DOMINGO PERIODISTAS MILITANTES PARA ALBERDI Y SARMIENTO

Trincheras mediáticas

En Guerras mediáticas, Fernando Ruiz demuestra que el enfrentamiento entre políticos y periodistas puede ser rastreado tras la Independencia. En
este capítulo analiza cómo Alberdi y Sarmiento, dos figuras asociadas con los valores liberales y republicanos, fueron muy críticos con la prensa de
su tiempo. Curiosamente, ambos advertían que el rol de los medios debía  ser la defensa del gobierno nacional y reclamaban noticias positivas.

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Foto:Cedoc

Alberdi creía en el hombre de la hora, el general Justo José de Urquiza, y tenía una idea poco ambiciosa de la república posible, por lo que pedía en esa etapa de la organización nacional una prensa menos crítica del gobierno, menos dedicada a cuestiones políticas y más a cuestiones prácticas, y que contribuyera a pacificar más que a agudizar los conflictos. Sarmiento, por su parte, no creía en el general, rechazaba la idea de república posible que tenía Alberdi y, por lo tanto, no aceptaba como necesario o conveniente un fuerte corsé de responsabilidad sobre la prensa que suavizara su crítica. Escribió Alberdi: “Toda dictadura, todo despotismo, aunque sea el de la prensa, son aciagos a la prosperidad de la República. Importa saber qué pedía antes la política a la prensa, y qué le pide hoy desde la caída de Rosas […] ¿Se ocuparía hoy la prensa de lo mismo que se ocupó durante los últimos quince años? No ciertamente, eso sería ir contra el país y contra el interés nuevo y actual del país [...] Por más de diez años la política argentina ha pedido a la prensa una sola cosa: guerra al tirano Rosas”.

Alberdi sostuvo que “a cada modelo de prensa va unido un modelo de gobierno” y concluyó: “Desgraciadamente la tiranía que hizo necesaria una prensa de guerra ha durado tanto que ha tenido tiempo de formar una educación entera en sus sostenedores y en sus enemigos. Los que han peleado por diez o quince años han acabado por no saber hacer otra cosa que pelear. Por fin ha concluido la guerra por la caída del tirano Rosas, y la política ha dejado de pedir a la prensa una polémica que ya no tiene objetivo. Hoy le pide la paz, la Constitución, la verdad práctica de lo que antes era una esperanza.”

Esta concepción colaboracionista sobre la relación entre la prensa y el gobierno no era nueva en Alberdi. El Estado era el constructor de la Nación y también el gran arquitecto de la sociedad. Durante su estadía en Chile, Alberdi sostuvo criterios similares para la actuación de El Comercio de Valparaíso, el diario que allí fundó. No creía en las críticas aisladas y testimoniales, y postuló abiertamente la necesidad de colaborar desde la prensa con el Estado. “Promoved el bien, indicad medidas útiles, preocupaos más de lo que se debe hacer que de lo que se ha dejado de hacer, y nos tendréis por cooperadores vuestros. Alarmad, promoved el descontento de los ánimos, y nos tendréis por antagonistas”, escribió en 1848 desde Valparaíso.

Allí su compromiso de cooperación era con el general Manuel Bulnes. Creía que el motor de la sociedad era el Estado por lo que había que colaborar con éste para promover el progreso social, y no enfrentarse. Cuando su rival El Mercurio de Valparaíso lo acusó de oficialista, Alberdi respondió defendiendo la idea de una prensa oficialista: “No se le adula al gobierno, se le ayuda y sostiene como institución fundamental, sin la que no es posible tener orden, ni tampoco libertad. Se le solicita y busca amistosamente, porque él es el brazo único con que en este país se efectúan los grandes y poderosos trabajos de mejoramiento y progreso. Si la asociación individual nada puede, si fuera del gobierno no tenéis esas entidades que en otros países componen poderes reales, ¿qué podéis efectuar sin el apoyo del gobierno en una República como la nuestra? Pero, ¿queréis que el gobierno escuche vuestras útiles insinuaciones? Tratadle en calidad y ley de amigo; en la realidad como en la apariencia”.

Sarmiento había sido en Chile un escudero oficial del gobierno, por lo que nada de este periodismo gubernativo le era nuevo ni ajeno. Tenía tanta experiencia en la demolición como en la defensa de gobiernos a través de la prensa. Para Alberdi, editar era una forma de gobernar. Quería ahora recuperar la tradición de la prensa de la etapa de la Ilustración en la que una de las principales funciones de los periódicos era distribuir “la masa de las luces” entre un pueblo que no las tenía y las necesitaba para convertirse en una nación moderna. Por la “masa de las luces” se refería no tanto a la modernidad literaria ni artística, sino a la modernidad económica, científica y técnica. Era la tradición impulsada por Manuel Belgrano en la primera década del siglo XIX, cuando promovió las primeras tres publicaciones periódicas que tuvo la ciudad de Buenos Aires, todavía bajo el virreinato español. Decía Alberdi en Chile que “los poetas son eco de los dolores del pueblo; los publicistas estudian los remedios para esos dolores […]. Los males de los pueblos no se conjuran con declamaciones de dolor, sino por medios sujetos a combinaciones y cálculos”.

Caída la dictadura se necesitaba entonces una nueva Ilustración, en especial sobre cómo aprovechar las libertades económicas. También en su etapa chilena, Alberdi tuvo la obsesión por ese tipo de contenidos. El Comercio de Valparaíso, que él fundó, fue un innovador en la difusión de informaciones sobre comercio, y tuvo problemas con su competidor, El Mercurio de Valparaíso, porque éste usó la información de oficinas públicas y aduanas que elaboraban los redactores de El Comercio.

Superados los obstáculos políticos, había una nueva agenda que era el progreso económico, y para ello las cuestiones a discutir y a difundir eran menos abstractas: “La nueva posición del obrero de la prensa es penosa y difícil como en todo aprendizaje, como en todo camino nuevo y desconocido. En la paz, en la era de organización en que entra el país, se trata ya no de personas sino de instituciones; se trata de Constitución, de leyes orgánicas, de reglamentos de administración política y económica; de código civil, de código de comercio, de código penal, de derecho marítimo, de derecho administrativo. La prensa de combate, que no ha estudiado ni necesitado estudiar estas cosas en tiempos de tiranía, se presenta enana delante de estos deberes”.

A Alberdi le preocupaba el potencial destructivo de la prensa. Consideraba que ésta había sido causante de varios males en estas cuatro décadas de vida independiente que llevaba el país. Así escribió en su polémica con Sarmiento: “Tenemos la costumbre de mirar la prensa como terreno primitivo de la libertad y a menudo es refugio de las mayores tiranías, campo de indisciplina, de violencia y de asaltos vandálicos contra todas las leyes del deber. La prensa como espejo que refleja la sociedad de que es expresión presenta todos los defectos políticos de sus hombres”.
 

Alberdi dijo que “hablar de la prensa es hablar de la política, del gobierno, de la vida misma de la República Argentina”, sugiriendo que en la prensa se podían encontrar los mismos vicios que en otras actividades de la sociedad: “En las edades y países de caudillaje, hay caudillos en todos los terrenos. Los tiene la prensa lo mismo que la política. La tiranía, es decir, la violencia, está en todos, porque en todos falta el hábito de someterse a la regla. La prensa sudamericana tiene sus caudillos, “sus gauchos malos”, como los tiene la vida pública en los otros ramos.

En la segunda parte de sus respuestas a Sarmiento, Alberdi escribió: “¿Podrán ser Franklin en el gobierno los que son Quiroga en la prensa?”. Y agregó: “Esa prensa cree que un adjetivo es un argumento y que un ultraje es una razón; que la fuerza del escritor está en el poder del dicterio y cuando más grita más persuade […]. Esa prensa cree que hoy puede escandalizar a la sociedad y mañana convertirse en cátedra de moral política; que hoy puede firmar sainetes y mañana leyes para la República; que hoy puede dar un curso de insurrección y mañana un curso de disciplina; que se puede escribir el lenguaje de la recova y pertenecer a corporaciones literarias; y que se puede reunir a la vez el desenfado del cómico y el decoro del ministro”.

Tanto Sarmiento como Alberdi sostenían que la prensa podía ser fuente de muchos males sociales. Pero mientras el sanjuanino los aceptaba como inevitables, el tucumano –abogado especializado en la defensa de calumniados e injuriados por la prensa– defendía leyes que regularan su ejercicio. En Chile tuvo arduos debates donde defendía la legislación vigente frente a los cuestionamientos de otros diarios que aseguraban que la prensa estaba amordazada. Entre otras cosas, la norma establecía que el periodista pudiera probar el delito atribuido al funcionario ante siete ciudadanos elegidos al azar. Alberdi la defendió así: “Nuestros padres exponían sus pechos a las balas, cuando en Chacabuco y Maipú conquistaban con el fusil las libertades consignadas en la Constitución. ¡Y nuestros soldados de la prensa tiemblan de un mes de arresto! Ellos quieren una ley especie de barricada o parapeto que les permita tirar a mansalva, tierra y lodo sobre todo el mundo sin responsabilidad de sufrimiento alguno. No, el escritor no debe pelear como una mujer desde un balcón inaccesible y seguro. Debe bajar a la arena del peligro y solicitarlo, si es posible, con orgullo. […] ¿Sabéis por qué no sois en esto tan bravos como nuestros padres? Porque ellos peleaban por la libertad, y vosotros por la licencia. Vuestro temor os hace honor. Después del santo temor de Dios, ningún temor más santo que el de la ley”.

La anarquía del año veinte y los años previos a la construcción de la dictadura de Rosas fueron una etapa que los actores de la organización nacional consideraron de desborde de la acción de la prensa política. Existía consenso respecto de que no había sido útil al país una prensa tan polémica. Sarmiento escribió en 1870 que “Rosas fue provocado por el desenfreno de la prensa”.
 

Alberdi desarrolló una visión crítica de la prensa: “La prensa periódica desempeñada por largos años, lejos de ser escuela de hombre de Estado, es ocupación en que se pierden las cualidades para serlo. La razón es obvia. La reserva, la meditación detenida, la espera, que son las cualidades del estadista, serían la ruina de un periodista que tiene que pensar al paso que escribe, por no decir después. […] Por otra parte, la prensa como el proscenio, desarrolla la vanidad, que es enemiga del secreto y sin el secreto se puede gobernar por una hora de asonada al populacho de la calle, pero no una República”. También cuestionó la volatilidad de las opiniones vertidas desde la prensa: “No hablaré de su consistencia para con las personas ni en los asuntos secundarios: eso no puede exigirse racionalmente al que haya ejercido largos años la prensa periódica, que como el viento de la opinión, de que es eco, anda toda la rosa náutica en el espacio de un quinquenio. Eso es defecto de la prensa, no de usted”.

El oficialismo corrompe

Años anteriores, Sarmiento también había difundido argumentos parecidos y mantuvo durante toda su vida una opinión crítica sobre la prensa. Tenía frente a ella una radical dualidad: “Sus ventajas sólo pueden ser comparadas con sus defectos”, escribió en 1841. Ese mismo año, en otro diario, escribió: “Sin la absoluta libertad de imprenta no puede haber libertad ni progreso y que con ella apenas puede mantenerse el orden público […] es el mayor bien y el mayor mal […] sin que haya medio racional posible para obtener las ventajas que ella promete, sin exponerse a sus numerosos inconvenientes”.

Durante los años cincuenta se debatió si la Argentina debía tener o no una ley de prensa, como tenía Francia, o que funcionaran las leyes comunes y la jurisdicción ordinaria como en Inglaterra o los Estados Unidos, donde la primera enmienda prohibía la sanción de una ley específica. En esos debates parlamentarios, donde Sarmiento era senador provincial, se reflejó con claridad esa dualidad radical del sanjuanino con respecto a la prensa. Sobre la libertad de prensa, dijo: “Verdad es que esta libertad se hace cada día más insoportable para los particulares y más peligrosa y difícil para la conservación de la tranquilidad pública”.

En 1857, como senador de la provincia de Buenos Aires, Sarmiento presentó un proyecto, que fue aprobado, para que las calumnias, injurias o difamaciones pudieran ser juzgadas por jueces civiles o criminales: “Conciliar, pues, esta necesidad absoluta de libertad sin límites de la prensa con la quietud de las familias, con el reposo de los ciudadanos, es el programa hasta hoy día insoluble en todas partes […] La prensa es la cosa más bella y más horrible, como la sienten todos en Buenos Aires y también los que escriben”.

Esta visión crítica de la prensa que ambos tenían era la que posiblemente llevó a que, en el debate que mantuvieron, ni uno ni otro aceptara ser definido como periodista, a pesar de que ambos personajes lo fueron hasta la médula, y de los más activos, y además concebían el periodismo como una de las actividades principales de las sociedades modernas. Sarmiento respondió a Alberdi negando que su profesión sea la de periodista (“de profesión sólo soy maestro de escuela”): “Llamándome usted periodista al analizar mis libros, periodista al desdorarme como militar, periodista al atacar la educación popular, y elevar la barbarie a palanca de progreso, lo ha hecho usted para probar que no soy, ni puedo ser”. Alberdi tampoco quería reconocerse como periodista: “Yo visito la prensa por accidente y regalo mis manuscritos a los editores”.

Pero el argumento más reiterado de Sarmiento en toda la discusión fue el de la corrupción. Acusó a Alberdi de estar comprado por los favores del gobierno de Urquiza, del mismo modo que lo habría estado en Chile por el gobierno de Manuel Bulnes. Publicó un contrato firmado por Alberdi con M. C. Vidal, ministro jefe del partido Liberal de Chile, en el que se acordó que El Comercio de Valparaíso, la publicación creada por el tucumano, “apoyará todos los proyectos y resoluciones del gobierno, durante la presidencia del señor general Bulnes”. Sarmiento escribió después: “Hay un hombre en la tierra que ha firmado un pacto, por el cual se obliga de antemano, sin saber lo que ello será, a apoyar todos los proyectos y resoluciones de un gobierno […]. Hay un hombre en la tierra que merced de un pacto, se obliga a enmudecer, a no ver, a no oír, cuando el gobierno le hiciese, chitón! Los sentidos de este hombre, sus facultades mentales, su juicio, su conciencia quedaban perinde ac cadáver! Paralizados por aquella catalepsia a que sujetaba su conciencia”.

El contrato firmado por Alberdi no tenía ninguna ambigüedad. Eran cuatro artículos y en el segundo, por ejemplo, decía: “El Comercio de Valparaíso apoyará todos los proyectos y resoluciones del gobierno, durante la presidencia del señor general Bulnes, le defenderá siempre que se le dirijan ataques por la prensa, ya sean en el interior o exterior; guardará silencio en las cuestiones que a éste le interesen, siendo de la incumbencia del gobierno suministrarle, en el primer caso, todos los datos y medios que obren en su poder, pidiendo al mismo tiempo el editor al gobierno le indique el giro que deba dar a toda cuestión de importancia o interés, sin que esta obligación excluya la actitud que se reserva el redactor de ser simple pero leal expositor del pensamiento del gobierno en aquellos asuntos en que, por algún antecedente público, su honor le impida desempeñar el rol de defensor”.

Sarmiento comparó a Alberdi con el célebre periodista francés Émile de Girardin, quien había firmado un contrato para poner su diario, La Presse, al servicio de Luis Felipe I, el último rey de Francia. “Los términos de la contrata eran iguales: apoyar, defender, silenciar, pedir le mot dórdre (el santo y seña) y sostener decididamente lo que dijesen que decididamente sostuviese”.•



Fernando Ruiz