DOMINGO LA SALUD DE LOS PRESIDENTES

Poder y enfermedad

La intervención a la que fue sometida Cristina Kirchner volvió a plantear cuestiones que ya se habían producido con Carlos Menem y Fernando de la Rúa: si delegar o no el poder; el manejo de la información; la elección del lugar y de los cirujanos. Néstor Kirchner sufrió problemas de salud en el poder, que se agravaron cuando planeaba su regreso a la presidencia. Un tema en común a todos: ninguno se atendió en un hospital público.

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Foto:Cedoc

Como lo hacía siempre, esa mañana Menem se levantó cerca de las 6. Se sintió extraño. Comenzó a percibir una sensación rara que nunca antes había experimentado. Así recuerda esa circunstancia el doctor Tfeli: “Yo llego a la residencia de Olivos, tal cual como lo hice durante los diez años de la presidencia del doctor Carlos Menem, a las 7 de la mañana. Menem era una persona muy metódica. A esa hora ya estaba en pie y lo primero que hacía era someterse a la revisación clínica que yo le hacía.        El sufría de hipertensión arterial y de diabetes. Ese día debía viajar a Santiago de Chile. Me cuenta, entonces, que se había despertado con una sensación de hormigueo en la punta de los dedos de la mano izquierda. ‘Ayer hice mucho tenis’, fue el comentario que agregó.    Pensé, entonces, en tres causas fundamentales como desencadenantes de esa sintomatología: traumatológicas, vasculares o neurológicas. Sin dudas que la providencia me ayudó. Decido, pues, llamar al doctor Ramón Leiguarda, uno de los neurólogos más prestigiosos de la Argentina, a quien le pido que se dirija a Olivos lo más pronto posible. Una vez allí, el doctor Leiguarda hace un prolijo examen neurológico del paciente en el que no aparece ningún signo ni síntoma de déficit focal.

Es decir que no se detectan ni trastornos sensitivos –parestesias– ni motores –paresias–. Sin embargo, al examinar el cuello descubre, en la auscultación, la existencia de un soplo carotídeo. El doctor Leiguarda me comunica esto y se lo hacemos saber al presidente, a quien, además, le explicamos qué era lo que estaba sucediendo y cuáles eran los pasos a seguir. Así es que se decide suspender el viaje a Santiago de Chile y convocar al doctor Jorge Belardi.      Confirmado el hallazgo del soplo, nos dirigimos al Instituto Fleni, en la zona de Belgrano, para realizar los estudios complementarios de tipo neurológico. Al presidente se le realizan una resonancia nuclear magnética del cerebro y un ecodoppler, que es un estudio a base de ultrasonido, de las arterias carótidas. Estos estudios revelaron que no había ninguna lesión orgánica a nivel cerebral y que había una suboclusión de la arteria carótida derecha. Con el diagnóstico confirmado, se traslada al paciente al Instituto Cardiovascular de Buenos Aires –que está enfrente del Fleni– en donde el doctor Belardi completa los estudios con una cineangiocoronariografía, a fin de evaluar el flujo sanguíneo de las arterias coronarias del presidente. Fue mérito de la providencia, a la que se lo agradeceré de por vida, el haber tenido la presunción de un posible cuadro neurológico y llamar al doctor Leiguarda”. (...)

El revuelo que el problema de salud de Menem generó fue mayúsculo. Como casi siempre ocurre, la información oficial que se brindó a la población fue falsa. Se habló, en principio, de una “gripe”. Pero esta vez el engaño de la “gripe presidencial” duró poco y la realidad, única verdad, se impuso una vez más. (…) Con el diagnóstico confirmado de la suboclusión de la arteria carótida derecha, había sólo una cosa por hacer: operar. Recuerda el doctor Tfeli: “Nos reunimos los doctores Ramón Leiguarda, Jorge Belardi, Luis de la Fuente, Andrés Gnocchi, Juan Carlos Parodi, cirujano vascular, y yo. Y ahí se decide que al presidente había que operarlo. Así, pues, le comunicamos al doctor Menem lo que estaba sucediendo. El supo en todo momento la verdad. Cuando le dimos el diagnóstico y le dijimos de la necesidad de operar sin demoras y de los riesgos de esa intervención, no dudó un instante en dar su respuesta. ‘Operen ya’ , fue lo que nos expresó con total serenidad. Junto con esto, dio su consentimiento para que fuera el doctor Parodi y su equipo quienes estuvieran a cargo de la intervención quirúrgica”.

Desde el punto de vista médico, la situación era compleja y, desde el punto de vista político, también. Había un asunto que generaba mucha controversia: ¿debía hacerse un traspaso del mandato presidencial o no? El tema no era menor ya que, desde septiembre de 1991, la vicepresidencia estaba vacante, como consecuencia de que Eduardo Duhalde había renunciado a ese cargo para competir por la gobernación de la provincia de Buenos Aires. (…) ¿Quién estaría a cargo del Poder Ejecutivo durante el tiempo que demandara la intervención quirúrgica? ¿Qué pasaría si el presidente salía de la operación con alguna complicación que implicara un daño cerebral que lo dejase incapacitado de llevar adelante las tareas atinentes a su cargo? A pesar de todo, el secretario general de la Presidencia, Eduardo Bauzá, fue terminante: “No habrá traspaso de mando”. Esa era la voluntad del presidente.

El presidente tiene arteriosclerosis

El viernes 8 de junio de 2001, De la Rúa arribó a la Casa Rosada unos minutos después de las 10 de la mañana. Había un paro nacional. Le tomó juramento al nuevo secretario de Transportes, Luis Ludueña, encabezó una reunión del gabinete nacional, grabó un mensaje por la cadena oficial de radio y televisión, atendió el llamado del senador Eduardo Menem, enfurecido por la detención de su hermano, el ex presidente Carlos Menem, por una causa de tráfico de armas. Completada toda esta tarea, De la Rúa debió dirigirse al Instituto Cardiovascular de Buenos Aires. Así se lo hizo saber a los periodistas: “Estando tranquila la situación, voy ahora a tratarme. Voy a ocuparme de mí, porque me gusta cuidarme. No es nada grave, es una situación normal y quería informarles para que no se anden diciendo cosas. Esto es normal, porque quienes ejercemos funciones como éstas estamos sometidos a un gran estrés. Bueno, me voy al médico”.

Sin embargo, la realidad era otra. El domingo 3 de junio, De la Rúa había comenzado a sentir dolores en el pecho. Entonces, decidió trasladarse al Instituto del Diagnóstico, en lo que se dijo había sido una visita a un amigo. Ese día se le realizaron algunos exámenes, ante cuyos resultados se le indicó la realización de un estudio de cámara gamma consistente en la inyección, por vía intravenosa, de un isótopo radiactivo con la finalidad de evaluar la irrigación cardíaca. El resultado fue que había un déficit de perfusión en algunas áreas del miocardio, por lo que se le indicó una cineangiocoronariografía para evaluar el estado de las arterias coronarias. Con ese objetivo, De la Rúa se dirigió al Instituto Cardiovascular de Buenos Aires, adonde llegó a las 13.15, después de haberse detenido unos minutos a orar a solas en la capilla de la Casa de Gobierno. Una vez que estuvo internado, todo fue hecho con rapidez. El equipo médico, encabezado por el doctor Jorge Belardi, quien también había tenido participación en el episodio de la suboclusión carotídea que padeciera Carlos Menem en 1993, le realizó el cateterismo cardíaco que mostró dos obstrucciones parciales en la arteria coronaria derecha. En consecuencia, se procedió inmediatamente a su desobstrucción. Esto se hizo a través de una angioplastia, procedimiento que consiste en introducir un catéter en la arteria afectada. Este catéter tiene un globo en la punta que se infla para que se restablezca el flujo sanguíneo, a posteriori de lo cual se deja un stent, que es un cilindro metálico con forma de rulero, que tiene la función de evitar que la arteria se cierre. El diario Página/12, además, informó que se había encontrado una oclusión total de la arteria descendente anterior, una de las dos ramas de la coronaria izquierda, sobre la que nada se hizo ya que se observó que esta lesión no producía ningún efecto detrimental sobre la función del corazón. El impacto político del padecimiento del presidente fue grande. Se repitió aquí una situación exactamente similar a la que sucedió con el ex presidente Carlos Menem: la vacancia de la vicepresidencia. Esto hizo que la conmoción política fuera aún mayor. Por eso, el senador Mario Losada se apresuró a expresar que “no había habido necesidad de traspasar el mando ya que la operación se hizo con anestesia local”. Esto fue confirmado por el doctor Belardi. Fue el doctor Héctor Lombardo, ministro de Salud, quien otra vez sobresalió por la profusión de sus declaraciones. Una de ellas, “le destaparon la cañería”, produjo hilaridad; otra, “el presidente sufre de arteriosclerosis”, azoro y estupor. La falta de tacto político de semejante definición dejó atónitos a muchos dentro y fuera del gobierno, y obligó al doctor Belardi a salir a desmentirla.    En realidad, lo que expresó el ministro no era técnicamente incorrecto puesto que, efectivamente, la obstrucción coronaria de De la Rúa fue debida a una lesión ateromatosa de la arteria. Pero lo que el ministro no tuvo en cuenta fue que, en la consideración popular, el término arteriosclerosis es tomado como sinónimo de demencia. Tanto el posoperatorio como la convalecencia de De la Rúa fueron buenos. Se le indicó un régimen alimentario más estricto y una medicación a base de aspirina, estatinas –que inhiben la formación de colesterol–, betabloqueantes para controlar la presión arterial, aun cuando nunca la había tenido alta, y un antitrombótico.

“Hay que cuidar la máquina”

El sábado 11 de septiembre, Kirchner se sintió mal. Fue después de haber hecho su habitual caminata en la cinta. Comenzó, entonces, a percibir un malestar en su pecho que no se calmaba.    Ante esto, le comunicó la novedad a su equipo médico. La circunstancia quiso que el jefe de la Unidad Médica Presidencial, doctor Buonomo, se encontrase en Río Gallegos. Se hizo cargo de la situación, pues, el subdirector de la Unidad, doctor Marcelo Ballesteros, quien intentó comunicarse con el director de Diagnóstico Maipú, doctor Jorge Carrascosa, quien no se hallaba en Buenos Aires. Se decidió, entonces, que Kirchner concurriera directamente a la Clínica Olivos, a la que ingresó caminando. Allí se le practicaron los primeros estudios, y ante la sospecha de una cardiopatía isquémica, se decidió trasladarlo de inmediato al Sanatorio Los Arcos, adonde se lo había atendido de su afección carotídea hacía seis meses. Ya en el centro médico, el ex presidente fue sometido a una angiografía coronaria, a través de la cual se pudo detectar una subobstrucción de la arteria circunfleja.

Ante el diagnóstico de suboclusión de la arteria circunfleja, no hubo tiempo que perder. Había que realizar una angioplastia para desobstruir la arteria afectada y colocar un stent. Convocados en el lugar, el procedimiento quirúrgico estuvo a cargo de los doctores Jorge Mrad y Jorge Miano. La angioplastia es un procedimiento consistente en la introducción, a través de una arteria de la ingle, de un catéter provisto en su extremo de un balón inflable que se hace progresar hasta la coronaria ocluida. Una vez allí, se pasa a inflar el balón para eliminar la obstrucción. Concluido esto, se deja colocado un stent, que es un pequeño dispositivo metálico cuya función es la de apuntalar la pared de la arteria a fin de evitar que se vuelva a ocluir o estrechar. A Kirchner se le colocó un stent recubierto de un fármaco cuya función es la de prevenir el exceso de crecimiento del tejido cicatrizal que se genera en la pared de la arteria dañada, hecho que es riesgoso por el potencial que tiene de generar nuevas estrecheces y coágulos. La afección cardíaca del ex presidente produjo, otra vez, un enorme revuelo político. A diferencia del episodio cerebrovascular, en que la información de la salud de Kirchner fue sencilla y claramente expuesta a la opinión pública por el doctor Caramutti, hecho que, como se dijo, disgustó al matrimonio presidencial, esta vez la comunicación fue harto escueta.    Ninguno de los médicos habló con la prensa y todo se limitó a partes oficiales –en los que nunca se especificó cuál había sido la coronaria afectada– leídos por el secretario de Medios, Alfredo Scoccimarro. Además, se quiso dar la idea de que todo había sido producto de un hallazgo aparecido en el medio de un chequeo de rutina que se le había realizado a Kirchner ese sábado por la tarde, hecho que no era cierto. El posoperatorio de la angioplastia no presentó ninguna complicación médica. La actitud dominante por parte del matrimonio presidencial fue la de apurar el alta lo máximo posible. En consecuencia, Kirchner se retiró del Sanatorio Los Arcos sobre las once de la noche del domingo 12 de septiembre. Lo hizo, bajo su responsabilidad, en compañía de su esposa a bordo del auto presidencial. “Está bien. Fue todo un invento”, se le escuchó decir a la Presidenta al mismo tiempo que le ordenaba a su esposo que hablara. “Estoy bien”, fue lo que expresó el ex presidente con un atisbo de sonrisa. Junto con la medicación para la hipertensión y para controlar los niveles de colesterol, la dieta y el régimen de ejercicios, la indicación terapéutica más importante fue la de modificar sustancialmente su ritmo de actividades y evitar las situaciones de estrés. Nada de esto fue tenido en cuenta seriamente por el paciente, quien rápidamente volvió a su rutina de llamados telefónicos, de reuniones con sus colaboradores, y el monitoreo de la gestión de gobierno de su esposa.  La idea de la invulnerabilidad guiaba sus actos a cada paso. (...)

Así se llegó a la noche del martes 26 de octubre, en la que hubo una conversación telefónica entre Néstor Kirchner y Hugo Moyano. Diversas fuentes hablaron de una charla por momentos tensa, circunstancia que Moyano negó. Entre los temas de conversación, estuvo la ausencia de los intendentes del conurbano bonaerense a la reunión del consejo del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires. La especulación fue que Kirchner no había puesto el suficiente empeño como para forzar ese quórum, hecho que habría molestado al líder sindical. Nunca se sabrá si eso fue cierto o no. Lo que es claro es que, de haber presionado de la manera como él lo hacía, seguramente el ex presidente hubiera asegurado esas presencias. El resto de la noche fue dedicada a compartir una cena –la última de su vida– con Lázaro Báez, el ex empleado del Banco de Santa Cruz devenido en hombre rico y poderoso durante los años de Kirchner como gobernador de esa provincia. Los Kirchner se fueron a dormir a eso de la una y media de la mañana. Horas después, sobrevendría el drama. A eso de las siete y media, Néstor Kirchner despertó desasosegado, con un severo dolor en el pecho y falta de aire. Intentó incorporarse y al hacerlo perdió el conocimiento. Cayó pesadamente y, en la caída, su cara golpeó contra el borde de la mesita de luz. Ello le produjo una herida cortante en su frente. Desesperada, la Presidenta hizo llamar al médico de la Unidad Presidencial que estaba de guardia en el hotel de propiedad de los Kirchner ubicado al lado de su casa. El doctor Allen González se dirigió allí presurosamente. El ex presidente estaba inconsciente y en paro cardíaco. Inmediatamente, ordenó llamar al hospital José Formenti, tomó el desfibrilador y aplicó una descarga sobre el pecho desnudo de Kirchner. El corazón del ex presidente no respondió. Continuó con las maniobras de reanimación, que incluyeron la aplicación de una ampolla de adrenalina intracardíaca. Tampoco hubo respuesta. A las ocho menos cinco llegó la ambulancia con el equipo médico del hospital. No había tiempo que perder y por lo tanto decidieron trasladarlo de inmediato al centro asistencial, en donde ya se encontraba su director, doctor Marcelo Bravo, y todo el equipo médico y de enfermería necesario para atender la emergencia. “No me dejes, por favor no me dejes”, era la súplica de la Presidenta ante el cuerpo de su esposo que seguía sin responder a las incesantes maniobras de reanimación. Una vez en el hospital –al que el ex presidente ingresó a las ocho y diez–, dieciséis médicos continuaron con la aplicación de todo el protocolo de resucitación cardiopulmonar. Fue una lucha denodada. La doctora Fernández de Kirchner permaneció en todo momento en la sala en donde se montó el shock room en el que se desarrolló el dramático final. Una de las médicas del equipo fue la encargada de darle el detalle de lo que estaba pasando con su esposo. Lamentablemente, todos los esfuerzos fueron vanos. Así pues, cumplidos ya los pasos y los tiempos de los protocolos de reanimación, no hubo más que la evidencia de una sola y penosa realidad: el ex presidente había fallecido. Al lado de su cuerpo inerte, su esposa lo lloró con dolor y entereza. Eran las nueve y cuarto de esa fría mañana en El Calafate, hora en la que inexorablemente una nueva era comenzaba en la vida política argentina y en la que, para sus seguidores, Néstor Kirchner se transformaba en mito.



Nelson Castro