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"Que vuelen los ángeles"

Hace cuatro décadas, una madre mandó a su pequeña hija a tomar clases de cerámica en un colegio de monjas. Hoy esa hija tiene un taller de cerámica en una casa despampanante y exporta a EE.UU.

Lo que natura no da. Lo construye el ser humano. Con madera, piedra, chapa, cemento y agua donde no la había, el exterior de la casa se vuelve un edén. Al que se le suman el arte y el confort, en campestre sintonía con el entorno. |

Angeles Castro Corbat de Pérez Cobo tenía 6 años cuando a su santa madre se le ocurrió mandarla a estudiar cerámica (afición muy a la pàge hace cuarenta años) al atelier de una de las monjas del colegio Las Esclavas. Bendita madre que, sin imaginarlo, abrió la jaula de los sueños alados y las manos sabias. En plural porque, desde hace ocho años, con Angeles trabaja su hermana Inés, entre otros/as. Y ahora, “que vuelen los ángeles”, diría el sommelier y enólogo Sabatino Arias. Vale decir, al grano. No perdamos tiempo con el local porteño de la calle Arenales, donde Carlos Galli y María Hernández venden las grandes y variopintas piezas de Angeles; ni con la entrañable ayuda cotidiana de sus tres hijos; ni con sus envíos exclusivos a la firma de decoración norteamericana Antropology; ni con esa “suerte” que Angeles declara por tener “un hobby rentado que me apasiona y no me pesa”. Acá el tema es la casa (mirar foto de apertura y aledañas), sobre cuyo envidiable enclave nada diremos: está todo a la vista (techo a dos aguas, fronda a cielo abierto, porche y pileta al tono). Ergo, pasemos al living, ya. Detalles top: alfombra marroquí rayada, sillón franchute en brocato celeste y rosa, una linda biblioteca y tallas de Iñaqui Flores. Zona del comedor con mesa de pino Oregon made in USA, sillas de cuero circa años 50 y, siempre cerca, fuentes y tazas y platos de angelical cerámica. Completan la ambientación (“ponen clima”, diría Sabatino Arias, descorchando un buen malbec), una jarra enlozada bien british y una colección de teteras, en luminosa cavern de muros claros y cálidos (colorados algunos) bajo cielorrasos de níveo maderamen. En la cocina, la mesada es de granito gris de un lado y de madera dura del otro (ideal para amasar, por ejemplo, unas empanadas que comulguen con el mentado malbec), con muebles del Estudio José Silveyra entre cenicientos azulejos de Barugel y Azulay. Y sí, se destacan los condimentos sobre estantes flotantes y ollas y sartenes colgadas. Pero no nos detengamos en lugares comunes, como subrayar que campean los pisos de pinotea lustrada; que un sillonazo de roble añejo se recorta contra unos ventanales que dan al jardín, diseñado por la paisajista Paulette Badaracco; o que, junto a un bow-window, se luce una mesa patinada en blanco y de patas recortadas; o que, en una banqueta contigua a la cama marital, hay una manta de telar norteño y, a la altura del respaldo, varias flores de cardo pintadas por Verónica Anchorena. Todo esto está OK, pero no conviene postergar lo principal. Esta casa se proyectó hace dos décadas y se edificó en cuatro etapas, más que nada empleando materiales de demolición. La mayor parte de los muebles son heredados. El jardín (obra de alto goce ocular) lo armaron las paisajistas Verónica Tiscornia y Cecilia Virasoro. La decoración es asunto familiar; tanto, que una hija embelleció la cocina a piacere, por ejemplo. Y bien, “que vuelen los ángeles”.


Textos: Lulo Luna.
Producción: Sol Achával.
Fotos: Néstor Grassi.

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