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Periodismo hegemónico

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Pasan los años, los desafíos cambian y el periodismo sigue. El año pasado, el problema se llamaba "monopolio". Hoy, todos somos "hegemónicos". |

La llegada del Día del Periodista nos lleva cada año a reflexionar sobre nuestra profesión a todos los que trabajamos en ella. Releí la contratapa del 7 de junio del año pasado y el tema de discusión que por entonces propiciaba el Gobierno era Clarín. Este año el tema se extendió a la “prensa hegemónica” o los “medios hegemónicos”, es decir, todos los que no son oficialistas. En estos últimos doce meses, que coinciden con el refortalecimiento del Gobierno, el relato kirchnerista “clarinizó” todos los medios que no son adictos. Se nos expone como si fuéramos lo mismo que Clarín. Es decir, no habría ya un monopolio, ni un duopolio de Clarín y La Nación por su sociedad en Papel Prensa, sino que todos los medios privados y no alineados con el Gobierno serían parte del eje del mal.

Dado que los pensadores afines al Gobierno asignan mucha importancia a cuestiones como la “fuerza ilocucionaria” y lo que Bourdieu llamaría “el indisoluble entramado del lenguaje con el poder simbólico”, me pareció coherente tratar de entender la evolución del discurso oficial que se produjo en este último año hacia el periodismo y los medios, comenzando por el poder de la palabra y preguntando qué quieren significar al usar el término “hegemónico” para referirnos.

La primera reminiscencia es gramsciana porque es allí donde la hegemonía aparecía más nítidamente definida como la facultad con que contaban los grandes grupos dominantes de convencer a los grupos dominados de que los intereses que sólo beneficiaban a los primeros eran en beneficio de todos. Gramsci hablaba de la capacidad de obtener “el consentimiento activo de los dominados”.

Si aún hoy se nos asigna ese poder de imposición ideológica y los medios masivos de comunicación fueran la principal fábrica de sometimiento y aceptación del orden social, ¿no cabría ese temor también para los medios alineados al Gobierno cuando venzan en su lucha contrahegemónica y sean la nueva hegemonía?

Quizá la sobreutilización de la palabra hegemonía encierre el síntoma de una perspectiva poco plural. Gramsci, quien más insistió con el concepto de hegemonía, hablaba de la hegemonía del proletariado y de la lucha por la hegemonía. El término tiene un origen militar: egemone era el comandante del ejército, el que guiaba. Y Lenin escribió que “la hegemonía pertenece en la guerra a quien lucha con mayor energía que los demás” y “comprende la dirección y el dominio”.

Para Althusser, los principales aparatos ideológicos que forman individuos adaptados a la estructura de producción vigente son la escuela, la familia, las religiones y los medios. La hegemonía sería algo similar a la cultura, con el poder de influir hasta sobre el modo de conocer y de establecer la jerarquización del conjunto de mitos que les permite a los sujetos construirse representaciones imaginarias de lo que es el mundo que integran. Los medios seríamos un “normalizador del comportamiento” cumpliendo el papel que en el Medioevo ocupó la Iglesia. O sea, moldearíamos con ficciones de libertad e individualismo la aceptación del sistema de producción capitalista.

Otro gran insistidor con el concepto de hegemonía es el argentino Ernesto Laclau. En 1985, junto a su esposa, Chantal Mouffe, escribió un libro de culto para muchos y de gran influencia en los nuevos movimientos sociales latinoamericanos titulado Hegemonía y estrategia socialista. Allí expuso que el concepto de hegemonía está fundamentalmente ligado a la existencia de las clases conformadas en la esfera económica de la producción, así como políticamente definido en la lucha de clases.

Ya en el año 2000, Laclau escribió junto a Judith Butler y Slavoj Zîzêk el libro Contingencia, hegemonía, universalidad, donde agregó: “La representación es constitutiva de la relación hegemónica. La eliminación de toda representación es la ilusión que acompaña a la noción de una emancipación total”. Para Laclau, si hubiese literalidad última no habría hegemonía porque “para tener hegemonía necesitamos que los objetivos sectoriales de un grupo operen como en nombre de una universalidad que los trascienda, ésta es la sinécdoque constitutiva del vínculo hegemónico”. “Si el nombre (el significante) estuviera tan unido al concepto (significado), no habría posibilidad de desplazamiento en relación con los otros dos, no podemos tener ninguna rearticulación hegemónica (...) Esto explica por qué la forma hegemónica de la política tiende a tornarse general en nuestro mundo globalizado.”

¿Si no existe literalidad última, no podría haber ningún discurso que no fuera una operación hegemónica discursiva? Entonces, de triunfar el relato kirchnerista, ¿el “periodismo militante” sería el nuevo periodismo hegemónico?

El propio Laclau, en otra parte del capítulo titulado “Identidad y hegemonía”, reflexiona sobre la época en que el pensamiento de Gramsci fue forjado. Era un mundo tan distinto y estable porque las categorías de clase eran permanentes y se mantenían a través de las generaciones. Se nacía y se moría campesino u obrero al igual que sus hijos lo harían.

Sólo el tiempo dirá si las ideas que discutimos son antiguas o modernas. De la misma forma que alcanzó sólo con el paso de un año para ver que el problema no era “el monopolio”, sino el periodismo en su conjunto: “Los medios hegemónicos”.

 

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