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Travesía con hotel a cuestas

Dieciocho horas de diversión ininterrumpida; un mínimo de cinco comidas diarias; buen trato y simpatía constante. No es el paraíso, tan sólo un crucero por el Mediterráneo, con principio en Civitavecchia, fin en Lisboa y escalas en Savona, Marsella y Valencia.

Por Guillermo Piro

28/05/11 - 01:50

 
Travesía con hotel a cuestas

Puerto Viejo. En Marsella, situado en el origen de la avenida de la Canebière. Este puerto existe desde hace 2.600 años. Los griegos desembarcaron en la costa sur francesa 600 años antes de Cristo y fundaron una ciudad a la que llamaron Massalia.

Cuando en 1835 apareció el primer anuncio de un crucero en el Shetland Journal para visitar Escocia, Islandia y las Islas Feroe, nadie podía imaginar un éxito de tal magnitud. Arthur Anderson y Brodie Wilcox fueron los primeros en avizorar que el crucero de lujo podía significar, a su modo, una revolución, y en 1837 crearon Peninsular Steam Navigation Company. La idea básica no podía ser mejor: conjugar relax, exclusividad, entretenimiento y calidad en un hotel flotante. Sin duda, lo más tedioso de los viajes siempre ha sido aunar la irreprimible necesidad de cambiar continuamente de sitio, de moverse, con el tremendo fastidio que significa arrastrar todo lo de uno para cuando se está quieto. El crucero acaba con el dilema en cuestión: vaya a donde uno vaya, el hotel estará esperando por nosotros en el puerto. Nuestro cuarto será el mismo, nuestra ropa seguirá prolijamente colgada y nuestra cama tendida. Y mientras tanto podremos deambular por las ciudades, sin que el pensamiento de tener que volver al hotel a hacer las valijas nos enturbie el paseo.

El Costa Pacífica resulta una experiencia inédita entre los cruceros de su tipo. Se trata de una nave construida y botada en torno al leitmotiv de la música. Esto no sólo quiere decir que en cada nivel (son 11, lo que comúnmente nosotros llamamos pisos, en un barco se llaman puentes) hay música ambiental acorde al nombre del sector por el que se circula (en el puente 10, llamado Satie, se escucha continuamente a un ejecutante anónimo tocando al piano piezas del compositor francés), sino que incluso el barco cuenta con una sala de grabación profesional, de modo que uno puede volver a casa con el tradicional anecdotario (el barco es terreno fértil para generar pequeñas historias divertidas), la suculenta colección de fotos y un CD grabado con todas las de la ley en un estudio que no tiene nada que envidiarle a uno de verdad, con nuestra propia voz y en compañía de una gran orquesta.

A los viajeros marítimos les encantan las cifras, así que aquí van algunas de las tantas que pueden oírse a lo largo del crucero: el Costa Pacífica pesa 114.500 toneladas, tiene capacidad para 3.780 pasajeros distribuidos en 1.504 camarotes; cuatro piscinas, cinco jacuzzis, 13 bares, un spa, una biblioteca, un casino, un gimnasio, cinco restaurantes, una discoteca y un teatro. Posee también un tobogán acuático y simuladores de Fórmula Uno y de golf. Pero el atractivo mayor es sin duda la pantalla gigante en el puente 9, junto a una de las piscinas, donde a lo largo del día se suceden una serie de videos promocionales del crucero, pero que a la noche puede convertirse en un excelente televisor donde ver, por ejemplo, un partido Milan-Palermo (una experiencia realmente inolvidable).

Hay ciertas promesas que suelen hacérseles a los usuarios de cualquier servicio que nunca llegan a cumplirse. Es más: llegados a cierto punto, podríamos considerar que todo aquello que se promete es exactamente lo que estará ausente en el servicio contratado. Eso ocurre en los bancos, cuando se contrata un servicio de Internet, cuando se visita por primera vez un nuevo gimnasio. En el crucero es otra cosa. Alguien, que nunca sabremos quién es ni qué aspecto tiene, garantiza que no nos falte nada, nunca. La tripulación sonríe todo el tiempo. Es algo difícil de creer, pero sonríe auténticamente, como si estuvieran felices de vernos. Uno termina creyendo que es cierto, que nuestra presencia les agrada. No sólo eso. Existe en el buque cierto clima de libertinaje controlado que resulta encantador. A nada le dirán que no. Todo es posible. ¿Se le ocurrió llevar una reposera a la cubierta en plena noche? Ningún problema. Podrá llevarla usted, pero si un tripulante se topara con usted en pleno operativo, es muy probable que se ocupe él del trámite. ¿Está bebiendo un trago en un bar pero de pronto sintió unas ganas incontenibles de ir a pasear con la copa en la mano por el puente 11? Adelante, y deje la copa donde más le guste, eso no significa problema alguno.

Y luego están las escalas, los puertos que el Costa Pacífica visita y en los que permanece algunas horas, las suficientes para que el viajero dé una vuelta por la ciudad. Se embarca en Civitavecchia, un pueblo encantador del mar Tirreno, a escasos 80 km de Roma. Desde allí el barco navega con rumbo Norte hacia Savona, distante 45 km de Génova. Es aquí, en Savona, donde tiene la terminal la compañía italiana Costa Crociere (a propósito, a Savona se le atribuye la invención del jabón sólido, siendo interesante notar la relación entre el nombre de esta ciudad y la palabra francesa savon).

El siguiente puerto es Marsella. Nada menos que la segunda ciudad más poblada de Francia (la primera, naturalmente, es París) y tierra natal de Zinedine Zidane. En 1720, la Peste Negra provocó 100 mil muertes en esta ciudad, pero hoy se ve a su gente muy saludable. Aquí está anclado el Neptuno, una réplica de un espectacular galeón español construido para el rodaje de la película Piratas, de Roman Polanski. Hace unos años las autoridades municipales hicieron un intento de retirar el barco tras las quejas de los vecinos, irritados porque los mástiles tapan la vista del mar, pero los dueños del barco, la productora cinematográfica Cathargo, consiguieron que permaneciera allí, convirtiéndolo en un museo permanente.

De Marsella el viaje continúa hacia Valencia. Durante los siglos XVII y XVIII fue conocioda por “la ciudad de las mil torres”. Probablemente no tenga mil, pero las torres no escasean en el panorama urbano de esta ciudad catalana. En Valencia el río Turia, que la atraviesa, fue siempre una barrera natural que dividía en dos zonas a la ciudad, para lo cual se contruyeron a lo largo de la historia muchos puentes (si mi contabilidad no fue errada, sumé veinte puentes, uno de ellos en plena reconstrucción: piensan rehacerlo en madera, como era originalmente).

Desde Valencia y tras un día entero de navegación se llega a Lisboa, la mayor ciudad de Portugal. Lisboa está conectada al otro margen del Tajo por el puente colgante 25 de Abril, inaugurado el 6 de agosto de 1966, que la une con la población de Almada. Es la parte sur de Lisboa y ese puente, una imponente construcción de acero que se extiende por casi 2 km, es lo primero que se divisa al entrar en la ciudad al amanecer.

Si el tiempo disponible en Lisboa es acotado, como en la mayoría de las escalas del crucero, es imprescindible visitar el café A Brasileira, en el Chiado, que frecuentaba en vida Fernando Pessoa y donde hoy se exhibe una estatua del poeta sentado a una de sus mesas, en plena calle. También un viaje en el funicular y, ya que estamos en pleno corazón de Lisboa, correr hasta la calle Do Orou, donde está el ascensor de Santa Justa, que lleva a la gente de la parte baja de la ciudad a la alta. Se trata de un magnífico elevador de hierro forjado que fue construido por Raoul Mesnier de Ponsard, un discípulo de Gustave Eiffel. Los ascensores en realidad son dos, con el interior revestido en madera, y cada uno de ellos tiene capacidad para unas veinte personas.

Pero lo cierto, y esto hay que reconocerlo, el viajero no está esperando otra cosa que el momento en que deba subir al barco otra vez. No es una exageración: el barco oficia de madre nutricia, se tiene la impresión de que nada puede ocurrir mientras estemos allá arriba, navegando.

Porque si hay algo cierto de todo lo que puede decirse de la inolvidable experiencia de recorrer el Mediterráneo a bordo de un crucero, es que es probable que nunca lo hayan alimentado más y mejor. En teoría se come cinco veces al día, pero en realidad no hay un solo momento del día en el que no haya un suministro de alimentos continuo y medido. (He llegado a despertarme sin haber cenado, a las 3 de la mañana; he bajado al puente 9 y he encontrado dosis más que suficientes de alimentos, debidamente expuestos y combinados, puestos allí para los insomnes.)

Se calcula que sobre el barco hay 18 horas de diversión ininterrumpida. Esto significa un equipo de animadores bien dispuestos y disponibles para que uno se entretenga. De día hay juegos recreativos en las distintas piscinas, competencias, torneos y clases de baile. De noche hay música en vivo, teatro, fiestas temáticas, baile en los salones y la discoteca abierta hasta el amanecer. Para los que se cansan de divertirse está el casino, un lugar hecho a la medida de la melancolía del viajero (un poco es indispensable en los buenos viajes). Luego podrá recluirse en cualquiera de los 13 bares y pedir su trago predilecto y olvidar las penas, que para eso existen, para apagarlas bebiendo.

Naturalmente, entre todo lo que puede hacerse resalta todo lo que uno puede no hacer. Una infinidad de actividades a las que se podría renunciar voluntariamente para quedarse mirando el horizonte desde una reposera, sintiendo la brisa en la cara, haciendo lo que mejor nos sale: nada.


*Desde Lisboa.