Publicado en edición impresa de entre presiones y resultadismo  

Sensación de que no hay futuro

  • Por Gonzalo Bonadeo | 27/10/2012 | 22:48
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El señor A le pregunta al señor B si, en el caso de que perdiera con Boca, River volvería a entrar en zona de descenso. El señor B, equivocadamente, le contesta que sí. A partir de esa conjetura –quizás intencionalmente inexacta–, el señor A insiste: “Entonces habría que volver a hablar de crisis en River”. “Claro”, coincide el señor B. Y automáticamente desde ese momento se eyecta una serie de escenarios caóticos que, por cierto, no pueden detenerse en la posibilidad de que River deje de tener entrenador, sino que apuntan a que quien escucha se quede con la sensación de que entre River y la Franja de Gaza lo único que difiere es la lengua que se habla. Se trata, ni más ni menos, de una de las infinitas maneras que parece haber para meterse en clima de clásico. Seguramente, una de las menos escrupulosas. A cualquiera que se le cruce por delante un diálogo similar no se le pasaría por la cabeza la posibilidad de que se tratase de una simple mala praxis periodística, sino más bien de una de las tantas formar de sumar aguinaldos que parece haber en nuestro medio. Tampoco sobreestimen tanto. No falta quien lo haga gratis, de burro nomás. (Aclaración: es costumbre en el ambiente, además, cooptar a varios de esos burros).

Si dejara fluir mi habitual mal humor tan malamente volcado con frecuencia en este espacio dominical, seguramente dispondría de muchísimos más elementos para justificarme que intentando imaginar que realmente valga la pena parar todo durante dos horas a partir de las 15 de hoy. Lo de parar todo queda sujeto a que las amenazas de dejarnos sin energía no se cumplan justamente a la hora del regreso del River-Boca a nuestras mesas.

Por razones que no consigo explicarme, tengo la necesidad de imaginar un gran espectáculo. Descarto lo de las tribunas: el clásico por excelencia de nuestro fútbol ha dejado hace rato de ser un gran espectáculo en las tribunas. Y así seguirá siendo en tanto se dé a los visitantes el mismo espacio que a cualquier otro equipo ya no del país sino del continente. Hoy por hoy, un gol de Boca en el Monumental o uno de River en la Bombonera suena por los micrófonos de ambiente con la misma intensidad que uno de la U de Chile, San Martín de San Juan o el Slovan Bratislava.

¿Qué necesitaríamos para que el de hoy sea, efectivamente, un gran espectáculo? Por ejemplo, que River consiga trascender desde la mitad de la cancha de la mano de un doble cinco muy superior al de su rival –Ponzio y Cirigliano son sustancialmente superiores a Somoza y Erviti tanto en la recuperación como en la distribución de juego– y disimule por la derecha, con Sánchez, una capacidad de desborde que difícilmente encuentre por izquierda, con Aguirre y Funes Mori. Por ejemplo, que Boca encuentre al Chávez perdido del último año y medio, que Sánchez Miño no quede ya como único eje de juego creativo y vertical sino como una pieza circunstancial y sorpresiva de desequilibrio y que Schiavi y Burdisso no les dejen como única alternativa apuntar con el pie cincuenta metros más allá para convertir a Silva y a Viatri en equivalentes de Fabricio Oberto pero sin la posibilidad de usar las manos. Dejo a su criterio no sólo objetar lo mencionado sino sumar otras posibles variantes que nos permitan disfrutar del partido. Sugiero no incluir las jugadas con pelota parada como fuente de desequilibrio: que los equipos dispongan de hombres como Trezeguet, Schiavi, Bottinelli, Burdisso, Funes Mori, Viatri o Silva no quiere decir que se caractericen por hacer goles desde esa vía. Es decir, si algo bueno sucediese al respecto, no habría que pensar tanto en las virtudes de quien ataca sino en las imperfecciones de dos equipos a los que, además, suelen dañar por esa vía.

Necesitaríamos, eso sí, que, logrado algún desequilibrio –si esa rareza llegase a suceder–, los responsables de administrar una eventual ventaja no se desesperen por protegerla como quien guarda un billete bajo el colchón, sino que intenten cuidarla a partir del obvio y tan poco ponderado objetivo de ampliarla. Difícil imaginar que desde los bancos, sobre todo el visitante, se intente trascender justamente en un partido tan delicado.

Que vale estadísticamente tanto como cualquier otro, pero que parece de una sensibilidad tan extrema como para imaginarle límites a la gestión de cualquiera que esté vinculado con la camiseta perdedora, sea éste jugador, técnico, dirigente o periodista partidario. Tal vez por eso, uno siente que en un River-Boca los protagonistas salen decididos a poco. Como tratando de explicarnos que el asunto no es la urgencia por ganar –aunque ambos necesitan ganar–, sino la desesperación por no perder. Ante un partido como éste, la sensación que se tiene es que no hay futuro. Y pasa a convertirse en interesante una posibilidad que ni el hincha genuino de River ni el hincha genuino de Boca suelen aceptar para sus equipos: la posibilidad de que el empate satisfaga.

Desde hace rato atravesamos tiempos en los que muchos hinchas de fútbol, más que a disfrutar de tan maravilloso juego, aspiran exclusivamente a que su equipo gane. Y no tanto por la sensación que produce una victoria, sino para poder gastar al otro. La ecuación es sencilla y el placer se duplica: si gano, no pierdo. Ergo, gasto y no me pueden gastar.

El problema de fondo que tenemos es que muchos técnicos y demasiados jugadores piensan básicamente desde esa lógica. Y, lejos de buscar jugar el juego que juegan mejor que los demás mortales, apenas buscan tener una semana tranquila camino al próximo viaje hacia la mediocridad.

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