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Feliz cumpleaños

Ay, qué joven era cuando era joven! Después todo se volvió redundante, pero antes… ¿cuántos años hace? ¿Veinte? Sí, veinte. ¿Qué hacía yo hace veinte años? Vivía en otro país, no existía Internet, y entonces mi mamá y mis amigos me mandaban por correo sobres con libros, suplementos, revistas culturales. En esa época era aún habitual, en las discusiones sobre política, literatura o cine, preguntar, en algún momento del debate, “¿desde dónde hablás”? Eso implicaba la obligatoriedad de develar el contexto previo, los preconstruidos, los intereses privados, casi como una justificación, una demostración de por qué se dicen ciertas cosas, antes de recibir una acusación terminal. Así que, mutantis mutantis, yo también me atajo de posibles acusaciones: tengo intereses personales en lo que estoy por decir. Pero esos intereses son ante todo afectivos, tienen que ver con el agradecimiento como lector, con la valoración intelectual, con la retribución cultural. Es cierto, sí, que publiqué dos o tres libritos con ellas, pero fue hace tanto tiempo que ya nadie se acuerda; probablemente ni ellas, lo cual las vuelve más queribles aún. Me refiero a Sandra Contreras y a Adriana Astutti, que hace exactamente veinte años, en 1991, fundaron en Rosario la editorial Beatriz Viterbo (habría que agregar a Marcela Zanin, que fue también de la partida, aunque luego dejó el proyecto). La escena cultural y el campo editorial sería otro –es decir, sería peor– sin Beatriz Viterbo Editora.

En 1991, y a lo largo de toda la década del 90, como en tantos otros rubros, el mercado editorial argentino sufrió un profundo proceso de concentración económica. Las grandes editoriales nacionales, muchas de ellas en crisis (financiera, pero también literaria, en crisis de sentido cultural) fueron compradas por grupos multinacionales, llegaron también fuertes editoriales pertenecientes a multimedios españoles, la escena se llenó de acaudalados premios literarios más o menos corruptos, y una lógica de rentabilidad de corto plazo –más acorde con otras ramas de la industria que la con la del libro– obturó cualquier discusión sobre política editorial. Las librerías se poblaron de libros mediocres y los suplementos culturales, de entrevistas a escritores mediocres. En ese panorama, abrir una pequeña editorial (lo que hoy llamaríamos una editorial “independiente”) tenía algo de locura. Y todavía lo tiene. Era, lisa y llanamente, nadar a contracorriente. Y si Beatriz Viterbo (junto con Paradiso, la otra pequeña editorial abierta en esos años) todavía perdura, si no sólo perdura sino que además sigue editando libros interesantes, descubriendo nuevos escritores, redescubriendo otros, manteniendo una relación de fidelidad con muchos autores y, sobre todo, con los lectores, es porque Sandra y Adriana tomaron a la construcción rigurosa de su catálogo como un rumbo del que nunca hay que apartarse. Hay allí una enseñanza a no olvidar.

Después se creó la editorial Adriana Hidalgo, y luego de la crisis del 2001, un conjunto amplio de editoriales independientes que lograron conjugar riesgo literario con capacidad profesional, y que publicaron buena parte de lo más interesante de la literatura contemporánea. Sobre este “boom”, “fenómeno” o como quiera que se lo llame, se ha escrito mucho, tal vez demasiado. Pero siempre es necesario volver a las fuentes, y recordar que Viterbo fue la que abrió el camino para todas las demás.

Y yo, entre tanto, veinte años después, recuerdo el primer envío que recibí por correo, con algunos de los primeros libros de Viterbo (Laiseca, Aira, un joven Guebel, un imberbe Becerra, la rareza genial de 40 Watt de Oscar Taborda, junto con una reseña de propio Becerra, creo que en el suplemento cultural de El Cronista Comercial). Y entonces, pensé: yo también quiero estar ahí.

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