asuntos internos

Hitch ha muerto. Viva Hitch

Por Guillermo Piro

31/12/11 - 03:03

 

Desde la muerte de Steve Jobs que en Twitter no se leían tantos artículos, recuerdos, citas y anécdotas sobre un personaje de nuestro tiempo. El personaje en cuestión es Christopher Hitchens, naturalmente. Hay necrológicas formidables publicadas por ahí, empezando por las publicadas en los diarios mainstream y después, claro, en los diarios británicos y en las revistas donde Hitch escribía, como Vanity Fair y Atlantic. Hay recuerdos muy divertidos y puntos de vista disparatados, escritos y publicados por colaboradores y diarios de extrema izquierda y conservadores. También en los medios argentinos salieron buenos artículos, como uno de Luis Diego Fernández publicado en este suplemento. Pero el mejor grupo de artículos, esos que si yo fuera director de un diario haría traducir y publicaría sin dudarlo, es la antología de recuerdos publicados por la revista on line Slate, con sus editores, sus viejos compañeros de cuarto, con Julian Barnes, con James Fenton, con Andrew Sullivan, con Matt Labash y con su ex novia Anna Wintour.

Hitchens no resulta jamás aburrido, incluso en sus peores momentos. He leído sus artículos publicados en Vanity Fair sobre el cáncer de esófago que terminó con su vida el 15 de diciembre. Leí sus memorias, que aparecieron recientemente en castellano bajo el título Hitch-22 (un juego evidente con la notable novela de Joseph Heller, Catch-22, que también leí cuando todavía no sabía que existía alguien en el mundo con un nombre tan bonito como Christopher Hitchens).
Leí su ensayo sobre Osama Bin Laden, donde sostenía que la ideología de Al Qaeda y de la Yihad llevan en sí mismas su propia destrucción. Leí La victoria de Orwell, ese boceto biográfico que Hitchens dedicó al escritor británico.
Hitchens fue izquierdista, reconvertido, en sus propias palabras, en “marxista de derecha”. Podía tolerar cualquier cosa, cualquier calamidad, menos la superstición y la idolatría. La lísta de sus víctimas causa escalofríos, y van desde Henri Kissinger a la Madre Teresa de Calcuta –a quien dedicó un encendido libro para defenestrarla.

Típico hijo del Mayo del ’68, pasó de la extrema izquierda a esa especie de conservadurismo que no duda en exportar la democracia a fuerza de sangre y bala. Pero en términos retóricos era invencible, ejemplar, apocalíptico, definitivo. Como un Zaratustra moderno, pensaba que los pensadores son, ante todo, gente dura. Y entonces ejercen la crítica con dureza, a martillazo limpio, pensando poco en las consecuencias, como esos escritores que escasean, menos preocupados por demostrar que saben espolvorear el orégano en la pizza mejor que nadie, y más atentos a decir sencillamente lo que llevan en el corazón.
Tal vez ya sea tarde para escribir un epitafio pertinente y sentido. Como decía Roland Barthes, lo más difícil es hablar de lo que se ama. Así que mejor dejémosle la palabra al propio Hitch, con un par de sus frases: “Me niego a mí mismo todo tipo de ilusiones y espejismos y por ello me siento con el derecho de negárselo a los demás, por lo menos mientras ellos no sean capaces de mantener sus fantasías para sí mismos.” La frase es de Hitch-22, y no veo razón para que no esté pintada en al menos una de las paredes de las aulas de todas las escuelas del mundo.