DOMINGO EL LÚCIDO ANÁLISIS DE UN INTELECTUAL COMPROMETIDO


Pensar la política

Coaliciones políticas. La Argentina en perspectiva, publicado en 2015, fue el último libro que escribió el sociólogo Torcuato di Tella, fallecido el martes pasado. En él analizó la tradición política mundial, centró la mira en las organizaciones y las relaciones en el interior de los movimientos o partidos y enfocó su estudio en las coaliciones políticas, sus afinidades y antagonismos. Con su particular mirada, aportó elementos claves para entender ese fenómeno tan inacabarcable que es el peronismo y su definitiva influencia sobre la Argentina.

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Foto:Pablo Cuarterolo

Cuando uno sale del país y empieza a hablar de política, lo más común es escuchar decir que al sistemapolítico de la Argentina no se lo entiende. A lo que enseguida se añade: “Al peronismo no se lo entiende”. En esto coinciden con los propios peronistas, aunque estos en realidad lo saben, o al menos lo sienten, y si dicen que tampoco ellos lo entienden, es para no verse obligados a explicarlo. Además, cada uno tiene su propia interpretación, lo cual es lógico en un partido de masas, que ha combinado en su formación elementos muy diversos.
A mis interlocutores en el exterior nunca les he oído decir que al sistema político estadounidense no se lo entiende. Y no se preguntan cómo es que en los tiempos de Roosevelt, el gran transformador de la sociedad norteamericana, su partido, el Demócrata, incluía a los progresistas, sindicalistas e intelectuales del norte junto a los elementos más reaccionarios del sur, que manejaban un verdadero terrorismo de Estado contra los afroamericanos.
¿Será que si es made in USA debe ser perfectamente lógico y comprensible? Si uno no sabe que hubo una extendida esclavitud y una brutal guerra civil en los Estados Unidos, claro que no lo va a comprender. Y tampoco comprenderá al sistema político argentino ni al peronismo si no conoce a fondo la historia, no solo de nuestro país, sino la del resto de América latina. También ayuda el conocer la de otras partes del mundo.
A eso me dedico hace años; casi no hago otra cosa desde que inicié mis estudios de sociología en la Universidad de Columbia, en Nueva York, en 1952, cuando le dije a mi advisor, Seymour Martin Lipset, que lo que quería hacer era entender al peronismo. Yo era un fuerte opositor en esa época, e ignorante por completo de la historia latinoamericana. Con el tiempo, experimentando los desastres realizados por el antiperonismo, conociendo más casos comparativos, viviendo en algunos países del área y conversando con dirigentes políticos e intelectuales de esos países, empecé a simpatizar con este movimiento popular, diciéndome: “Bueno, tiene bastantes manchas, pero ¿quién no las tiene? Además, es lo que hay”. No llegué a afiliarme, pero sí, más tarde, a trabajar para un gobierno de esa orientación, aunque fuertemente evolucionado.
Algo de este tipo ocurre, por otra parte, con casi cualquier otro fenómeno político mundial. El elenco es largo. El Partido Demócrata de los Estados Unidos desde el fin de los años sesenta se limpió de los reaccionarios del sur, cuyos crímenes Roosevelt tuvo que tolerar, porque de lo contrario no hubiera podido realizar las transformaciones necesarias para hacer más tolerable la vida en ese país.
El PRI mexicano, heredero de la Revolución de 1910, después de setenta años de conducir un proceso de desarrollo económico y cultural bastante exitoso, aunque cometiendo muchos abusos, decidió reformarse o quizás se vio obligado a hacerlo. El precio fue perder una elección en 2000, para volver con una nueva cara pero los mismos ideales en 2012. Los neofascistas del Movimento Sociale Italiano se han convertido en un presentable partido de derecha tirando al centro, capaz hasta de ser aceptado en alguna eventual alianza por la izquierda moderada. Los comunistas chinos y los vietnamitas adoptaron el capitalismo y los de Europa oriental finalmente se volvieron socialdemócratas. Entonces, ¿por qué no puede experimentar transformaciones de semejante envergadura el peronismo? (...)

Derechas e izquierdas
Los conceptos de derecha e izquierda deben analizarse en dos niveles: el de la ideología y el de las clases sociales en que las ideas se apoyan. Básicamente, la derecha representa la forma de pensar y sentir de los responsables de dirigir la producción, y la izquierda expresa los puntos de vista de los trabajadores y de quienes se preocupan por la justicia social. Como se deduce de esta definición, ambas actitudes son necesarias y quizás por eso es tan sistemática en tantos países la existencia de estos dos polos. Claro que hay un revés de la trama.
La derecha defiende también los privilegios de las clases altas y medias, aunque ella contesta que esos privilegios son necesarios para asegurar el rol de quienes dirigen la producción. Y en la izquierda el revés de la trama es la defensa de intereses sectoriales, “corporativos”, pero también ahí se los puede justificar argumentando que esas estructuras profesionales, o de acción de protesta, desde los sindicatos a los piqueteros, son necesarias para la defensa de la justicia social.
Aun donde el electorado se divide casi igualmente entre centroderecha y centroizquierda, los grupos organizados que le dan fuerza a cada sector son mucho más reducidos. Por un lado están los grandes empresarios, productivos y mediáticos, con sus asociaciones representativas, que en su mayoría tienen posiciones de centroderecha.
En el otro extremo están los intelectuales progresistas y los dirigentes y activistas sindicales, que adoptan posiciones de centroizquierda o populistas. Y en el medio, una masa de clase media y de sectores populares no sindicalizados, en total quizás un 70% de la población, que se ven atraídos de manera oscilante por ambos núcleos clasistas organizados e ideológicamente más definidos.
Debo aclarar que me baso en la suposición de que el desarrollo económico, social y cultural de la Argentina (y de otros países de la región) generará una bipolaridad derecha-izquierda, que se transformará en el principal frente de lucha política en la Argentina. Esto hace tiempo que lo vengo sosteniendo, aunque no pretendo tener derecho de propiedad sobre esa idea. Esto nos llevaría a un tipo de sociedad y por lo tanto de sistema partidario, parecido a los que han predominado en Europa en los primeros famosos treinta años de la segunda posguerra (1945-1975). Estos sistemas, sin embargo, no han sido todos iguales y además han tenido últimamente un brote de derecha radical con cierta apelación popular, que complica el panorama (Le Pen en Francia, Haider en Austria, Bossi y su Lega Nord en Italia y varios otros hasta en los países escandinavos y en Gran Bretaña).
El presidente Néstor Kirchner dijo en repetidas ocasiones que también él desearía una evolución de este tipo. Y más recientemente el ex jefe de Gabinete Jorge Capitanich se ha hecho eco de ese esquema, aunque con una variante: el peronismo kirchnerista estaría en el centro. Yo pienso que más bien el peronismo “K” ocupa el lugar de la izquierda real, vecina pero no idéntica a la izquierda ideológica. El centro está electoralmente bastante despoblado, a pesar de que tanto en nuestro país como en muchos otros la gran mayoría de la población se definiría de centro. Pero, cosa extraña, en los países más desarrollados la tendencia es cada vez más a no votar por partidos centristas, sino a dividirse entre una centroizquierda y una centroderecha. En la Argentina, si el centro está despoblado, la derecha es electoralmente un desierto. De ahí la característica “peculiar” a la que hacíamos referencia en el título de esta introducción. Y por el lado de la izquierda real, el lugar está ya ocupado por el movimiento nacional-popular peronista, dejando poco espacio para una izquierda más ideológicamente definida como socialista o, si se quiere, socialdemócrata.

El abuso del concepto
De populismo
Hay quien piensa que el concepto de populismo puede aplicarse a los fenómenos más insólitos, siempre que hagan apelación a sentimientos populares (o más o menos populares) desde un Reagan, una Thatcher o un Berlusconi, hasta la derecha radical a la que hemos hecho referencia. Y para algunos es simplemente sinónimo de mal gobierno o de no saber hacer las cuentas para equilibrar entradas y salidas.
 Un caso extremo es el que han usado los laboristas británicos, que acusan al dirigente conservador David Cameron de ser “populista” por haber propuesto que la gente enviara sus propias ideas a la Cámara de los Comunes y que si más de 100.000 ciudadanos hubieran propuesto una cierta medida legislativa, el Parlamento debería considerarla de manera prioritaria. Y, en un artículo de la revista teórica de izquierda Italianieuropei, Ilvo Diamanti ha listado diez sentidos diversos en los que la palabra se usa.
Simplificando, se trataría de exaltación del dirigente, que debe ser considerado “único”, dando prioridad al ejecutivismo, servirse de los medios masivos, utilizando un lenguaje popular con elementos de entretenimiento y antipolítica, antiglobalización y localismo. Tales aspectos son, si se me permite la expresión, superestructurales. ¿Pero será que nos hemos olvidado de las infraestructuras, o sea de las clases sociales a las cuales la apelación se dirige y por ellas viene mayoritariamente aceptada?
Un proyecto de transformación en sentido progresista tiene necesidad del apoyo, bien o mal organizado −pero, de todos modos, del apoyo− de los sectores “subalternos” (si se quiere usar la conceptualización gramsciana).
Es preferible que ese movimiento tenga convicciones y prácticas democráticas, cosa que no siempre ocurre. No se puede negar, por ejemplo, que en Europa los partidos comunistas, muy poco convencidos acerca de las virtudes de la democracia burguesa realmente existente, hayan sido progresistas. La experiencia histórica ha demostrado que finalmente llegaron a ser genuinamente democráticos, incluso cambiando de nombre. Y si los comunistas han experimentado esa evolución, ¿por qué una cosa parecida no puede ocurrir, o haber ocurrido, con los movimientos nacionales y populares, bastante autoritarios en algunos momentos de su evolución?
En la segunda posguerra, los partidos comunistas de Europa occidental, especialmente en Italia y en Francia, no podían menos que reflejar los sentimientos y la mentalidad de los sectores populares en que se basaban. ¿Hubiera sido mejor que repudiaran el estalinismo desde el inicio? Quizás sí, desde un punto de vista moral o teórico, pero eso los hubiera condenado al rol de los partidos socialistas de sus países, válido en muchos sentidos, pero incapaces, en esos tempos, de reflejar las experiencias organizativas y de lucha de los sectores populares. Y lo mismo se puede decir de la izquierda chilena de los tiempos de Allende, que desde entonces se ha encaminado en sentido más pluralista y conviviente con el capitalismo y sus expresiones empresariales y culturales, quizás hasta de manera algo excesiva.
En un artículo en el diario La Nación (3/1/2011), Carlos Pagni, periodista claramente opositor, ha considerado la posibilidad de que “Chávez, Morales, Cristina Kirchner se estén despertando del sueño dogmático que pudieron abandonar François Mitterrand, Michel Rocard, Felipe González, Tony Blair, Ricardo Lagos, Lula da Silva, José Mujica, Alan García o Dilma Roussef”.
Verdadero o falso el planteo, la compañía no es mala. Según ese autor, tanto los socialdemócratas como los movimientos nacionales y populares latinoamericanos tendrían algunas características comunes y habrían pasado, o estarían pasando, por etapas de mayor o menor cercanía al Estado o al mercado. En este caso, el autoritarismo popular (nacional-popular o comunista) sería una etapa histórica necesaria para llegar luego a una versión de la socialdemocracia, adaptada, a ambos lados del océano, a las fuerzas económicas internacionales en perpetuo cambio, que deben ser canalizadas, pero que es imposible ignorar. Al fin y al cabo, no es absurdo pensar que también en la antigua Grecia los “demagogos” Clístenes y Pisístrato hayan sido necesarios para debilitar a la aristocracia y hacer posible un Pericles.
No es que la socialdemocracia o los movimientos nacional-populares al estilo de los de Perón, Vargas o Haya de la Torre sean o hayan sido la misma cosa. Pero no dejan de tener ciertos aspectos en común, si se mira a la parte del témpano de hielo que está debajo de la superficie del agua.
En los populismos clásicos latinoamericanos, que prefiero llamar movimientos nacional-populares para no confundirlos con los mal llamados neopopulismos europeos.



Torcuato Di Tella