DOMINGO REPORTAJE A JUAN CARR

“Podemos terminar con el hambre en cinco años”

El creador de Red Solidaria presenta su nueva propuesta: formar un movimiento ciudadano para terminar con los antagonismos y luchar por la recuperación de los lazos sociales. Las tragedias y la solidaridad de los argentinos. El mensaje que le transmitieron los jóvenes de la UCR, el PRO y La Cámpora. Su dura crítica a los linchamientos.|

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Foto:Nestor Grassi
A través de Red Solidaria, los argentinos sabemos que Juan Carr ha entregado su vida, su tiempo, su trabajo y su inteligencia a buscar un país mejor. Por eso, en estos tiempos pascuales Juan también tiene un mensaje que abarca a toda la sociedad.
—Me estoy poniendo grande –explica–, y tengo una mirada hacia la Argentina que, evidentemente, tiene que mejorar algunas cosas pero que también cuenta con mucha gente que trabaja en forma admirable en todos los ámbitos, en todos los sectores, en todos los estratos socioculturales. Por ejemplo, tenemos mucho docente, mucho pedagogo, especialistas en todo, pero...
Se detiene levemente.
—... pero lo que no resulta simple es que, en una mesa alrededor de la cual se reúnen tres o cinco de estos sabios argentinos, al cabo de cinco minutos no se produzca alguna dificultad. En primer término, te diría que es muy difícil juntarlos. Tal vez llegaríamos a hacer una foto y quizás hasta a tirar un par de títulos, pero en forma general antes de que alguno se enoje y se levante de la mesa. Esta es una característica de los últimos tiempos. Y si lo digo riéndome, es una risa con dolor. Todos tenemos nuestro “ego”, nuestro individualismo, pero al mismo tiempo ocurre que cuando hay una catástrofe, una inundación, un incendio, se pierde un chico o hace falta un trasplante, la Argentina se une, se reúne, se encuentra. Y eso es fabuloso. Lo decíamos el otro día con Juan José Campanella y Ricardo Darín. Lo mismo con la hermana Marta Pelloni o el doctor Abel Albino, o en el deporte con Manu Ginóbili, con quienes solemos encontrarnos, por teléfono o por mail, para pensar y opinar. Estoy hablando de gente con toda una trayectoria de vida, y me parece que ahí existe una mirada social, antropológica, comunitaria y también política.
—¿Cómo la describirías?
—Es una mirada con un valor político porque abarca también otras experiencias. Y aquí les robo, a ustedes, la gente de prensa, una iniciativa periodística como fue la creación de Periodistas, luego la de Fopea. Siempre me sorprendió lo heterogéneo de aquellos grupos que habían logrado reunirse. Por supuesto que, después, nos podemos pelear entre todos porque así es la vida. Pero el logro de decir “mirá, en un 90% pienso en forma diferente a vos pero quiero sentarme a dialogar y encontrarme con vos porque así podemos terminar con el hambre, bajar la pobreza, multiplicar las universidades” es algo importante. Y esa sensación de juntarte con “lo diferente” para hacer algo en común me parece que constituye un hecho que habría que ir diseñando para realizarlo. Me explico: hablo de una suerte de movimiento. Por ejemplo, en el origen de Fopea o de Periodistas, para volver a ejemplos anteriores, yo estaba muy sorprendido por esas fisonomías, en el sentido más profundo del término, tan diferentes que habían terminado por juntarse. No sé si lograríamos copiarlas, pero me encantaría un nombre como “Ciudadanos” o algo así.
 Juan reflexiona en voz alta.
—Tal vez “Ciudadanos” quede un poco duro, pero no dudo de que hay un montón de argentinos, si comienzo a pensar en los amigos, enseguida reúno a cincuenta o sesenta, mayores de 40 y hasta 110 que tienen mucho para aportar y para decir. Por ahora estamos pensando y diseñando esta iniciativa. Cuesta reunirlos en un mismo tiempo, imaginarlos alrededor de una misma mesa, pero sí está la intención. Y muy presente.
—Algo adelantaste sobre esto cuando, días pasados, te entregaron un diploma en la Cámara de Diputados.
—Sí, y también estaba allí otra querida actriz como Norma Aleandro. Creo que, juntos, todos estos argentinos tendríamos que reunirnos una o dos veces por año en un lugar común porque hay mucho para decir, para escribir, para difundir y para pensar.
—¿Cómo lo pondrías en acción?
—En estas cosas no se puede ser muy original pero, en primer término, me imagino un verdadero encuentro al que le agregaría mucha comunicación. Comunicar. Y resaltaría lo heterogéneo de que somos todos distintos y pensando, en muchas cosas, de manera muy diferente. Me encanta esto de pensar de manera muy diferente –se entusiasma Juan Carr–. Y tengo desafíos muy concretos.
—¿Por ejemplo?
—Repito que si la Argentina se junta y se reúne, por ejemplo, podría terminar con el hambre en cuatro o cinco años. En diez años podríamos bajar la pobreza a la mitad y en 15 tener más universitarios, en proporción, que los que leemos en los números de nuestra historia. Y esto lo lograríamos solamente por el hecho de juntarnos. Te doy algunos números: reuniendo a este equipo disuelto que a menudo convocamos y llamamos, observamos que, en la Argentina, cada vez que ocurre algo se producen récords de participación en dos lugares: en las convocatorias electorales, cada vez concurre más gente a votar, y en los temas de solidaridad, donde ocurre lo mismo. La Plata, con las inundaciones, ha sido un ejemplo. Hace poco también San Juan, Catamarca y los aludes tremendos en Neuquén. Ahora ayudamos a Valparaíso. Fijate que tenemos una capacidad de participación tremenda y, en números concretos, cito a la Mesa de Enlace.
—¿Por qué?
—El año pasado se reunió en la Sociedad Rural y dijo que 441 millones de personas hubieran podido comer con lo que produjo el campo en 2013. ¿Te das cuenta? En el mundo hay 800 millones de hambrientos y, repito, la Argentina produce alimentos como para 441 millones. Si distribuimos un poco de todo esto... Pero para distribuir hay que encontrarse. Estaríamos más cerca que nunca del “hambre cero”. Desde hace tres años se bate el récord de trasplantes no solamente por la calidad de la medicina argentina, sino porque la comunidad se compromete. Y te doy otros números: hace cuatro años, cada dos minutos una persona donaba sangre. En este momento, cada cincuenta segundos tenemos a un dador ofreciéndose voluntariamente. Quiere decir que, en cuatro años, se ha duplicado la cantidad de dadores de sangre. Y volviendo a los trasplantes, tengo más datos concretos. Por ejemplo, en los de médula ósea, sobre todo en leucemias y patologías especiales, hace tres años, en Argentina, cada dos semanas se efectuaba un trasplante de médula ósea. Hoy se realiza uno cada cinco días.
 Juan Carr se detiene, pensativo, y luego vuelve a un razonamiento que, en este momento, es el eje de su vida.
—Hay números –dice luego– que nos indican que ésta es una sociedad que está esperando. Y para mí está esperando que alguien aporte un poco de pensamiento, de reflexión para lograr una vida mejor.
—Sí, pero también, Juan, es una sociedad que se ha vuelto muy violenta. Desgraciadamente, hemos llegado al linchamiento.
—Creo –dice lentamente Juan– que el tema del linchamiento es lo que ha terminado de decidirme a hablar de estas cosas, que surgen de una pregunta: ¿podemos, generacionalmente, mostrarnos juntos? ¿Diferentes y juntos en este momento de violencia extrema? Parecería que pensamientos distintos nos impiden avanzar juntos. El tema del linchamiento incluso genera espacios de comunicación que son ocupados por personas cada vez más violentas. Y me parece que si nosotros, aun pensando distinto como personas, dijéramos algo sólido, no dudaríamos en sacar conclusiones como que quien roba debe ir preso y quien mata o agrede, también. Son cosas absolutamente básicas, pero casi nadie lo dice. En cambio, si lo dijéramos todos juntos...
—¿Estás pensando en la fuerza que tendría, por ejemplo en imágenes, la unión de voluntades?
—La foto de determinadas personalidades tiene una gran fuerza. Y esto es obviamente político. Una política bien entendida por el bien común. Te repito que, para mí, el tema del linchamiento fue un disparador: yo no soy un comunicador y muchas veces me cuesta entrar en estos debates. La velocidad que tiene hoy la comunicación es muy fuerte en un momento muy violento. Recordemos que los violentos “trabajan” las 24 horas. Tienen un compromiso permanente con el mal, y la mayoría de la gente, que no es violenta, a veces no ocupa tanto lugar en la comunicación. La gente no violenta queda como paralizada, por eso creo que este movimiento, y no quiero usar la palabra “grupo”, porque parece algo exclusivo de ciudadanos puede existir y ser una fuerte influencia en temáticas como la violencia, la educación, las adicciones, el narcotráfico. Podemos pelearnos en ocasiones circunstanciales, pero en estos temas hace falta un acuerdo, que es un mail rápido en el que los que formemos el movimiento nos manifestemos frente a determinados hechos.
—Vos nos estás pidiendo, entonces, a distintos sectores sociales una participación responsable que ofrezca a la sociedad una línea de pensamiento. Luego vendrán, o no, las soluciones.
—Efectivamente: una línea de pensamiento. Yo amo el pensamiento, amo la lectura, los contenidos... y de eso se trata, pero falta un período de reflexión. Estamos todos enganchados por la velocidad de Twitter, de Facebook, etc. Es una herramienta pero, evidentemente, cuando una persona tirada en la calle es pateada por una turba, lo que hace falta es una reflexión. Si hacemos zapping en radio, en televisión, no podemos dejar de registrar que los niveles de violencia verbal y de agresión entre unos y otros hacen urgente la necesidad de reflexionar. Es cierto que tampoco abundan las figuras hacia las cuales la comunidad levante una mirada de búsqueda.
—En esto se habla mucho acerca de la ausencia del Estado.
—Yo incorporaría la figura del Estado, claro. Así como la Red Solidaria a veces interactúa con un ministro o con una municipalidad, un presidente, un funcionario o un diputado, creo que en este movimiento del cual estamos hablando tiene que estar presente el Estado. También me parece que, para este movimiento ciudadano, una de las tareas del momento es que la comunidad vuelva a interactuar con el Estado. Creo que ahí hay una clave importante. Actualmente me estoy reuniendo con ciudadanos chilenos para colaborar en Valparaíso y ellos están peleados con sus funcionarios, con lo cual, durante la primera hora de encuentro, en vez de pensar cómo canalizamos la ayuda el tiempo pasa mientras relatan que están enojados con tal o cual. En parte, ahí está la clave.
—¿Es decir...?
—Te explico: yo uso el concepto de comunidad, y cuando hablo de comunidad hablo de Estado; sector privado y sector público; pero, sin duda, hay que volver a tejer una alianza real y profunda. Esto ocurre posiblemente en los lugares chicos, en los barrios. Es muy común que, cuando ocurre algo, aparezca un intendente, un concejal, un funcionario local. Pero al Estado aún se lo ve como enfrente de la comunidad. Se miran desde veredas diferentes y yo creo que, justamente, lo que tiene que hacer esta propuesta nuestra, este movimiento, es buscar cómo entrelazar y tejer otra vez un encuentro con la comunidad.
—No es un diálogo fácil.
—¡Claro que no! “¡Yo no te voté!”; “estoy en contra de lo que vos pensás políticamente”. Frases típicas. Pero hay cosas que requieren un encuentro. Por ejemplo, la lucha contra las adicciones es tan grave y se escucha tanta cosa valiosa y también tanta cosa delirante que, cuando estás cerca de alguien que padece una adicción, te preguntás cómo puede haber estos discursos.
—¿A qué te referís cuando hablás de “estos discursos”?
—Hubo un momento romántico y a la vez, para mí, emotivo. Se reunió la juventud de La Cámpora con la juventud del PRO y la juventud radical. Yo fui y me emocioné. Los tres grupos trataron el tema de las adicciones.
—¿Dónde fue el encuentro?
—En una sala del Congreso. Fueron dos encuentros, y allí hubo un acuerdo básico que consistió en que el problema central se ubica en la persona humana y su tragedia. En este caso, el que tiene una adicción. Todo lo demás es técnico. Realmente quedé impactado. Hubo dos horas de diálogo en los que prácticamente fui un espectador. Fui con mi mujer y dos coordinadores de la Red Solidaria Joven, y haber presenciado ese encuentro fue muy iluminador para mí.
—¿Qué se dijo allí?
—Es un momento muy complejo: Uruguay abre las puertas como ningún otro país al tema de la marihuana y los que somos más grandes mirábamos todo con los ojos abiertos. Incluso, la penalización es un tema que a mí, de a ratos, me supera porque uno no lo tiene tan claro. Un lugar en el que un par de expertos aparecen rodeados para que opinen algo. Lo que sí tengo claro y he escuchado muchas veces, también tuvimos algunos momentos de tensión, son temáticas en las que uno puede o no estar de acuerdo, pero una cosa es decirlas personalmente, y otra, estar acompañado por otros. Puedo o no estar de acuerdo con vos, Beatriz Sarlo o Campanella, por citar gente de la que me siento cerca, pero esa imagen en una Argentina con Twitter, Facebook, en temas tan centrales como el hambre, la pobreza, la droga, etc., da lugar para el “opinador”, que a veces dice cosas coherentes y otras... incluso nos horrorizamos. No sé si me estaré poniendo grande, pero lo práctico sería entonces preguntarse: ¿quiénes son los especialistas en esta temática? Y consultarlos. A mí la violencia me resulta muy inasible. Por eso admiro la Oficina contra la Violencia de la Corte Suprema. Es una creación de todos los jueces y quisiera que se replicara en todo el país. Incluso, días pasados lo conversé con el presidente de la Corte y le decía: “Bueno, si en alguna provincia o en una ciudad cuesta instalar este modelo, podemos ir cuatro o cinco que aun pensando distinto sabemos que en este caso, operativamente, tendríamos una fuerza tremenda”.
—La violencia, por desgracia, es un tema de cada día.
—Yo hablaría ocho horas de la violencia, y tampoco tengo bien claro qué decir. Estoy muy enamorado de mi mujer, soy muy feminista, admiro a la mujer en el ámbito social cuando, justamente, en los lugares más humildes es la mujer quien sostiene a la familia. Esto ocurre en toda América latina y, sin embargo, cada dos o tres días matan a una mujer en la Argentina. El marido, un ex novio. Cada dos días aceptamos, como comunidad, que maten a una mujer. Sólo ese hecho. Cada día 160 mujeres llaman por teléfono para pedir auxilio. Y, sin embargo, se supone que son sólo el 10% que se anima a llamar. Yo no soy un especialista, pero si nos proponemos seriamente modificar estos números, no importa que pensemos distinto. Somos cincuenta ciudadanos que respaldamos este pensamiento para que estos números atroces se modifiquen. En definitiva, no soy un especialista, repito, pero quiero que se modifiquen estos números de la realidad. No cabe duda de que, desde que yo nací, el sentido comunitario de participación ha mejorado: desde Alfonsín hasta aquí, la pobreza está estable, y nos cuesta mover ese número, y se ha recuperado levemente el nivel universitario. Entonces creo, insisto, que esos números se pueden mover a partir del pensamiento. Y el pensamiento, además del Poder Ejecutivo, el Parlamento y la Corte Suprema y muchas instituciones, hace que infinidad de ciudadanos “sueltos” pero que tienen algo para aportar en política con mayúscula, podamos reunirnos y lograr algo tan simple como esto: intercambiar ideas

Magdalena Ruiz Guiñazú