asuntos internos
El flagelo del flagelo
Hay un blog que se ha propuesto monitorear los flagelos. Los flagelos (del latín flagellum) son esas afirmaciones altisonantes, moralizadoras y por lo general totalmente inútiles pronunciadas por personajes y redactores ilustres y no tanto, y que a los diarios les gusta mucho poner en titulares. Hacen referencia a todo aquello que una y otra vez suele azotarnos como un látigo, y que aún así no deja de usarse. El blog es de una sencillez pasmosa, casi se diría obscena, y su cometido y el modo de presentarlo resulta sorprendentemente complejo y utilitario: dar cuenta del uso de una simple, banal, fea palabra, a la que los redactores echan mano con la sencillez con que usan una preposición cualquiera o un nombre propio. El blog en cuestión, por alguna razón, dejó de actualizarse hace exactamente un año, pero ahora (maravilla de maravillas), ha aparecido una cuenta en Twitter llamada @flageloflagelo que sistemáticamente hace lo mismo que su antecesor.
Encontramos allí menciones al flagelo de las peleas entre barras en Mataderos, al flagelo de la violencia en Venezuela, al flagelo de los ataques vandálicos en las escuelas de la ciudad de La Plata, al flagelo de los incendios, al flagelo de la pedofilia, de la inseguridad y de las drogas, al flagelo de la siniestralidad vial, al flagelo del narcotráfico, del paco y de la corrupción, al flagelo de la violencia de género, al del trabajo infantil y del fuego, al flagelo de las fugas de gas, al flagelo de la sobrevaluación de las obras gubernamentales, al de los desarmaderos ilegales, al del aburrimiento, al de los prostíbulos disfrazados de pubs, casa de citas y wiskerías que operan hoy en la provincia de Buenos Aires, al del robo de cables pertenecientes a las redes de luz y de teléfonos.
Bajo el hashtag #Elflagelode (un hashtag es una cadena de caracteres formada por una o varias palabras concatenadas y precedidas por un numeral (#): representa un tema en el que cualquier usuario puede hacer un aporte personal respecto al asunto abierto con solo escribir la cadena de caracteres tras el numeral que da nombre a ese tema), muchos usuarios se han sumado a una lista que ya está alcanzando el aspecto de una infección: desde el flagelo “del auricular enredado” hasta el flagelo “de andar en bici con una teta afuera y darte cuenta recién cuando llegaste a destino”, pasando por el flagelo “de los subtítulos que no coinciden con la película”, el “de las voces en off con vestigios de acento argentino”, “de la mala anfitriona”, “de la cama solar” y el “de las mujeres que bajan el aire acondicionado en el trabajo porque tienen frío”.
Es extraño y divertido a la vez, pero pareciera que cualquier cosa es pasible de elevarse a la categoría de flagelo. El asunto es que cuando cualquier particularidad se propaga de un modo tan incontrolable, su utilización pierde eficacia y hasta resulta grotesca. Si todos son locos, nadie es loco –o a lo sumo, el loco pasa a ser el cuerdo–. Si como dijo el ex presidente de Uruguay Jorge Batlle: “Todos los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último”, ninguno es ladrón. Si todos los traductores son traidores, entonces ninguno lo es.
Tal vez mi lógica no se sostenga del todo, pero si cualquier cosa resulta ser un flagelo, tiendo a pensar que vivo en el mejor de los mundos posibles. Y ya sabemos que no es así, de modo que lo que debe de fallar es la palabra flagelo, el verdadero flagelo que es necesario desterrar prestamente.



22/01/12 - 12:25