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El territorio

En El arte de la guerra, Sun Tzu describe nueve variedades de territorios. “Dispersivo”: el propio. “Fronterizo”: el del enemigo, donde se realizan penetraciones superficiales. “Clave”: el que ambos bandos consideran igualmente ventajoso ocupar. “Abierto”: de comunicación, donde todos pueden acceder. “Focal”: el que está rodeado por otros y quien consiga primero el control logrará el apoyo de los vecinos. “Comprometido”: aquel que se ha penetrado profundamente y continúa siendo hostil. “Difícil”: el que tiene trampas y engaños (en sentido literal: desfiladeros, pantanos, etc.). “Cercado”: aquel donde su ingreso es restringido y su salida es tortuosa porque una pequeña fuerza del enemigo puede golpear a otra más grande. “Desesperado”: el territorio donde sólo se sobrevive si se lucha con mucho coraje.

Por eso Sun Tzu recomendaba: “No luche en territorio dispersivo. No se detenga en uno fronterizo. No ataque a un enemigo que ocupó primero un territorio clave. En uno abierto no permita que sus fuerzas se dispersen. En territorio focal celebre alianzas con los vecinos. En uno comprometido, caiga allí para saquear. En uno difícil, apresure el paso. En uno cercado, invente estratagemas. Y en un terreno desesperado, luche con valentía”.

¿Cuál de estas nueve categorías le cabe al territorio de la provincia de Buenos Aires visto desde la perspectiva de la Presidenta, visto desde la de Scioli y visto desde la de los barones del Conurbano?
A 159 años de que Rosas fuera derrotado en la batalla de Caseros, la provincia de Buenos Aires continúa siendo el territorio desde donde se controla todo el país. Aun sin la Capital Federal, la provincia concentra el 40% de todos los habitantes del país y su Conurbano –sin contar a quienes viven en la Ciudad de Buenos Aires– es una de las diez mayores urbes del mundo.

Al asumir en 2003, y para ponerse bien a salvo de la experiencia de De la Rúa con Ruckauf y Duhalde, Néstor Kirchner cortó la relación entre La Plata y el Conurbano. Los intendentes del Gran Buenos Aires pasaron a depender directamente de él y el gobernador de la provincia pasó a controlar un territorio provincial que comenzaba recién a más o menos setenta kilómetros de la Capital Federal.

La primera avanzada fue reducir el poder del gobernador de la provincia. En la segunda fase, ahora, se reduce el poder de los barones del Conurbano y prácticamente se elimina cualquier vestigio de autonomía del gobernador confinándolo a una función casi protocolar. Con la construcción de las listas de candidatos del oficialismo, Cristina Kirchner –con la invalorable asistencia de Carlos Zannini– intenta terminar de adueñarse de la provincia.

A pesar de que se ha venido repitiendo “la Presidenta tiene votos propios y no precisa del aporte especial del gobernador o de los intendentes”, su lógica no es sólo política. Hay una lógica económica: si el Gobierno nacional es quien financia el déficit de la provincia de Buenos Aires y las obras que inauguran los barones del Conurbano, es ella la verdadera soberana de ese territorio. Cómo una provincia que produce más del 50% del total de la riqueza de un país es a la vez una de las más pobres fiscalmente es otra cuestión.

Scioli, en su peor semana (“quien se hace felpudo no debe quejarse si lo pisotean”, dijo Duhalde de él), y los ¿ex? barones del Conurbano llamados anteayer “carcamanes” por Hebe de Bonafini e –irónicamente– “carmelitas descalzas” por Boudou, en su nuevo rol de compañero de Cristina, deberían acomodarse a la realidad. Y preparar mucho valor porque pelean en un territorio “desesperado”.

En El arte de la guerra también había recomendaciones comunes a los nueve territorios: “Aprópiese de los campos fértiles para abastecer a sus tropas con provisiones en abundancia”; “lleve a sus tropas a una posición sin escapatoria así cuando enfrenten una situación desesperada –al no tener salida– se mantendrán firmes y nada temerán”; tanto cuando invade como en territorio propio “lograr sus objetivos depende de la capacidad de amedrentar a sus oponentes”; al capturar el territorio, “distribuya recompensas sin respetar las prácticas consuetudinarias y haga públicas las órdenes que imparta sin tener en cuenta los precedentes”; “atemorice al enemigo e impida que sus aliados se unan con él”.

Néstor Kirchner era un buen discípulo de Sun Tzu. Cristina Kirchner aspira a superarlo.

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