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Presumo que cualquier candidato presidencial en campaña se ve con frecuencia en la necesidad de pronunciar mentiras: decir que hará lo que sabe que no hará. Pero entiendo que en ocasiones no se trata exactamente de eso, sino de la formulación de promesas sinceras que luego, ya ganador, ya en el poder, comprende que no va a poder cumplir más allá de sus intenciones previas. Me pregunto a cuál de las dos variantes pertenece la promesa incumplida de Barack Obama de cerrar el centro de torturas que administra Estados Unidos en Guantánamo. ¿Lo prometió sabiendo que no cumpliría, o se proponía hacerlo y luego supo que no le iba a ser posible?
Ahora Obama está en campaña una vez más. No sé qué hará con aquella promesa, si retomarla y relanzarla hacia el futuro o si dejarla caer en el olvido. El punto es sin dudas delicado para un país que se autopercibe como garante de la libertad en el mundo, el vigía y el garante del respeto a los derechos humanos: ¿cómo es posible Guantánamo? No se trata solamente de la práctica consabida de perpetrar sus aberraciones casi siempre en otro lado; se trata de desplazarlas hacia un sitio casi abstracto, como en una especie de realidad paralela, al borde del “ningún lugar”. Si es cierto lo que Marc Augé teoriza acerca de los “no lugares”, podría suponerse inclusive que los aeropuertos son, en escala indolora por comparación, un laboratorio donde probar las técnicas de conversión del distinto en sospechoso y del sospechoso en culpable, y de los métodos de interrogación implacable previo desnudamiento del interrogado.
Cuando esta clase de cosas pasan en lugares tan abstractos y vagos, se prestan con mayor facilidad a ser omitidos, diluidos, vaciados; como si en verdad no pasaran. Los asaltos a consulados o embajadas norteamericanas, como el que se produjo hace poco en Bengasi, no dejan de ser una manera terrible de devolver una noción de territorialidad concreta a esa especie de territorialidad difusa de lo que pasa en ningún lugar. Con Guantánamo no se puede: es la quintaesencia del dispositivo. No es la excepción a la regla, sino la regla. No es la trampa que se le hace a la ley, sino la ley.
¿Podía acaso cerrarla Obama? ¿Podría cerrarla, acaso? Si fuese completamente sincero, tal vez podría o debería declararla capital de los Estados Unidos de América. O capital de su mala conciencia por lo menos, que es casi como decir lo mismo. Veamos cómo sale del paso en estos días, cada vez que le planteen el asunto.
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