Publicado en edición impresa de diagnostico y error  

Detrás de la cirugía

Previo a la operación, una citóloga planteó dudas sobre el carcinoma. Antes de salir de alta, la Presidenta conoció el resultado benigno.

La novedad fue impactante y la sorpresa, total: la Presidenta no padece cáncer. En lo personal, la noticia es muy buena para el presente y el futuro de la doctora Cristina Fernández de Kirchner. Lo mismo debe decirse desde el punto de vista de lo institucional: para cualquier país –y para la Argentina con su historia mucho más– es muy importante que un presidente complete su mandato. En cambio, en lo que concierne al tema médico en sí, deja abierto un interrogante: ¿qué pasó?

A continuación, pues, la reconstrucción de los hechos de todo este episodio que habrá de hacer historia.

Clínicamente, a la Presidenta se le había detectado un nódulo en el lóbulo derecho de su tiroides. A partir de ese hallazgo –y como lo indica la rutina–  se decidió hacer una serie de  estudios complementarios, para lo cual la doctora Fernández de Kirchner concurrió a Diagnóstico Maipú el jueves 22 de diciembre del año pasado. El nódulo en cuestión, ubicado en el lóbulo derecho, fue confirmado por la ecografía que se le practicó a la cual siguió, entonces, una punción biopsia con aguja fina con el objetivo de obtener tejido para el correspondiente análisis histoanatomopatológico. El patólogo a cargo del examen fue el doctor Julio Sanmartino. Para él no hubo dudas: el diagnóstico era el de carcinoma papilar de tiroides. Como ocurre siempre en estos casos, en los que el  paciente es el jefe de Estado, esa muestra de tejido tiroideo fue sometida al examen de un segundo especialista, tarea que le correspondió a la doctora Lilian Ballsells.

Con este diagnóstico en mano, se le comunicó la novedad tanto al doctor Luis Buonomo, jefe de la Unidad Médica Presidencial, como a su segundo, el doctor Marcelo Ballesteros. Ellos, en conjunto con el doctor Pedro Saco, le comunicaron la mala nueva a la Presidenta a quien, además, le indicaron la necesidad de llevar a cabo una intervención quirúrgica a fin de extirparle la glándula tiroides. Obtenido el consentimiento de la paciente, se le indicó una tomografía computada destinada a descartar o confirmar la presencia de metástasis. El resultado del estudio fue negativo. Con todos estos resultados el próximo paso fue fijar lugar y fecha para la cirugía. Se estableció entonces que la operación se realizaría el día 4 de enero en el Hospital Escuela de la Universidad Austral y que estaría a cargo del doctor Pedro Saco y su equipo. El siguiente paso fue comunicar la novedad a la opinión pública, cosa que ocurrió en la noche de ese mismo martes 27 de diciembre. En el parte médico leído por el secretario de Medios, Alfredo Scoccimarro, se hablaba de “carcinoma papilar”  sin extensión a los ganglios linfáticos adyacentes a la glándula y de la ausencia de metástasis. Es decir que de acuerdo con los parámetros de la clasificación TNM (Tamaño, Nódulos, Metástasis) el pronóstico para la paciente era muy bueno.

Ya con la operación programada –y como es de práctica–, desde el servicio de Patología del hospital Austral se dispuso que uno de sus médicos examinara la muestra de tejido, obtenido a través de la biopsia, sobre la que se realizó el diagnóstico de la afección presidencial.  Esa tarea estuvo  a cargo de una médica especializada en citología quien, tras analizar la muestra, tuvo una primera objeción en cuanto al diagnóstico. Concretamente la citóloga expresó –palabras más, palabras menos– que se estaba en presencia de una neoplasia pero que ella no hubiera sido tan contundente en decir que esa neoplasia era un carcinoma papilar.

En este punto es imprescindible dar la siguiente explicación a los fines de darle comprensibilidad al relato.  Neoplasia es una palabra de origen griego que significa “nuevo crecimiento”.

En medicina, el término “neoplasia” se utiliza para identificar y definir un crecimiento descontrolado y anómalo del número de células en un determinado tejido u órgano, lo cual es el resultado de un proceso de multiplicación celular anormal.

Una de las consecuencias de la neoplasia es la formación de un tumor. No siempre las neoplasias forman tumores. Un ejemplo de esto último son las leucemias. 

Las neoplasias, a su vez, pueden ser benignas o malignas. El término “carcinoma” se aplica para definir un tipo de neoplasias malignas. El vocablo “adenoma”, en cambio, se usa para identificar neoplasias de tipo benigno.

Los tumores malignos de la tiroides y sus frecuencias son los siguientes:

◆ Carcinoma papilar  80%.
◆ Carcinoma folicular  15%
◆ Carcinoma de Hurtle y otras variables  5%


De los tumores benignos de tiroides, el más común es el adenoma folicular.  

Los expertos señalan que el diagnóstico del carcinoma papilar de tiroides a través de la punción biopsia tiene un porcentaje de duda que sólo puede ser resuelto con el análisis más detallado y extenso de la glándula. Y, en un análisis más fino, hay trabajos que indican que muchas veces es difícil diferenciar un carcinoma papilar de una variante de adenoma folicular.  De ahí que, ante la presencia de un tumor de este tipo, en los informes diagnósticos basados en punciones biopsia se suele hablar de neoplasia papilar, dejando la confirmación de su carácter maligno (carcinoma) o benigno (adenoma) al análisis que se hace en el mismo acto quirúrgico o en el que se completa después de la operación.  Es importante decir que en cualquier caso el tratamiento es el mismo: la extirpación de la glándula tiroides. Con respecto a ello hay criterios variables: en algunos centros de los Estados Unidos lo que se hace es la hemitiroidectomía, que es la extirpación de lóbulo correspondiente al tumor cuando es uno solo de los lóbulos tiroideos el afectado. En la Argentina, en cambio, en muchos centros de primer nivel se prefiere realizar la tiroidectomía, es decir, la remoción total de la glándula.

Un trabajo científico de los doctores José Cameselle Tejeiro, del Hospital Clínico de la Universidad de Santiago de Compostela, y Manuel Sobrinho-Simoes, de la Facultad de Medicina y del Instituto de Patología Molecular e Inmunología de la Universidad de Oporto, titulado “Carcinoma papilar de la glándula tiroides: problemas en el diagnóstico y controversias” señala que hay una tendencia a sobrediagnosticar un carcinoma papilar.    

En el acto quirúrgico que se desarrolló en el quirófano central del Hospital de la Universidad Austral había, pues, un médico patólogo. En el estudio por técnica de congelación de la muestra de tejido tiroideo que se hizo se produjo el hallazgo que generó sorpresa y dudas: el diagnóstico de carcinoma papilar no era claro y lo que se encontró, en cambio, era compatible con un adenoma folicular de la tiroides. Esto no cambió la dimensión del acto quirúrgico, y ante la duda producida por el hallazgo intraoperatorio, se decidió esperar el resultado del estudio histoanatomopatológico completo de la pieza quirúrgica. Ese resultado estuvo listo unas pocas horas antes del alta presidencial y confirmó el nuevo diagnóstico: no se trataba de un carcinoma papilar sino de un adenoma folicular (tal vez lo que técnicamente corresponda a un adenoma folicular con hiperplasia papilar o variante papilar del adenoma folicular).

Lo importante de todo esto para la Presidenta es que no tiene un cáncer. Quedarán para el análisis varios un interrogantes: ¿Qué pasó que un patológo experto y competente cometió un error de esta dimensión? ¿Ante el nivel de dudas que puede generar un diagnóstico de este tipo, nadie pensó en una revisión más completa de un caso que no ameritaba una urgencia extrema? ¿Estuvo informada la Unidad Médica Presidencial de los avatares de este episodio aquí descriptos ?

 

Producción periodística: Guido Baistrocchi

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