DOMINGO LIBRO / CATÁSTROFES NATURALES Y CAMBIO CLIMÁTICO

¿Un aviso de la Tierra?

El tifón que provocó miles de muertos a su paso por Filipinas reavivó el debate en torno al cambio climático y la influencia de la actividad humana sobre el ecosistema. Federico Velázquez de Castro aclara el concepto y Martín Caparrós se permite dudar sobre la verdadera naturaleza de cierto ecologismo. Y advierte: con una mejor distribución global de la riqueza, el problema sería otro.

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Foto:AFP

25 preguntas sobre el cambio climático*
Por qué el cambio climático ha llegado a ser el problema ambiental más importante? Por cuatro motivos. En primer lugar porque se trata de un problema de carácter global. Si bien, a lo largo de la historia de la Tierra siempre se han dado procesos de alteración del medio (las actividades humanas, en mayor o menor medida siempre lo suponen), generalmente han sido impactos locales, que han afectado a zonas muy determinadas o, en casos más graves, regionales. Pero hasta la segunda mitad del siglo XX nunca en la historia de la humanidad los impactos ambientales habían afectado al planeta entero.
El cambio climático no es el único reto global al que se enfrenta la humanidad. La reducción del ozono estratosférico también lo ha sido, pues la pérdida de nuestra capa protectora ha llegado a adquirir dimensiones planetarias, si bien hay zonas donde el fenómeno se manifiesta con más intensidad, como son los continentes ártico y antártico, especialmente en la estación primaveral. Sin embargo, este problema parece haberse resuelto ejemplarmente por cuanto todos los sectores sociales implicados (desde la industria y fabricantes de productos destructores de ozono hasta gobiernos y grupos de expertos) han alcanzado por primera vez un acuerdo internacional vinculante expresado en el Protocolo de Montreal de 1987 y sus revisiones sucesivas. Aunque por los prolongados tiempos de residencia atmosférica de los CFC (los principales gases que destruyen el ozono) aún continuará la pérdida de ozono durante las próximas décadas, este problema puede considerarse satisfactoriamente resuelto. Y crea un importante precedente para abordar problemas ambientales similares.
Otros impactos ambientales, como la dispersión de contaminantes, especialmente los llamados persistentes, constituyen problemas globales porque la aparición de pesticidas y productos orgánicos en lugares remotos demuestran que no hay fronteras para la contaminación. La persistencia de algunos de estos productos (como la conocida como docena sucia, recientemente regulada por el Convenio de Estocolmo) es consecuencia de sus largos tiempos de residencia en la atmósfera, que posibilitan su transporte a áreas lejanas. En este sentido, el cambio climático es también un problema persistente porque los productos que lo originan tienen largos períodos en los que permanecen activos, y aunque tuviéramos valor para tomar medidas restrictivas inmediatas sobre la emisión de gases invernadero, el calentamiento global y sus consecuencias sobre el clima permanecerían durante bastantes décadas.
En tercer lugar, contribuye también a la intensidad del problema la rapidez con que se está generando, como se ha visto en las preguntas anteriores. A lo largo de la historia de la Tierra se han producido cambios relevantes, la mayor parte de ellos gestados en amplios períodos de tiempo. Cuando los cambios han sido muy rápidos (como el posible impacto de un meteorito en la Península de Yucatán hace 65 millones de años, que provocó la quinta gran extinción), la Tierra tardó miles de años en equilibrar las condiciones anteriores. Hoy, la concentración de dióxido de carbono es la más elevada de los últimos 150 mil años y en el último siglo ha experimentado un incremento cercano a las cien partes por millón. El cambio climático actual es el más brusco de los últimos 10 mil años, y las consecuencias de estos cambios tan rápidos se traducen en la dificultad de las especies para adaptarse a las nuevas condiciones. En ese aspecto son las especies más frágiles y vulnerables las que llevarán la peor parte. El ser humano tendrá que adaptar también su reloj biológico y sus mecanismos de termorregulación, pero posiblemente las consecuencias serán indirectas, ya que se enfrentará a nuevas condiciones climáticas con todo lo que ello significa: cambios en la agricultura, fertilidad del terreno, reservas de agua, fenómenos meteorológicos, etc. En último término podemos hablar de la incertidumbre que acarrea un cambio de clima, ya que hablar del clima es hacerlo de una gran cantidad de variables, estrechamente interrelacionadas (lo que se conoce como equilibrio climático), en donde el cambio de una de ellas puede tener efectos imprevisibles sobre las demás generando, en muchos casos, efectos de retroalimentación, como ocurre con el aumento de la temperatura, la evaporación del agua y la presencia de este compuesto como gas invernadero atmosférico que a su vez incrementa la temperatura. El clima nos es aún desconocido, especialmente en lo que a su previsión se refiere, por lo que modificarlo supone avivar incertidumbres sobre el desarrollo del mismo. No debe tampoco olvidarse que los cambios de clima en la historia han estado muy vinculados con los cambios sociales: sirvan como ejemplo las hambrunas de los años comprendidos entre 1315 y 1317, como consecuencia de la elevada pluviosidad y las inundaciones producidas, o la de 1816, como consecuencia del “año sin verano”. Y a mayor escala, la influencia del clima sobre migraciones, invasiones y conquistas así como sobre la caída de algunas civilizaciones primitivas, parece fuera de toda duda.
Estos cuatro factores –globalidad, persistencia, exponencialidad o rapidez e incertidumbre– junto a las experiencias históricas comentadas permiten hablar del cambio climático como el principal problema ambiental al que la humanidad debe enfrentarse y posiblemente el más grave que ha padecido hasta ahora. Una subida de la temperatura de 2ºC sobre los registros actuales (lo que está dentro de los escenarios futuros más conservadores, junto al plazo tan corto en que se está produciendo) no tendría precedentes en la historia humana. La evolución de las temperaturas en el último milenio, como muestra la Figura 8, parece confirmar de manera indudable esta tendencia. Una elevación de 2-4ºC en la temperatura media global, como se contempla hoy en todos los modelos, daría lugar a una alteración radical del clima. Basta recordar el perfil del último período glacial (en donde la diferencia de temperatura con el período actual fue sólo de 4 a 5ºC): Europa estaba cubierta por una estepa típica de condiciones frías y secas, las lluvias y nieves sólo representaban la cuarta parte de las actuales y la aridez continental era generalizada, incluso en las regiones en que apenas las temperaturas habían variado; la sequía afectaba tanto a Africa, donde el desierto había progresado, como a América del Sur, donde la selva amazónica presentaba el perfil de una selva galería, y a Asia, donde las lluvias de los monzones se habían reducido a la mitad. Sólo el sudoeste de Estados Unidos recibía más precipitaciones, ya que el Océano Pacífico tropical, que había permanecido tan cálido como en la actualidad, era el origen de numerosas depresiones. Deberíamos recordar este perfil de la historia geológica reciente para tomar, más pronto que tarde, las medidas necesarias que frenen las emisiones de gases invernadero y conduzcan a nuevos modelos de desarrollo, en donde el medio ambiente sea uno de sus ejes principales

Contra el cambio**
El cambio climático suele presentarse como una responsabilidad común de la humanidad: todos somos culpables. El tema es en qué medida cada uno. Aquí, como casi siempre –un poco más claro que casi siempre–, la generalización de la culpa es la disolución de la culpa, un caso de estadística: si un hombre se come dos pollos y otro hombre no se come ningún pollo, las estadísticas dirán que en ese sitio cada hombre come un pollo.
El estado de Texas, por ejemplo, con 23 millones de habitantes, produce más emisiones de dióxido de carbono que toda el Africa negra y sus 720 millones de personas. Y los Estados Unidos producen el 21% de las emisiones mundiales: casi seis mil millones de toneladas al año. Hay tantos números posibles. Digamos que, entre los países a los que me llevó este hiperviaje, los Estados Unidos producen 20,4 toneladas de CO2 por persona y por año; Australia 16 toneladas, Brasil 1,76 toneladas, Marruecos 1,01, Filipinas 0,85, Nigeria 0,80, las islas Marshall 0,12, Níger 0,10. Dicho de otra manera: cada norteamericano produce doscientas cuatro –204– veces más gases que cada nigerino: una medida posible de la desigualdad y la injusticia.
La cifra tiene una rara simetría: los 500 millones más ricos del mundo –un 7% de la población– producen el 50% del CO2. Y el 50% más pobre –casi 3.500 millones– produce el 7%.
Después te tranquilizan: usted puede pagar por su culpa, comprar bulas. Acabo de entrar en una página web, climatefriendly.com, que me ofrece compensar mi huella de carbono –mis emisiones de CO2– dándole plata para que ellos “la inviertan en proyectos de energía renovable”. Son, te dicen, centros de producción de energía eólica en la India, Tailandia, China, Turquía, Australia. Y te ofrecen un calculador online de emisiones: según climatefriendly, los viajes que tuve que hacer para este trabajo me llevaron a volar 75.500 kilómetros y a dejar una huella –yo solito, hercúleo– de 22,8 toneladas. Pero no es tan grave: si les pago 394 dólares quedo a mano con Gaia.
Aunque, también, al viajar en avión contribuimos a enfriar la Tierra. En los tres días siguientes a la caída de las Torres, cuando no hubo vuelos comerciales en Estados Unidos, la temperatura media del país subió más de un grado centígrado porque faltaron las nubes creadas por los aviones, que rechazan los rayos solares y, por lo tanto, bajan la temperatura de la superficie. Digo, otra vez: la enorme complejidad de todo esto.
Digamos que hay dos líneas mayores –entre tantas– de crítica al despilfarro de las sociedades más ricas –que los informes suelen llamar más desarrolladas–: la que dice que el problema de todo este sistema de consumo es que produce emisiones de gases y materias que causan bruto daño a Gaia, y la que dice que el problema de todo este sistema de consumo es que le causa bruto daño a los miles de millones que, por ese consumo desigual, se quedan sin comer todos los días.
Me dirán que las dos líneas no tienen por qué ser excluyentes; que podrían incluso ser complementarias. Pero una cosa es pensar en mejorar el uso de los recursos por parte de los pocos que pueden usarlos para evitar los problemas que ese uso podría causarles, y otra muy distinta pensar en cambiar el uso de esos recursos para distribuirlos con justicia, sabiendo que uno de sus efectos secundarios sería, probablemente, una mejora sensible en el ecosistema. He leído libros, artículos e informes sobre los peligros del cambio climático y he visto poco sobre la responsabilidad casi exclusiva de las sociedades ricas y casi nada sobre la distribución igualitaria de los recursos como solución al cambio climático.
Es obvio que si los recursos se repartieran habría menos despilfarro. Claro que para eso algunos tendrían que resignar parte de su riqueza. Digo, como ejemplo pavo: que, en lugar de cambiar las 4×4 por Prius, todos usáramos transportes colectivos. Digo, como ejemplo menos pavo: que un quinto de la población del mundo dejara de comerse más de la mitad de los alimentos que el mundo produce, obligando a la Tierra al esfuerzo que, dicen, la consume. Digo: que la posibilidad del cambio climático es uno de los efectos más visibles, más directos, del orden socioeconómico global. No es el peor, por el momento. Y no se puede atacar eficazmente sin cambios –no climáticos– en ese orden (...)
Este es un mundo tibio –un mundo donde pasan cosas horribles pero no tan horribles como las que solían pasar en este mundo, un mundo donde casi no hay esclavitud, donde muchas enfermedades se curan, donde muchas más personas comen, donde muchos viven mucho más, pero un mundo que tiene todas las condiciones para ser tanto mejor, tan radicalmente mejor, y no lo intenta porque sus dueños dejarían de serlo y se oponen feroces. Un mundo tibio que ve cómo millones de personas mueren de causas evitables sin preocuparse realmente pero ha conseguido movilizar una enorme cantidad de recursos frente a la amenaza de entibiarse un par de grados más.
La amenaza del cambio climático puede ser cierta pero –ya queda dicho– no me termina de parecer tan importante. Sin embargo, si yo fuera un antiimperialista ferozmente decidido a atacar el poder americano, trataría de convencer al mundo de que el calentamiento global es el peor enemigo: no hay tema donde la responsabilidad de los Estados Unidos sea tan clara, tan brutal, tan crasa, tan abrumadora.
Pero, en general, la cuestión del cambio climático todavía me confunde. Me he pasado todo este tiempo recorriendo países, escuchando a personas, leyendo, pensando, y sigo confundido. No puedo negar –no veo por qué negar– que la atmósfera carga más gases de efecto invernadero de los que solía cargar y que la temperatura ha aumentado –muy poco– quizás por causa de ellos y que el nivel del mar puede subir y que los hielos árticos ya no son lo que eran. Entiendo que es un problema; no estoy seguro de que sea una catástrofe. La cuestión –para mí, por ahora– consiste en preguntarse qué significa preocuparse por eso tanto más que por otras cuestiones.
O, por decirlo de una manera bruta: ¿cuánta más gente van a matar el hambre –y la pobreza y la violencia inútil y las enfermedades evitables– en los próximos treinta, cuarenta años, antes de que el cambio climático empiece a tener –si los tiene– efectos fuertes? Claro, los hombres y las mujeres que va a matar el hambre son los que siempre mata el hambre: el hambre sabe dónde, cómo actuar, es un agente fiable. Mientras que el cambio climático es torpe, ciego, algo más democrático: corre –con distintas velocidades– para todos y entonces es más fácil que los que nunca se preocupan por las desigualdades y las injusticias y los abusos de poder se preocupen por él: más fácil que lo teman. Y además, es cierto, hasta podría acabar con la civilización que conocemos; en cambio el hambre de un porcentaje importante de la población es una de sus bases. Quizás sea necesario mantenerla sólo por seguir las buenas viejas tradiciones, para conservar el ecosistema en que vivimos.
Para cumplir con el mandato ecologista.
Yo, por mi parte, a mi modo de ver, en lo que a mí respecta, personalmente y sin ánimo de ofensa, creo que la enorme atención que gobernantes y empresarios de los países más ricos le están dando a la amenaza del cambio climático se relaciona, sobre todo, con tres ventajas políticas y económicas que pueden obtener de esos temores:
– retrasar la industrialización de las nuevas potencias emergentes y, así, mantener su hegemonía unas décadas más;
– cambiar el modelo energético global para modificar ciertas relaciones geopolíticas, y para conseguir que nuevos actores se hagan fuertes en uno de los mayores mercados mundiales;
– ganar fortunas con el mercado de bonos de carbón.
Y creo, por fin, que su mayor ganancia es ideológica: convencernos de que lo mejor es lo que ya tenemos, lo que estamos siempre a punto de perder si no lo conservamos: que no hay nada tan peligroso como el cambio



Federico Velázquez de Castro* / Martín Caparrós**