron varias reivindicaciones importantes de las calles a sus agendas. El gobierno de Dilma acertó de lleno cuando propuso al país la reforma política con una amplia participación popular. Esa reforma, si se lleva a cabo, supondrá de hecho una inmensa contribución a la democracia de Brasil.

Está claro que los políticos tradicionales, como a ellos se refiere Manuel Castells, se oponen, de modo acérrimo, a la reforma política, y la oposición y la prensa conservadora se aprovechan de la situación políticamente delicada para intentar debilitar al gobierno y las fuerzas políticas que dan sustento al proyecto del Nuevo Desarrollismo.

Aunque el escenario para las elecciones presidenciales de 2014 no esté todavía del todo claro, la presidenta Dilma está recuperando la popularidad perdida en el primer momento de las manifestaciones, que afectaron, dicho sea de paso, a todas las autoridades y a todos los políticos, tanto del gobierno como de la oposición. En este momento, la presidenta sigue siendo favorita para las próximas elecciones presidenciales y gana la contienda en todos los escenarios electorales.

No existe ninguna democracia consolidada en el mundo con niveles altos de desigualdad y sin una clase media robusta. Los gobiernos del PT, al promover la reducción sustancial de la pobreza y las desigualdades sociales en Brasil, han contribuido y contribuyen en forma inestimable a la democracia del país, contribución más significativa que la de todos los otros gobiernos anteriores. Lo que revolucionó la democracia brasileña fueron esas redes de solidaridad, que crearon ciudadanos activos e implicados en todos los rincones del país.

La tarea, ahora, es radicalizar esa experiencia democrática con una reforma política que dé a esos nuevos ciudadanos una voz efectiva en el sistema político y cree mecanismos innovadores de participación directa en el destino del país. Las redes de solidaridad deben ser complementadas con las redes de participación política, con el objetivo de revolucionar el sistema político brasileño. Las grandes manifestaciones sociales que han tenido lugar en el país deben reflejarse en el Estado, en la representación política y en la democracia brasileña. Ese es el gran desafío que el PT y su gobierno han asumido. (…)

Es preciso defender y perfeccionar las instituciones democráticas, el voto popular y la representación política, librarlos de sus límites y vicios, y los jóvenes, con sus redes digitales expandidas, pueden y deben ser grandes actores de ese proceso. En Brasil, el PT, que surgió y creció en las calles, está dispuesto, como decían en mayo de 1968, a ser realista y pedir lo imposible. O algo aparentemente imposible: que los jóvenes “apolíticos” haga política.

Por eso, somos optimistas, en el caso de Brasil. Pasado el impacto de las grandes manifestaciones, la población sabrá decantar aquello que fue positivo y viable y sabrá identificar en el PT a un aliado imprescindible para los vuelos aún mayores que Brasil tanto necesita.

Como bien señaló la presidenta Dilma, las voces de las calles brasileñas no quieren la vuelta al pasado, quieren en realidad la continuidad y la aceleración de los cambios que el Nuevo Desarrollismo está proporcionando a todos los brasileños.

Y difícilmente habrá un Brasil efectivamente nuevo sin la presencia transformadora del PT y de las fuerzas progresistas que dan sustento político a ese Brasil que ha surgido de las calles y que deberá continuar cambiando con las nuevas fuerzas que de ellas surjan.  

En una bella carta al PT, la presidenta definió bien esa idea y ese sentimiento cuando afirmó: “Juntos, yo, Lula y ustedes, oyendo las calles, como siempre hemos hecho, continuaremos construyendo un Brasil mejor, mucho mejor. Acabamos de empezar. Al final, el Brasil con el que sueñan las calles es el Brasil con el que siempre hemos soñado. Un Brasil de todos, para todos y construido por todos los brasileños”.



Aloizio Mercadante