Clarice Lispector

A la sombra de las palabras

Mítica por su invención de un estilo, fetiche de escritores contemporáneos, la escritora de origen ucraniano conoció en estos últimos años un fenómeno de lectura. La reedición de dos de sus libros nos abre la puerta a una obra audaz, sin recetas ni programa.

Por Omar Genovese

14/01/12 - 10:25

 
A la sombra de las palabras

Ella. Clarice posa la mirada en nosotros, guía la fe del dejarse llevar por lo leído, instala el huevo que nos protege de ese entorno llamado realidad.

¿Cuál es el valor de la dilación en el estilo literario? ¿De qué manera lo narrado se extiende como una soga, al límite de romper como amarra y dejar al lector en la deriva marítima tormentosa, oscura, y a la vez amable de una incógnita recurrente? Porque leer a Lispector no es tarea menor sino toda una experiencia física del lenguaje abisal: en qué límite nos es propia la lectura y en cuál fuimos arrastrados por la corriente del pensamiento desgranado en la inconsistencia de la verdad, su simulación inhóspita. Luego adviene el sentimiento maravilloso de haber sido cómplice de la fractura temporal: Clarice, como en confianza se la invoca, ha posado la mirada en nuestra mirada, ha guiado la fe del dejarse llevar por lo leído, ha instalado el huevo que nos protege de todo ese entorno llamado realidad.

Somos, sin resistencias, empollados por una promesa. Aun cesada en vida, el texto la redimensiona como vital, por fuera de espíritus y rituales, ella sentada a la mesa de la noche acuna el cálido deseo de la relectura. Habilidad prolífica, maternidad licenciosa, cuerpo en cuerpo como gajo en trasplante sobre un rosal sin hojas. ¿Qué saldrá de semejante actividad orgánica? ¿Existe complicidad del lector por manipulación licenciosa de la narradora? Gema, una gema frotada hasta tomar la temperatura del texto, ésa es su mirada en el displacer que la acosa, en pensarse como la máquina imperfecta de lo que se extiende hasta cortar todo vínculo con el momento exacto de la escritura. Su cosa exógena, multiplicada en el borde que nos puede hacer creer –con satisfacción– que agotó Kafka, pero no, hubo algo más: estaba el género, con su estampado frágil, con el nobiliario título del objeto maleable, utilitario, descartable. Parece, quiero leerlo así, que de Lispector la inteligencia sufre un desafuero territorial hacia la carnadura sensible, en una observación, única, irreversible, que no podía ser expresada de otra manera. Reescribir cualquiera de sus cuentos no sólo es imposible, semejante capricho abre la puerta al centro de un laberinto de infinitud exasperante, donde el carácter mismo de recomenzar una oración anula toda posibilidad invasiva, nos embarra en la angustia de lo indeterminado. El centro de su estilo, entonces, es esa probable generosidad retaceada por la certeza de lo irrepetible, que es el tiempo mismo que fluyó sin ser agua ni nube, tampoco tormenta. La experiencia Lispector, entonces, nos hace lectores indefensos, quietos, mansamente felices en la caricia de su respiración.

Dejando lo carnal que transmuta en vegetal, La legión extranjera es el sobrevuelo aterido sobre un paisaje anterior a todas las batallas de los significados, antes de la magia y la historia, antes del mito y la valoración social, antes que la verdad del mundo imponga su violencia irremediable. Los 13 cuentos extienden el cordel del centro de aquel espacio-pérdida anunciado en el primero, Los desastres de Sofía: “Mi enredo viene de que un relato está hecho de muchos relatos”. Y a partir de allí, la niña-escritora, al dar vuelta la máxima ideal del ejercicio educativo (por aprendizaje de la lengua, pero de una lengua sometida a la función esclava del “trabajar cansa” de Cesare Pavese), desajusta el foco para que en la invisibilidad de Evolución de una miopía, reaparezca el sutil aliento que opaca la función de todo relato o que lo hace necesariamente disfuncional, sin más leemos en Los obedientes: “Toda palabra tiene su sombra”. Puede devolver el préstamo de la traducción (Paloma Vidal demuestra una atención magnífica en los giros y pasajes más ríspidos, que suponen un juego en la cadencia apenas fuga por las grietas del entendimiento), dejar la sombra de la sombra en este lado de la lengua, pues la voz de Clarice no es rumor sino mente acertiva, cercana, demasiado amable con la propia rebeldía contra el poder conjugado en el supuesto del contar por el plato de comida. Por eso en El huevo y la gallina, relato cerrado sobre todos los pliegues de lo posible (y si quedara algo por razonar, dudar de lo escrito sería atinente), vale el subrayado (y no hay linotipista que nos asista) donde escribe: “Decirle blanco a lo que es blanco puede destruir la humanidad”. Enunciar lo obvio arruina todo, todo lo que podemos leer, escribir, evocar, incluso, vociferar como fórmula mágica: decir, conjugar, maldecir. Todo diálogo, por más banal, irrelevante, encierra el paquete energético de una iluminación efectiva, al punto que lo visto se convierte en radiografía de lo interno, eso orgánico y disfuncional, a lo que accede la percepción porque: ¿con qué armas enfrentamos la pluralidad aplastante del mundo humano? La pérdida (de inocencia, de entendimiento, de locuacidad) es la base del intercambio entrópico en el meridiano de Lispector: su apunte, su frase célibe, que busca maridaje con el saber más terrorífico, decae en la muerte, en el saber del amor imposible, en el saber de la inocencia avasallada.

Entre el juego de la lectura y escritura, en su teoría efectiva y material, los trazos biográficos resultan insuficientes respecto a una ética de la lengua: ofendida, Clarice recibe migajas del editor por cinco libros publicados, y al salir a la calle regala los billetes a un mendigo. Acusada por la crítica de pornógrafa por El via crucis del cuerpo, los ciegos de siempre creyeron ver un sitio para la moral de época donde existía una crítica furibunda al rol del escriba asalariado, su relación de sometimiento, el cruel borramiento del derecho a manos de la dura ley del mercado. Resultado que ni siquiera tenía status de salario. Lengua esclava, mujer puta, mujer prostituyéndose en la escritura, madre de todos los hombres escribiendo sobre el sudor de sus espaldas... La paradoja, que lacera el pensamiento, es que Lispector nació (como todo artista impiadoso con lo real) fuera de época, o peor: su época fue una civilización inconsistente. Junto con João Guimarães Rosa conjeturaron los cimientos de la educación académica, en base a una obra, a un monumento del lenguaje que, recién hoy, comienza a ser leído, vale decirse, releído con fervor. Nótese, y esto no es un reclamo, que en las reflexiones teóricas respecto a la escritura y lectura en las que aflora Clarice descarnada, todo se asexual, se des-porno-grafía, perdiéndose en el deseo de la caricia lingual. En contradicción con los jueces contemporáneos, hoy podemos pensar el universo de la escritora como una vindicación de la asexuación del grafo: no escribe la sexualidad, sino el deseo, que ya tiene aspiraciones de universal indiviso. Como el ojo que todo lo ve pero angustiado, el grafo estilístico, el trazo general, busca su sentido en el gesto elongado hasta agotar la permanencia.

2011 fue un año Lispector. Hubo un día en su nombre (10 de diciembre), como homenaje al vuelo residual de su mirada. Pero todos los años deberían serlo, por caso, 2012 nos depara la felicidad de dos nuevas traducciones: La ciudad sitiada y La bella y la bestia, ambas de Corregidor. Pero vuelvo sobre el prefacio a El vía crucis del cuerpo de Gonzalo Aguilar, allí señala: “Pornografía en Clarice no es sólo relatos sobre el sexo sino sobre el dinero que prostituye y sobre el escritor que abandona la institución literaria y se enfrenta a la vida desnuda con su escritura (porque escribir ‘es una maldición pero una maldición que salva’)”.

El rasgo urgente de la cita pone en conjetura eso que tan graciosamente omiten nuestros contemporáneos embebidos en la representación autoral por delante de una supuesta obra: en sí, qué es ser escritor, qué es un estilo sino la mutación inacabada de un abismo del lenguaje.

 

La terapéutica del despojo*
Clarice Lispector siempre supo consolar a sus lectores. En La vida íntima de Laura, libro de literatura infantil que publicó en 1974, escribe unas palabras que no sólo están dirigidas a los niños: “Va a existir siempre una gallina como Laura y siempre va a haber un niño como vos. ¿No es buenísimo? Así la gente nunca se siente sola”**. Ganada definitivamente por el estilo aforístico que ya se vislumbraba en La pasión según G.H. y que se impone después de Un aprendizaje o El libro de los placeres, hay algo del género de los libros de autoayuda en Clarice. En sus frases aforísticas, ella sabe combinar fuertes dosis de enseñanza, experiencia íntima y percepción de lo cotidiano que bien podrían servir como guía para vivir (o sobrevivir). Sin embargo, a la vez, nada más lejos de Clarice que los libros del tipo Cómo ser feliz o El amor en diez lecciones. Además de la precisión lingüística y la honestidad afectiva, en su escritura no se construye un mundo de fantasías para consolar ni se busca adular lo que supuestamente llevamos dentro. Por el contrario, no hay nada más impiadoso que los puntos de partida de su construcción ficcional incisiva y cortante: no existe un Dios que fundamente nuestros actos o creencias; la belleza, la verdad y el bien son invenciones para mantener un orden opresivo; lo abyecto es tan constitutivo de nuestra vida como lo sublime; las mujeres tienen que afirmarse en un mundo que les es hostil. Un “mundo perro”, como dice en El via crucis del cuerpo. Aunque Clarice amaba a los perros. [...]
Si en un aspecto minúsculo su obra se toca con los libros de autoayuda es porque Clarice puede ser incorporada a esa literatura que Gilles Deleuze definió como una iniciativa de salud***. Es tal la intensidad del consuelo que dan sus libros que los lectores entablan una relación fuertemente afectiva y cómplice con la autora que no sólo se expresa en el hecho de llamarla por su nombre. Con Clarice uno está más solo, y a la vez más acompañado. El sentimiento tiene ese momento de universalidad: lo que sentimos ya lo sintió otro y otro lo volverá a sentir. Un consuelo áspero, una terapéutica del despojo.

* Del prólogo de Gonzalo Aguilar a El via crucis del cuerpo (Corregidor, 2011).
** La vida íntima de Laura (Sabina, 2008).
***  Gilles Deleuze en Crítica y clínica (Anagrama, 1996).