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En defensa de lo popular

Primero nos lo dio a saber la antropología: cultura es la vasija de cerámica no menos que el irreprochable soneto, cultura es la pintura del rupestre cazador en la caverna no menos que la del genio de atelier sobre su lienzo, cultura es la flecha de madera teñida de sangre animal no menos que la escultura en mármol que parece que va a despertar a la vida. Lo que decía Félix Luna de la historia también se aplica, y tanto mejor, a la cultura: todo es cultura. El penúltimo grito de la moda en las pasarelas de los desfiles teóricos ratificó y mejoró esta tesitura: los estudios culturales, en su versión de fin de siglo, insistieron en la refutación del elitismo rancio y vano. Lo que existe más allá de los libros y los museos, lo que existe más allá de las salas de concierto, es cultura en pie de igualdad. Lo son los deportes, los boleros, las telenovelas; lo son el teatro de revistas, la taba y el mate cocido. ¿Y un compilado de chistes verdes a cargo de Jorge Corona? También. ¿Y la partitura de Saca la mano, Antonio, de Las Primas? También. Y que se revuelvan en sus tumbas los fruncidos de la Escuela de Frankfurt.

Pues bien: no hay entonces motivo alguno de inquietud ante la iniciativa de Avelino Tamargo, a los efectos diputado del PRO, que propició que se declarara a Gerardo Sofovich “Personalidad destacada de la cultura de la ciudad”. La distinción le fue otorgada el pasado lunes en el Salón Dorado del Palacio Legislativo. Allí mismo se votó, en 2009, la ley que dio lugar a este reconocimiento. El vicepresidente primero de la Legislatura, Oscar Moscariello, también del PRO, opinó en esta ocasión que Sofovich “si hubiera nacido en Estados Unidos hubiera sido un émulo de Woody Allen” (basta con que se conjuguen el judaísmo y la comicidad para que sea traído a colación Woody Allen). Hubo aplausos y emoción y una general sensación de justicia. En vez de declarar que no era merecedor de la distinción, como hacen tantos premiados en un acting de modestia, el propio Sofovich avaló la decisión y hasta amplió generosamente el dictamen, destacando que había llegado a obtener “60 puntos de rating por apostar a lo popular”.

En mi casa, cuando era chico, no nos perdíamos ni uno solo de los programas de Sofovich. Mientras se emitían Operación Ja Ja, La peluquería de Don Mateo o Polémica en el bar, no volaba ni una mosca callada. De esa forma contribuimos, mi familia y yo, así sea en una proporción muy modesta, a esos 60 puntos de rating que validan a esta personalidad destacada de la cultura con la garantía definitiva de la popularidad certificada. No obstante a mí, en Polémica en el bar había algo que me ponía nervioso. Y ese algo tenía que ver con la cultura popular justamente. Se recordará, porque es imposible olvidarlo, que en una punta de la mesa de ese cafetín de Buenos Aires se sentaba Minguito Tinguitella. Minguito mascaba un escarbadientes, se fregaba un dedo en la oreja, se comía las eses: todo en él intentaba remitir a un carácter popular reconocible. A menudo Minguito Tinguitella equivocaba las palabras, confundía una con otra, se perdía en los argumentos, no seguía las razones. Por lo visto, le costaba entender y le costaba expresarse. Era bueno y era querible, pero también muy limitado. Y como por lo general hacía falta explicarle las cosas, como se hace con las personas brutas, o traducir lo que él intentaba expresar, había un personaje en esa mesa que asumía tal deber pedagógico. Solía ser Rolo Puente. Rolo Puente, clase media, hincha de Ferro, bien vestido, educaba y corregía a Tinguitella, personaje popular, hincha de Boca, de funyi y alpargatas.

Pero ocurre que Rolo Puente tendía a equivocarse a su vez. Los suyos no eran errores premeditados, decididos por el libreto; eran más bien errores propios, errores del actor, del Rolo Puente real, que no debían estar ahí pero se producían de todas formas. Puente se ponía a desasnar a Minguito, porque Minguito se mostraba muy burro, pero él no podía dejar de equivocarse a su vez. La cultura falsa y floja de un medio pelo finalmente vulgar no atinaba a reeducar a Minguito, aunque se burlara de él, y ésa era la venganza inesperada y nada prevista del personaje popular de la mesa.

Tinguitella ya no encarnaba ni al napolitano de Martín Fierro ni al cocoliche de los sainetes. La subestimación hacia lo popular sostenía su presencia en esa mesa de bar. Y aun en el cariño, porque era un cariño condescendiente, no dejaba de notarse el desprecio. De eso no habría que haberse reído.

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