Ernest Hemingway: crónica de un cazador
Hoy se cumplen 50 años de la muerte de uno de los más grandes narradores del siglo XX. El autor de El viejo y el mar fue también un extraordinario cronista de sus propias aventuras.
A l otro lado del arroyo, justo delante de nosotros, un rinoceronte corría con un rápido trote por la parte superior del ribazo. Mientras lo observábamos aceleró y con su veloz trote se desvió para descender por el talud. Estaba rojo por el barro, el cuerno se distinguía claramente y sus movimientos rápidos y decididos no eran en absoluto pesados. Me entusiasmó mucho verlo.
—Va a cruzar el arroyo –dijo Pop–. Está a tiro.
M’Cola me puso el Springfield en la mano y lo abrí para asegurarme de que tenía balas. Ya no veía el rinoceronte, pero distinguía el temblor de la hierba alta.
—¿A cuánto crees que está?
—A unos cien metros.
—Me cargaré a ese hijo de puta.
Estaba mirando, inmovilizándome deliberadamente por dentro, refrenando la emoción igual que cierras una válvula, entrando en ese estado impersonal desde el que disparas. Apareció trotando en el arroyo poco profundo y lleno de cantos rodados. Pensando tan solo en que el disparo era perfectamente posible, pero también en que debía dejarle correr, adelantarme a él, le apunté, y a continuación apunté bastante por delante de él y apreté el gatillo. Oí el clonk de la bala y, por su trote, el animal pareció explotar hacia delante. Con un bufido sibilante cayó de morros, salpicando agua y resoplando. Volví a disparar y levanté una pequeña columna de agua detrás de él, y disparé una vez más mientras se metía en la hierba; de nuevo detrás de él.
—¿Le has dado? –preguntó Pop–.
—Ya lo creo –respondí–. Creo que lo tengo.
—Droopy seguirá el rastro –dijo Pop–. M’Cola jura que le has dado.
—Resoplaba como una máquina de vapor –comentó P. O. M.–.¿No crees que tenía un aspecto magnífico cuando ha pasado por ahí?
—Sé que le he dado. Estoy bastante seguro de que lo he matado.
—Si lo has matado, no se lo digas a nadie –repuso Pop–.Nunca te creerán. ¡Mira! Droopy ha encontrado sangre.
Más abajo, en la zona de hierba alta, Droop nos mostraba una brizna de hierba. A continuación se agachó y se puso a seguir el rastro de sangre.
—Piga –dijo M’Cola–. ¡M’uzuri!
—Seguiremos por aquí arriba para ver cuándo se para –dijo Pop–. Fíjate en Droopy. Droop se había quitado el fez y lo tenía en la mano.
—Esa es toda la precaución que necesita –agregó Pop–.Nosotros traemos un par de rifles grandes y para perseguirlo él se quita una prenda. Abajo, Droopy y el rastreador que le acompañaba se habían detenido. Droopy levantó la mano.
—Lo están oyendo –dijo Pop–. Vamos.
Ahora sabíamos dónde estaba, y mientras nos acercábamos lentamente, separando la hierba alta, lo vimos. Yacía de costado, muerto.
—Es mejor que le pegues otro tiro para asegurarte –dijo Pop–. M’Cola me entregó el Springfield que llevaba. Me di cuenta de que estaba amartillado, miré a M’Cola, furioso con él, me arrodillé y disparé al rinoceronte en la yugular. No se movió. Droopy me estrechó la mano, y también M’Cola.
Ernest Hemingway. Fragmento de Verdes colinas de Africa (Lumen).



02/07/11 - 01:52