ideas en campaña

Apuntes dantescos

Por Eliseo Verón

23/10/11 - 04:52

 

Cuando en un momento se planteó la cuestión de las ideas de la campaña electoral como un posible tema para esta columna –condenada a aparecer el mismo día de la elección–, mi reacción fue pensar que me iba a resultar difícil escribir sobre algo inexistente. Lo pensé, pero por suerte no lo dije porque me estaba equivocando: no es que no haya habido ideas en esta campaña, lo que no hubo es debate.

Y podría agregar, para mi descargo, que el error es disculpable porque en una campaña electoral el rol de las ideas es generar debate de manera que, a lo largo de los días, esas ideas se vayan precisando –para bien o para mal de quien las enuncia– ante los oídos y los ojos de los ciudadanos que van a votar. Como no hubo debate, las ideas, formuladas de un modo genérico, quedaron flotando en el aire y la impresión de conjunto fue que los principales candidatos de la oposición decían todos más o menos lo mismo.

El programa especial de A dos voces del día miércoles, funcionó como un cierre audiovisual, a la vez patético y sintomático. Cada candidato era escuchado por el grupo de amigos y colaboradores que lo había acompañado al canal; cada candidato, cuando había terminado de contestar a las preguntas, era celebrado por su propio público con mayor o menor gracia, y acto seguido el candidato y su público se retiraban satisfechos. A nadie parecía importarle lo que había dicho el invitado anterior ni lo que podía llegar a decir el siguiente. En los momentos iniciales del programa, se pudo ver un auditorio ligeramente más heterogéneo en términos de equipos de campaña, pero las cámaras no se privaron de mostrar que los allí presentes conversaban y discutían entre sí, sin prestar la más mínima atención a lo que decía el candidato de turno. Mundos paralelos que no se encontraban en ninguna parte, porque el único factor de convergencia estaba cuidadosamente ausente: la señora Presidenta, que va a ganar esta elección sin haber debatido nada con nadie.

Hay aquí un punto importante, en relación con las múltiples discusiones de estos últimos años a propósito de las estrategias de comunicación asociadas a lo que algunos llamamos neo-populismos, donde se estimula un fuerte conflicto entre gobierno y medios de información con el pretexto de lograr un contacto “directo” con el pueblo, evitando las engañosas mediaciones del periodismo. Se ha insistido mucho en la voluntad de enfrentamiento que caracteriza a estas estrategias y en la necesidad de demonizar al enemigo que en ellas se manifiesta. Creo que esta descripción debe ser reformulada en términos de etapas. La secuencia que va del kirchnerismo del ex presidente al actual cristinismo me parece bastante clara a este respecto. Néstor Kirchner representó muy bien el momento inicial de la construcción demonizada del enemigo, pero se trató justamente de una etapa, por decirlo así, pre-mediática. Cuando el presidencialismo neo-populista avanza, con los recursos del Estado, en la construcción de su propia red de medios, lo que se produce no es una agudización del enfrentamiento, sino –paradójicamente– un encierro creciente en los propios espacios discursivos, como si la toma de palabra del líder estuviera condicionada a la protección por parte de sus militantes.

Esta configuración, característica de cualquier acto de campaña electoral, no me parece normal cuando se trata del ejercicio de la función presidencial.

No obstante, las intervenciones de la señora Presidenta por la “cadena nacional” han tenido siempre esa estructura: no les habla a los ciudadanos, sino a los funcionarios y militantes que la rodean. El famoso relato es, en definitiva, un relato narcisista.

Un test: la señora Presidenta, en un programa de televisión, no conversando con Soledad Silveyra, sino debatiendo cara a cara con un adversario político, ¿no nos resulta hoy una escena literalmente inimaginable? Sin embargo, eso es lo que suelen hacer los presidentes que buscan la reelección en una democracia republicana.

Sin ánimo de autopromoción (pero corriendo ese riesgo), me limito a recordar la última frase de mi columna del 29 de junio de 2009, en estas mismas páginas: “El kirchnerismo les tiene terror a los cuerpos políticos”.

Generalizo: ¿usted se imagina a un Evo Morales, un Hugo Chávez, un Rafael Correa, discutiendo frente a frente, mano a mano, cuerpo a cuerpo (como usted quiera) con un adversario? Yo tampoco.

Los demonios están sin duda en el infierno. Entretanto y afortunadamente, cada vez en más países el pueblo chatea por Internet, que no se parece en nada al infierno: todas las puertas de las redes sociales dan a la calle.

 

*Profesor plenario , Universidad de San Andrés.