REPORTAJE a Maximiliano Guerra
"Siempre he perseguido la excelencia"
A punto de debutar con Iván el Terrible en Mar del Plata, al frente del Ballet del Mercosur, habla de su amor por la danza, a pesar de la gran disciplina que implica, y destaca que siempre ha preferido los roles con connotaciones sociales. Y evoca la estirpe de bailarines que lo influyeron: Vassiliev, Nureyev, Barishnikov.
Ensayos. Con los bailarines que lo acompañarán en la puesta del ballet Iván el Terrible. "Soy muy hincha. Quiero controlar todo. Ver todo y estar en cada detalle."
En el “espacio” de Maximiliano Guerra parece reinar una tensa calma de expectativa. Estamos al borde del estreno de Iván el Terrible y, en el enorme estudio revestido de espejos de la calle Maza, el ballet del Mercosur no deja de ensayar con profesionalismo y, al mismo tiempo, con una concentración envidiable en todo cuanto van marcando Maxi y la música.
Nos alejamos un poco entre los tules multicolores que pueblan los percheros y, cuando llega el café, queremos saber, por supuesto, cómo nace Iván…, que verá la luz nada menos que en Mar del Plata y en plena temporada.
—Mirá, en realidad Iván el Terrible nace desde una idea que surge cuando estábamos con más de un año de gira con Carmen –explica Maxi– y todos entusiasmadísimos por ver y pensar cuál sería nuestro próximo título. Como siempre ocurre en estos temas, se nos comenzaron a ocurrir muchas cosas. De pronto, en una cena, mi co-directora Gabriela Pucci, que es mi mano derecha en todo, me escribe dos papelitos y me dice: “¡Elegí uno!”. Por supuesto que le contesto que no voy a elegir al azar. Pero pudo más la curiosidad y observé que de cada lado del papelito había escrito un título. Uno de ellos era Iván... y la verdad es que es un ballet que siempre tuve ganas de hacer.
—¿Por qué?
—Recorrerlo es fascinante. Tiene una cosa heroica y, al mismo tiempo, pasional. De pronto, también, progresista en pleno 1500. Pensá que Iván fue el único zar que reinó y gobernó con el apoyo del pueblo y con el propio pueblo. Es así como recobra su poder. Unifica las Rusias, ese enorme territorio de interminables estepas. Las reúne, las unifica, las hace conocer. Construye bibliotecas y termina con el gran porcentaje de analfabetos que poblaban ese territorio inmenso. Educa al pueblo. Pero, además de todo esto –y aquí Guerra se conmueve–, tiene un amor pasional por Anastasia. Iván, marcado por el destino, tiene una vida tortuosa que comienza con el asesinato de sus padres y finalmente el de Anastasia, a la que ultiman delante de él. Y allí comienza la locura… Esa locura que es no sólo pasional sino propia de un tipo enfermo de sífilis en aquella época. Imaginate que las curaciones se hacían con mercurio. Y el mercurio le producía alucinaciones que se multiplicaban en los períodos de abstinencia, en los que necesitaba matar. Se convertía en un ser violento y por esto la historia lo bautiza “el Terrible”. Sin embargo, cuando aprendés a conocerlo advertís que sí, era terrible, pero también muy humano.
—Te entiendo. Resulta un personaje fascinante y quizá por eso has elegido la música de Paganini, que te estremece el alma.
—Sí, la música es toda de Paganini aunque algunos tramos tienen la versión de Rachmaninoff. Sin duda la música de Paganini es desgarradora pero, al mismo tiempo, una canción de amor.
—Bueno, era entonces lógico que Patricia, tu mujer, hiciera el papel de Anastasia…
Recordamos con Maximiliano el impacto público que provocó, a mediados de octubre, el terrible dolor en el pecho que sufrió su mujer, Patricia Baca Urquiza (34 años), sobre el final de una presentación de Carmen ante una sala colmada de público.
—Ustedes parecían una pareja de novela: jóvenes, lindos, exitosos, con hijos preciososo, bailando siempre juntos y, de pronto, el destino.
—Sí, ella sintió un dolor muy fuerte en el pecho mientras estábamos bailando y me dijo: “Maxi, no doy más…”. Cuando le vi la cara no era uno de esos rostros que acompañan frases frecuentes en el escenario como “uf, estoy cansado…”. No. Era una cara muy extraña, desconocida para mí, y en los dos minutos que faltaban para terminar la obra, la sostuve todo el tiempo casi “a upa” para que no tuviera que hacer esfuerzos. Saludamos al público y me la llevé en brazos al camarín. Allí la acosté en el suelo y lo primero que dijo fue: “Siento una presión muy fuerte en el pecho. No puedo respirar…”. “Consigan un paramédico”, fue mi respuesta. Ni siquiera una ambulancia. Un paramédico… Estábamos en Ramos Mejía, terminaba la función al aire libre y siempre agradeceré infinitamente la solidaridad de la Municipalidad. Nos dieron todo lo que necesitábamos con una gran rapidez y así le salvaron la vida. Literalmente. Mirá, había un paramédico que se llamaban Fernando y que, ya en el camarín, diagnosticó que era un infarto y que no había que perder tiempo. La llevamos al Hospital Italiano de San Justo y como la doctora de guardia dijo que si se producía una complicación ella no tenía cómo solucionarla, el paramédico Fernando decidió llevarla directamente al Hospital Italiano de la Capital. Nos precedió una patrulla que iba abriendo camino y en cuanto llegamos la llevaron a Hemodinamia para una angioplastía, le pusieron cuatro stents y, ahora, está perfectamente.
En el acento voluntariamente calmo y sereno de Guerra se advierte la férrea decisión de enfrentar el destino.
—Ya el tiempo dirá si Patricia podrá seguir bailando ó no. Lo que ocurre es que estas cosas impresionan más porque ustedes parecían una pareja muy mágica.
—¡Y seguimos siendo una pareja muy mágica! –hay una gran determinación en el tono de Maxi–. Por ahí no podemos seguir bailando juntos como nos gustaría, pero seguimos bailando la vida. Somos muy felices.
—¿Y tus hijas también bailan?
—Zoe, la más chiquita, está haciendo clases de danza. Azul, la del medio, tiene clases de teatro y canto. Y Micaela, la mayor, se va el año que viene a estudiar comedia musical en la Universidad de Nueva York.
—Vos también eras muy joven cuando te presentaste en un escenario, a pesar del enorme esfuerzo que significa destacarse para un bailarín. Implica una calidad de entrenamiento constante, que no es común en otras disciplinas artísticas.
—Sí, era muy jovencito pero tenía mucha fuerza y muchas ganas de bailar de la mejor manera. Toda la vida disfruté mucho de la danza, del espectáculo, del escenario. Incluso de la disciplina que implica. A la vez la danza también te permite recorrer y conocer muchos lugares, cosa que para mí fue muy importante.
—Y por ejemplo, ¿cuál fue el primer rol que te robó (por decirlo de alguna manera) el corazón?
—Uhhh… fueron muchos. ¡Tengo un corazón muy grande! –bromea–. En realidad, el primer rol te diría que fue Don José en Carmen. Yo tenía 16 años y hacerlo me fascinó. Me parece que es un personaje fluctuante. Tiene un arco maravilloso para recordar. Por eso es uno de mis favorito. Después, sin duda, fue Espartaco… A mí me gustan los roles, casi te diría, más dramáticos. Heroicos y dramáticos. Don José, Romeo, Iván el Terrible, Otelo… Debo decir que son los personajes que más me seducen. Me subyugan.
—Se nota. Uno te imagina menos como el Príncipe de “La Bella Durmiente”.
—Te prevengo que yo he bailado de todo: Cascanueces, La Bella Durmiente. Tambien Gisèle me gusta mucho. Bailé millones de veces El lago de los cisnes. En Londres, en Alemania, en Italia.
—Sí, sí. Pero vos sos más Espartaco.
—Yo también busco más personajes que tengan una connotación social que se pueda transferir a la actualidad. Te cuento que a mis personajes siempre les hago una lectura psicológica acerca de ¿qué pasaría si esos hombres vivieran hoy? ¿Qué sería?... A ver… ¿qué lucha tendría que librar Espartaco en el 2000? ¿Tendría que luchar contra la droga…el alcoholismo en los adolescentes? O contra el poder, quizá… Yo, a esos personajes me los traigo para acá (con la mano señala el amplísimo espacio que lleva su nombre), los analizo, los veo. Vivo con ellos y después los devuelvo a su época, después de haberlos rediseñado.
—Mientras miraba el ensayo de ustedes me preguntaba: ¿cómo es tu vida? Y no me refiero al esfuerzo físico solamente, ni al trabajo, porque siempre estás trabajando.
—(Se ríe) Es cierto. Siempre estoy trabajando. Mi vida es eso. Mi vida es mi familia en primer término y, enseguida, mi trabajo. Creo que esos son los dos parantes, los dos soportes en los que me apoyo. Disfruté mucho esto (y se señala el pecho) del esfuerzo, de sudar la camiseta trabajando para lograr cada vez mejores cosas. Si querés es la persecución de la excelencia, de la perfección, aunque sepamos que nunca la vamos a alcanzar. ¿Cómo es un día mío? Bueno, hoy fue atípico porque presentamos la temporada del Teatro Auditorium de Mar del Plata, pero generalmente entro a trabajar aquí a las 10 y media... 11 de la mañana, y hasta las 6 de la tarde no me voy.
—¿Y después?
—¿Después? ¡Familia! Así como me has visto trabajando en el estudio ayudo a los chicos en alguna cosa aunque tenga que retarlos –se ríe de sí mismo–. ¡A veces tengo que retar a alguien! Sin embargo, lo disfruto mucho. Llego a la noche cansado pero feliz.
—Además, tengo entendido que, dentro del cuento de hadas que es tu historia, en realidad con Patricia, tu mujer, te encontraste por casualidad, ¿no?
—Sí, sí. Estábamos de gira por el Sur, y la chica que tenía que bailar conmigo se lesionó bajando la escalera del escenario. Veníamos cansados de una gira larga y ahí, cuando ya estaba maquillada para salir al escenario, se le dobló el pie. Menos mal que, por previsión, teníamos su lugar cubierto con reemplazantes. Y una de ellas era Patricia. En el papel en el que reemplazaba a la bailarina lesionada figuraba un beso (que me daba todas las noches, con la otra bailarina). Pero con Patricia (y no puede dejar de reírse con mucha alegría en la mirada) surtió efectos diferentes. Grandes sensaciones que me llamaron mucho la atención. En realidad no fue tanto por el beso… Cuando las chicas tienen que reemplazar a una primera bailarina siempre les llevo un champagne o un vino rico para agradecerles la predisposición y que hayan salvado el espectáculo. Aquella noche, en cambio, me quedé charlando con Patricia como hasta las 4 de la mañana. Y me encantó su cabeza. Su modo de ver la vida. “Con qué frescura y con cuánta sabiduría mira la vida”, pensé al verla tan joven. Ella tenía entonces 24 años, y reflexioné acerca de este encuentro. “A mí esto no me pasa frecuentemente…”, pensé…
—Quedaste fascinado, claro. Y con respecto a las figuras mundiales de la danza, ¿qué pensás? Me estaba acordando de haber visto a Nureyev pero ya en sus finales… Siendo un bailarín de tu nivel, ¿cómo analizás a tipos como Nureyev, Barishnikov, etc.?
—Bueno, Barishnikov sigue bailando. Tiene 67 años.
—¿Lo viste cuando vino?
—Sí, sí. Las dos veces. Vos sabés que siempre fueron para mí grandes bailarines, admirables por lo que hacen y también parámetros de búsqueda…Hasta cuando yo era jovencito, muy jovencito, cuando empecé a surgir y a contestar los primeros reportajes de los periodistas, me preguntaban siempre: “¿Cómo quién te gustaría ser?”. Y yo contestaba: “¡Como nadie! ¡Yo quiero ser yo!”. Por ejemplo, me encantan como bailan Vassiliev, Nureyev, Barishnikov, pero para mí son parámetros. Hay que llegar a ese nivel tan alto que está separado del que ocupan los primeros bailarines. ¡Es el nivel de estrella! Pero, te repito, no quería ser como ninguno de ellos. Quería ser diez o nada.
—Bueno, actualmente, el Ballet de Mercosur es internacional.
—Sí, pero lo que tiene de lindo es que es una compañía de una nueva generación. Una compañía que puede bailar Iván el Terrible, Carmen y todos los clásicos, como acabás de ver en el ensayo. Pero, al mismo tiempo, es un ballet que puede bailar tango, folclore… No mentimos. Bailamos todo tipo de lenguaje de la danza. Y me parece que esto significa un gran crecimiento artístico.
—Además es un desafío permanente, porque salís de un molde.
—Sí, por supuesto. Fijate que ahora vamos a Mar del Plata y, como el año pasado hicimos Tango paradiso y Carmen, este año llevamos Hotel de Inmigrantes, que es un ballet nuevo que hicimos junto con Manuel Callau y Claudio Grillo en la dramaturgia, contando los cuentos de nuestras abuelas. Rindiéndoles un verdadero homenaje a través del momento en el que llegaron a América y, por ende, al Hotel de Inmigrantes. Luego, irían seguramente al conventillo, pero el paso por el Hotel de Inmigrantes fue su primer momento en América.
—¡Qué linda idea! Y mientras vos lo mencionabas yo recordaba un personaje legendario que también llegó a Buenos Aires después de la guerra, que se llamaba coronel Basil y traía el Ballet Ruso por primera vez a Buenos Aires, ¿puede ser?
—Sí, y marcó muchísimo la danza en nuestro país. Es más: dejó aquí en Argentina a bailarines importantísimos como Jorge Tomín, a Tupín, ¡que fue mi maestro! El Ballet Ruso dejó una herencia impresionante. Yo no vivía en esa época pero su llegada fue todo un acontecimiento. La fama que lo acompañaba lo presentaba como el mejor ballet del mundo. Era una compañía privada y que cambió mucho el rumbo de la danza entre nosotros. En primer término, es cierto, fue la visita de Nijinsky la que introdujo grandes cambios en el país, pero luego, sin duda, es la compañía del coronel Basil la que creó nuestra escuela.
—¿Es cierto que todavía existen películas en 16 mm en las que se ve bailar a Nijinsky?
—Hay algunas en Nueva York en la Biblioteca Nacional, y creo que algo también en Rusia. Pero son filmaciones muy breves.
—Y un bailarín joven y atlético como vos, ¿qué mirada tiene hacia Nijinsky?
—Lo veo hoy, con los ojos de hoy, pero era un bailarín antiguo. De otra época.
—¿Tenía atletismo?
—Sí, sí… Tambien Nureyev… Pero me sitúo en la época, y lo que hacían ellos es lo mismo que después hicimos nosotros en nuestro tiempo. Todo esto que hacemos de la danza de doble giros acostados en el aire y la libertad que uno inventa… que agregó Julio (Bocca) o el cubano José Carreño. Malakov con su forma casi femenina de bailar…Eran formas distintas de considerar la danza. Nuestra época es el cambio.
—Y algo que duró mucho más como fue Alicia Alonso…
—Dejó varias huellas. Yo creo que la marca más importante de Alicia Alonso fue la Gran Escuela de Ballet de Cuba, que formó con muchísimo esfuerzo. Tambien con un gran apoyo de Fidel pero trabajando para recuperar una identidad cubana y lograr una escuela maravillosa como la que tienen. De allí salen muy buenos bailarines.
—¿Vos también opinás sobre el vestuario?
—Yo soy muy hincha –confiesa riéndose–. Opino en todo. Quiero controlar todo. Ver todo y estar en cada detalle. Hasta en los números. ¿Y querés que te diga una cosa? Soñar es muy lindo pero hay que soñar cuando se puede.



24/12/11 - 03:29