Prohibido abandonar el barco

Quiero naufragar

Por Guillermo Piro

20/01/12 - 10:57

 

En momentos en que se refuerza la idea de que el capitán Schettino debe ser sacrificado en el altar de los chivos expiatorios, damos por concluido el debate y nos centramos en la lista de cargos, no ya qué podrá hacerse al pobre capitán, sino los que no tiene sentido que le hagan. En estos días se oyeron muchas cosas, entre ellas que el capitán Schettino, en el momento del incidente, estaba “enfiestado” (cosa que en boca de una jueza argentina –buena nadadora– sonaba de un modo extraño, casi como si ella lo hubiera visto todo); que en ese preciso instante, e incluso después de ese preciso instante, el capitán había pedido su cena habitual, para él y una joven acompañante moldava y rubia; que todo tuvo su origen en la decisión del capitán de hacer “la reverencia” en honor de un maître oriundo de la isla de Giglio, cosa que no llegó a realizarse porque el Costa Concordia encalló en unas rocas que causaron un corte de 40 metros en el casco y el posterior naufragio.

El año pasado hice ese mismo viaje. No en el Concordia, pero sí en el Costa Pacífica, un barco igualmente gigantesco, lujoso y encantador. En una entrevista que nos concedió el capitán fuimos informados de muchas cosas, entre ellas, que el capitán es más bien un excelentemente vestido agente de relaciones públicas, que sólo debe pisar el puente de mando a la hora de entrar y salir de un puerto, pero que el resto del tiempo puede tranquilamente pasear por cubierta, sacarse fotos con los pasajeros o, llegado el caso, enfiestarse como Dios manda. La edad de los viajeros de esos cruceros oscila entre los 75 y los 80 años. De modo que siendo uno capitán y haciendo un aburrido y minucioso estudio del perfil de los viajeros, es probable que una vez divisadas a dos viajeras jóvenes que no viajan ni con su esposo, ni con su novio, ni con sus padres, se conviertan para él en un trofeo al que dedicará todos sus esfuerzos, todas sus miradas, todos sus trajes y todo el lustre de sus zapatos. Cosa suya. La idea de que el capitán deba permanecer durante todo el viaje en el puente de mando oteando el horizonte y mirando a través del ojo sin alma de un catalejo es un poco infantil.

Otras personas se ocupan de eso –a quienes Schettino se ocupará de culpar del desastre oportunamente–.  Lo que convierte a Schettino en el culpable de todo es, justamente, su modo un tanto improbable de no tomar cartas en el asunto.

Un capitán no debe, en ninguna circunstancia, abandonar un barco. No se trata de una cuestión de honor, como en los tiempos de Melville: está penado por la ley. El capitán debe quedarse a bordo y organizar la evacuación. Se sabe que nadie está exento de cobardía, es posible que la primera pulsión de un capitán sea mandarse a mudar, pero no puede hacerlo. Si Schettino se hubiera amarrado a una columna, como Ulises, y hubiera sido el último en abandonar el barco, hoy sería un héroe. No sólo no lo hizo, sino que el anecdotario posterior al siniestro  no hace más que magnificar su condición de cobarde. Las últimas noticias hablan de que él no quiso bajarse del barco, sino que se cayó dentro de un bote salvavida, y dado que al parecer en esas circunstancias esos botes son tan codiciados... Como si fuera poco, al bajar del bote, ya en tierra, se mojó los pies; tomó un taxi hacie el hotel y, según declaró el taxista, antes de descender le preguntó dónde podía, a esas altas horas, comprarse un par de medias.

En cuanto a los pasajeros... Nunca dejo de ver a los náufragos como privilegiados. Naufragar es una experiencia única, una de esas experiencias que –yo al menos– quisiera vivir alguna vez. Pero con un naufragio a 200 metros de la costa, con la posibilidad de demandar a la empresa naviera por 200 mil euros (a razón de mil euros por metro, o sea mil euros por brazada), no me avergüenzo al declarar que los sobrevivientes me despiertan una profunda envidia. No estoy solo en esta cruzada pro naufragio. Cuando en 1988 trabajé en el buque plataforma DLB 1601, haciendo un viaje de Hamburgo a Río Grande, tuve ocasión de escuchar la misma frase en boca de los marineros canarios que viajaban conmigo. A la hora del almuerzo, si el tiempo era bueno, en algún momento uno de ellos levantaba la cabeza y exclamaba con tono contrito: “¡Qué lindo día para naufragar!”. Pregunté el significado de esa frase, y la explicación resultó de lo más literal: todos deseaban naufragar. Llegado el caso, las lanchas de salvataje –provistas de motor y techo de fibra de vidrio, butacas para 30 personas y provisiones y agua para diez días– los llevarían a Dakar, pongamos, en apenas una pocas horas; y a la vuelta a casa tendrían asegurado el dinero como para ponerles un negocio a sus mujeres y ellos poder dedicarse a lo que más ansiaban en la vida: a no hacer absolutamente nada, y sobre todo no volver a subirse a un barco.

Algo similar ocurre con un personaje de Una ciudad flotante, de Verne. Clara novela de anticipación, en las que Verne era especialista, en ella un transatlántico, el Great Eastern, un lujoso y gigantesco barco de vapor, une las ciudades de Liverpool y Nueva York. La novela es exraordinaria por muchos aspectos, pero principalmente por la presencia de un personaje secundario, Dean Pitferge, que ha realizado la misma travesía entre Liverpool y Nueva York, ida y vuelta, infinidad de veces, porque todo lo que le pide a la vida es naufragar. Al final de la novela, después de un secuestro, una sesión de hipnosis, un duelo con floretes y un rayo que calcina a un espadachín, el narrador recibe una carta de Pitferge, el aspirante a náufrago, llena de estampillas de colores. La carta dice: “A bordo del Coringuy, arrecife de Auckland. ¡Al fin hemos naufragado! Soy el hombre más feliz del mundo”. Otro personaje, esta vez de Juan Rodolfo Wilcock, tiene aspiraciones parecidas. En uno de los cuentos de El estereoscopio de los solitarios, Gromibo es un empleado bancario a quien la lectura de Robinson Crusoe lo lleva a transformar el departamento donde vive en una isla desierta. Se deshace de los muebles, la heladera, de todas las comodidades burguesas cuya existencia sería imposible o inútil en una isla desierta, y se propone volver a empezar de cero. Eso no le impide cumplir con sus obligaciones en el banco para el que trabaja, de donde nunca regresa sin traer algún objeto útil para su supervivencia en la isla. Vive con su esposa, a quien, como era de esperar, ha llamado Viernes. Por la noche, Gromibo enciende la lámpara de aceite de tiburón, se abraza a su esposa cerca del fuego y juntos escuchan el grandioso silencio de la noche. “Pero a veces –concluye el relato– él se levanta y, dirigiendo la mirada confiada hacia los vidrios de la ventana empañados por el frío, velados por la lluvia, murmura: ‘Si una nave pasara...’.”

Naufragar es una bendición que a pocos les ha sido concedida. Lamenté tanto no haber estado a bordo del Concordia, que ruego a aquellos que tengan pensado hacer una travesía en un barco hechizado, poco confiable y capitaneado por alguien portador de mala suerte, incapaz y cobarde, no dejen de avisarme.