DOMINGO REPORTAJE A GERMÁN ESTRADA

“Sentía vergüenza de haber estado en Malvinas”

El ex combatiente relata sus años de silencio y lo difícil que fue reconstruir su vida. El dolor que sintió cuando regresó de la guerra y descubrió que no era tratado como un héroe. Los fantasmas que todavía lo atormentan. El libro que escribió sobre sus difíciles días en las islas.

PERFIL COMPLETO

Foto:Enrique Manuel Abbate
Después de haber vuelto de Malvinas, por más de veinte años Germán Estrada no pudo hablar de aquella experiencia que marcó su vida.
—Sí, durante 24 años me fue imposible –hay una larga pausa en el relato de este hombre joven, de ojos claros–. Pasé por varias etapas –recuerda–; primero me escondí, y recién cuando empecé a hablar me sentí más consciente. Pero, te reitero, en un principio fue como que me escondí durante un tiempo largo. Sentía vergüenza de haber estado en Malvinas, intentaba taparla... incluso en conversaciones con Esteban Pino y Juan Casanegra, que son íntimos amigos míos y compartieron batallas y largas noches, llegamos a preguntarnos: “Pero ¿estuvimos realmente en Malvinas?”. Como si dudáramos de que habíamos vivido todo eso. Después, con el tiempo, yo me preguntaba: “¿Esto será como un chico que fue violado o abusado?” Un chico que se acuerda y advierte, treinta años después, cómo ocurrió aquello. Y en este caso fue así. Durante muchos años fui a hablar con una psicóloga y ella me decía que el duelo por la muerte de un padre suelen ser dos años; una separación matrimonial, dos o tres, pero que el duelo de una guerra son veinte años. Y yo lo puedo confirmar, porque esto no sólo me ocurrió a mí sino que luego de ese tiempo comenzaron a aparecer imágenes y testimonios por televisión. Es el duelo interno lo que nos costó superar.
—¿Fue entonces que, con Esteban Pino, decidieron escribir “Contar Malvinas”, un libro con el que de alguna manera pudieron liberar sus sentimientos?
—Sí, habían pasado 24 años. Esteban siempre me decía: “¿Cuándo vamos a hablar?”, y yo le contestaba, “¿vos tenés ganas de hablar? ¿No? Bueno, yo tampoco”. Lo íbamos dejando para “algún día”. Finalmente, una noche, no sé bien por qué le propuse “¿por qué no lo escribimos?”.
Germán se detiene. Tiene los ojos empañados. Y tanto el colega fotógrafo como yo también. Luego, Germán retoma:
—Decidimos hablar con el psiquiatra Jesús López, que también es escritor. Con su intervención, en casi dos años pudimos escribir nuestro libro. Fue como un vómito... un vómito violento y, por otro lado, quitarnos de encima una mochila enorme. Fijate que recién ahí mi familia (mi madre y mis hermanos, con los que somos muy unidos y nos vemos constantemente) se enteró de lo que pasó en Malvinas. Ellos realmente no lo sabían, pero tampoco se animaban a preguntar. Y me he quedado corto con el tiempo...  habían pasado 27 años. Recién dos años más tarde de la aparición de nuestro libro llevamos a nuestras madres y algún hermano al consultorio de Jesús López.
—¿Cuál era entonces la idea de ustedes?
—Bueno, que Jesús les hiciera un cuestionario donde quedaran reflejadas las preguntas que ellos querían hacernos y no se atrevían a formular. Allí me enteré de que nuestras madres y nuestros hermanos no preguntaban nada porque estaban tan felices de que hubiéramos podido volver...  –y aquí nuevamente se entrecorta el relato–. Disculpame.
—Cuesta imaginar la sensación certera de que te vas a morir.
—Ellos estaban tan felices, pero en mi mirada veían a otra persona. No al mismo hijo que había ido a las islas. Ochenta días después, cuando volví a casa, ellos vieron a otra persona... una persona que los cohibía para preguntar. Y recién allí, tanto tiempo después, me enteré de que les ocurría esto. Bueno, son estas cosas que llevan una cicatriz sobre la herida... un golpe fuerte, ¿no?
—Casi no me atrevo a decirte, Germán, que no encontramos las palabras para definir lo que debe significar sentir que la muerte no va a ser de otro sino tuya, que muy probablemente te ocurra a vos. ¿Cómo se soporta esto?
—¿Esto? Bueno, mirá, pasa por distintos estados: por ejemplo, estar paralizado (he llegado a quedarme parado, sin poder moverme, en medio de situaciones muy peligrosas en vez de protegerme). Veía absolutamente todo pero no escuchaba nada. Entendía perfectamente lo que estaba pasando pero no podía dar un paso. Pasé por esta experiencia. También por vomitar constantemente. Sin embargo, a medida que iban ocurriendo estas situaciones uno se iba acostumbrando. Lo he visto también en los veteranos de guerra que, sin embargo, buscan ese temor tan grande en algún otro lado.
—¿Cómo es eso?
—Te puedo dar mi propio ejemplo: después de Malvinas efectué no menos de 700 saltos en paracaídas. Son 700: registrados, anotados. Y esto ocurrió durante diez años. Otros buscan estas sensaciones en el alcohol o en las drogas, pero hay un registro de la adrenalina que queda en el cuerpo y es muy fuerte. Tan es así que, cuando volvemos a la vida normal y cotidiana, donde tenés todo: la frazada, la comida, la protección, empezás a preguntarte ¿pero aquí falta algo? Y yo necesito ese algo. Te aclaro que éste es un pensamiento mío.
—Pero, por lo que expresás, es como si dijeras: “Salto 700 veces en paracaídas pero a mí no me va a pasar nada”. ¿Es así? ¿Es un desafío? ¿Una afirmación?
—Sí, sí... es la adrenalina de estar en las alturas, el desafío de decirse “ahora estoy controlando mi vida”, y también, aunque sea por los segundos que dura una caída libre, tu mente no piensa más en nada... tu mente se detiene... una especie de meditación rústica y violenta, pero aquéllos eran los momentos en los cuales yo realmente descansaba y me sentía tranquilo.
—Quizás más tranquilo porque habías logrado superar la impresionante experiencia que debe significar saltar al vacío, ¿no?
—Sí. Esa primera experiencia positiva me costó 13 saltos. Los primeros. Y fue terrible. Pero cuando lo superé, realmente descansé.
—Cuando te escucho pienso en la gran estafa que significa aprovecharse del entusiasmo de un joven de 19 años... Porque ustedes fueron a Malvinas con un gran entusiasmo.
—En efecto, y sobre este punto me gusta subrayar que todos tenemos ideales y el ideal de un joven es tan fuerte que puede llegar a extremos nunca imaginados. Yo siempre recuerdo que en Malvinas estuvieron los gurkhas, hombres recontraprofesionales, mercenarios y terribles luchadores; los ingleses, superprofesionales, y nosotros, que fuimos con la bandera en la mano. No fuimos ni por la plata ni por la gloria. En aquel momento nosotros fuimos a defender la patria y creíamos en eso. Yo era soldado, estaba haciendo la conscripción...  Siempre recuerdo una radio clandestina que escuchábamos en Malvinas y en la que una voz de mujer, con tonada chilena, muy sensual, nos explicaba que si firmábamos un papel en el que decíamos que no queríamos estar allí como soldados sin ser profesionales, en un lugar tan lejano y se lo mostrábamos a nuestro oficial, podían automáticamente embarcarnos para volver al país. Iba a pasar un avión para lanzarnos esos formularios a una determinada hora de un determinado día. Yo te puedo asegurar que el 80% de los que estábamos allí, todos soldados, los reputeábamos y jurábamos que jamás íbamos a firmar ese formulario. Ninguno expresó el deseo de firmar y volver a casa. Esto no quiere decir que éramos valientes. Lo que yo me planteaba era que nosotros estábamos allí por la bandera.
Hay un enorme entusiasmo en el relato de Germán. Se afloja y también cuenta algo más de su historia:
—Yo soy de Mar del Plata, pero cuando terminó la guerra vine a buscar fortuna a la Capital Federal. Yo soy clase 1962, pero como había repetido pedí un año de prórroga y con la clase 1963 entré en marzo. Lógicamente, en abril éramos soldados nuevos y pocos: algo más de sesenta. En las islas tuve algunos problemas con los borceguíes, pero luego me quedé con los de un capitán que murió.
—Resulta difícil aceptar que las circunstancias sean tan terribles que alguien tenga que quedarse con los zapatos de un muerto. Incluso con aquel frío tremendo.
—Siempre sentimos que ellos, los que ya no están, se debían alegrar de que nosotros pudiéramos usar sus pertenencias y abrigarnos.
Quienes habíamos estado en Malvinas por coberturas periodísticas no podíamos olvidar el frío terrible que se siente allí.
—Ustedes, Germán, no fueron bien equipados.
—Uno se las rebuscaba de alguna manera, pero sí, el frío era sin duda un enemigo más. Recuerdo que cuando bajé del avión que nos había llevado desde el continente besé el suelo de la pista (a la manera del Papa), pero inmediatamente me pregunté: “¿Dónde estamos? ¿Qué es este viento helado que no nos deja caminar?”.
—También, por el terrible viento, no hay árboles grandes. Sólo arbustos. Por eso no lo podíamos creer cuando se anunció que el Ejército había enviado cocinas a leña.
—Es cierto. Allí no había leña. Sólo un poco de turba. Sí, la comida era un tema importante.
—En su momento se habló mucho de que los depósitos tenían comida, pero lo que fallaba era la organización.
—Lo que veía era la voluntad de Comando y Servicios para repartir la comida. No había caminos, no había suficientes camiones, los ranchos eran como tanques grandes enganchados a un camión y debían llegar hasta las posiciones más alejadas. Por supuesto que allí la comida llegaba fría... si es que llegaba, o si el camión no se rompía por la falta de caminos. Un montón de obstáculos que había que superar. Era difícil distribuirla y también prepararla. Generalmente estaba cruda, pero lo importante era que llegara. Algunos compañeros sufrieron terriblemente por esto.
—Por eso causó tanto impacto aquella fotografía de un soldadito estaqueado por haber robado una oveja y hecho un asado.
—La verdad es que yo no vi estaqueados. Lo que relato siempre es que éramos 10 mil hombres: 7 mil soldados. Donde yo estaba había algunos soldados que eran personas difíciles, duras, complicadas. Todos estábamos armados, nerviosos y había cierta clase de personas que resultaban peligrosas para el grupo en el que vivíamos. Por suerte los superiores ponían un freno...  Generalmente, en las ocupaciones de distintos pueblos la historia señala que ocurren muchas cosas. Pero en Malvinas no hubo ninguna violación ni a una mujer ni a un hombre. No hubo ataques a las personas. A nosotros nos dispararon con un calibre 22 desde una casa y a nosotros se nos prohibió dispararle a la casa que, sin embargo, veíamos perfectamente. Nos sentíamos valientes, pero esas cosas no ocurrieron. Para esto es necesario cierto tipo de rigor. Yo no soy instructor ni manejo gente, pero hay que saber dirigir a tantos hombres armados, nerviosos y preocupados. Hubo peleas, pero fueron entre nosotros.
—Supongo también que las circunstancias extremas hacen mucho más difícil la convivencia entre grupos.
—Sí, se arman grupos. Nosotros teníamos el nuestro y tratábamos de convivir como podíamos. Por suerte estaban los suboficiales. Un suboficial representa a unos setenta soldados. Y un oficial quizás hasta a 200. Recientemente me encontré con uno de ellos y me dijo: “Me sentía incómodo porque, cuando iba caminando, ustedes me miraban como preguntándome algo. Y yo no sabía realmente qué decirles”.
—En “Contar Malvinas”, que escribieron con Esteban Pino, ¿ustedes consideraron que les tocaron buenos jefes?
—Esteban tiene más críticas que yo. A él le pasaron otras cosas, pero yo, hasta el día de hoy, aún me veo con algunos de mis ex jefes.
—Aquí, en la Capital Federal al menos, las cosas se manejaron de una manera inconcebible. Falseando la información y, por ejemplo, en episodios como el de que la bandera que está junto al Obelisco nunca estuvo a media asta en homenaje a los muertos. Cuando ustedes volvieron de las islas no se difundía la información de adónde llegaban.
—Sí, recuerdo que cuando llegamos a Aeroparque ya estaba oscureciendo y el colectivo que nos llevaba tenía las ventanillas tapadas con un plástico negro. Era para que no nos vieran. Yo corría un poco el plástico y espiaba: la gente tomaba colectivos, caminaba por la calle, y todo esto me pareció muy violento... Me encanta el fútbol, y como se jugaba el Mundial de 1982 en España pensé, ingenuamente, que quizás por el drama Malvinas lo suspenderían. Todos jugaban normalmente y ahí, en mi cabeza, comprendí algo: “Realmente estoy absolutamente solo”.
—Y en ese colectivo con las ventanillas tapadas, ¿adónde los llevaron?
—A la Escuela Sargento Cabral, en Campo de Mayo.
—¿Y por qué no se avisó a las familias?
Con una sonrisa triste, Germán contesta:
—El soldado no pregunta. El soldado obedece. En el ejército, las cosas son así. Pasamos dos días en Campo de Mayo. Luego nos llevaron a la Estación Constitución y tomamos el tren a Mar del Plata. Allí, sí, en cada estación nos saludaba la gente, y cuando por la noche llegamos a Mar del Plata, estaban las familias esperándonos y cada uno fue a dormir a su casa.
—¿En qué momento te tomaron prisionero los ingleses?
Germán suspira:
—En Puerto Argentino mi grupo se había dispersado bastante. Nos avisaron que nos rendíamos. Yo no sabía lo que era rendirse. Obedecimos las órdenes, vimos a los ingleses manejando nuestros jeeps. “Ya no nos queda más nada”, me dije. Nos hicieron encolumnar y caminar hacia el aeropuerto. Formamos una interminable fila india, dormimos en el suelo y, al otro día, nos separaron en grupos más chicos y nos encerraron en un aserradero, del que salíamos en grupos por la mañana para limpiar un poco la ciudad. A la noche volvíamos al galpón. En total estuve unos seis días prisionero.
—¿Había diálogo con los ingleses?
—No, no. Nos impartían las ordenes de lo que debíamos hacer o no. No era maltrato. Era un trato duro. Algún empujón, alguna patada, y al subir al
barco un militar inglés se presentó con su nombre, y al bajar, ya en Puerto Madryn, otro nos saludó, nos dio la mano y nos regaló un paquete de cigarrillos a cada uno deseándonos buena suerte.

Magdalena Ruiz Guiñazu