Publicado en edición impresa de miradas en profundidad sobre la protesta del jueves  

Crónicas de una marcha politizada, sin políticos

Seguridad, respeto a la Constitución, justicia y libertad fueron los reclamos que dominaron las pancartas –en su mayoría, improvisadas– de los manifestantes. Eso sí: sin simbología partidaria. Aquí, dos crónicas sobre el 8N.

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Retorica. La marcha tuvo de todo: gente que pidió alternativas pero se admitió sin respuestas. La fragata Libertad fue una constante entre los reclamos inminentes, pero pedir cambiar a CFK por su par uruguayo fue nuevo. El ingenio popular incluyó la estatua de Olmedo y Portales en pleno Centro porteño, y el Obelisco concentró las demandas formales. |

Pablo Marchetti*
Una bolsa de gatos... y no tiene nada de malo
“Esto es una bolsa de gatos”. Semejante definición de la marcha del 8N no la dio Aníbal Fernández, Julio De Vido o Andrés Larroque. Mario toma de la mano a Eleonora como quien se aferra a la única convicción que le produce estar parado a pocos metros del Obelisco. “Es una bolsa de gatos”, insiste Mario, “por eso no es fácil estar acá”. Eleonora, su mujer, asiente: “Sé que muchos de los que están aquí hoy mañana estarán en la vereda de enfrente. Pero hoy debemos defender cosas básicas como la justicia o frenar el proyecto de re-re”.
Tienen razón: esta manifestación es una bolsa de gatos y lo que une a los manifestantes no es el amor sino el espanto. Lo de la bolsa de gatos suena a pelea inminente, pero aquí corre una gran vocación de diálogo. Los manifestantes quieren que el Gobierno escuche y tienen mucho para decir.
Debo admitir que fui algo temeroso a la marcha. Suponía que el hecho de trabajar como columnista en un programa de televisión con una línea editorial oficialista me convertiría en blanco de los manifestantes. Nada que ver: lejos de hostigarme con insultos, golpes o exabruptos, no paraban de hablarme, de explicarme por qué estaban ahí y qué estaban reclamando. Y como no era un reclamo, sino muchos, me pasé unas horas escuchando.

Puede que haya sido una bolsa de gatos. Pero más que eso, el 8N fue un Muro de los Lamentos, con una vaga y amplísima convocatoria general, que se llenaba de muchísimos reclamos particulares. Más que un Muro de los Lamentos, un Muro de Facebook. O un tuiteo analógico y masivo, como bien definió la profusión de pancartas individuales ese gran artista que es El Niño Rodríguez.
“Los únicos que agitan golpes son ustedes. Basta de relato”, decía uno de estos tuits analógicos. “Menos cadena nacional, más cadena de asesinos”, decía otro, y la lista seguía hasta el infinito: “Prensa libre”, “Respeto”, “No soy gorila ni nadie me arrea”, “Basta de mentira y cinismo”, “No a la re-reelección”, “Clarín miente con su plata, Cristina miente con la mía”. Hasta que alguien doblaba o triplicaba la apuesta: “Democracia plena sin bloque hegemónico ‘gramsciano’ del poder”.
El señor que tiene semejante cartel viste camisa blanca, bermuda azul, alpargatas azules, y toca insistentemente el silbato. Se llama Osvaldo, es canoso, tiene 69 años y desde hace treinta vive en Río de Janeiro. Dice que este gobierno es gramsciano: “Gramsci fue un comunista italiano que decía que para controlar a la prensa no había que hacer como en la Unión Soviética, donde se reprimía a los opositores y se los mandaba a Siberia, sino que había que dejarlos sin papel. Por eso digo que este gobierno es gramsciano y tiene como intelectual de consulta a un gramsciano como Ernesto Laclau”. No tiene una alternativa clara: “Como oposición a este gobierno pondría a un demócrata que ame el diálogo”.
A su lado, pasa una mujer con una pancarta donde se lee: “#losvamosajuzgar”. Y luego dos carteles más grandes, de esos de tela con dos palos a los costados. Uno dice: “Suboficiales junto al pueblo” y el otro: “Barrick se escribe con K”. Más allá, un chico y una chica, 19 años, miran con atención. Ella tiene la cara llena de piercings. “Vengo porque no puede ser que quienes ganan menos de 10 mil pesos tengan que pagar impuesto a las ganancias. ¡Si mil pesos se te van como si nada en el supermercado!”, se queja.

Pasan unos laburantes vestidos de blanco, con gorro y delantal, arrastrando una vaca de plástico sobre rueditas. “Miles de trabajadores de la carne desaparecieron por las políticas de este gobierno”, grita uno por un megáfono. Llegan al Obelisco, donde se puede ver reflejado por la luz la consigna “Unidos y en libertad”, en obvia respuesta al “Unidos y organizados” del oficialismo.
Abajo del Obelisco hay dos carteles sobre una bandera argentina: “La Fragata no se entrega”, dice uno, en alusión a la fragata Libertad. El otro: “Hoy todos los argentinos somos Gendarmería y Prefectura, FF.AA. y de seguridad. Familiares y civiles en apoyo a nuestros nobles compatriotas. ¡Viva la democracia! ¡Viva la Patria!”. Otra pancarta-tuit: “Si defienden el voto a partir de los 16 años, defiendan el derecho de los ciudadanos a que se castigue a menores cuando cometen un crimen”. ¡137 caracteres!
Si la gente me reconoce, me habla. Hay un tipo que me sigue con la mirada. Me voy hacia otro lado y me sigue, ahora caminando, hasta que me intercepta. “Vos sos el de Duro de domar, ¿no?”, me pregunta. “Sí”, respondo y pienso cómo voy a hacer para esquivar la trompada. “Yo te veo, me divierte el programa”, dice, para mi asombro.
Se llama Héctor y tiene 69 años. “El Gobierno hizo muchas cosas buenas, como las jubilaciones. El problema es que miente tanto. ¿Por qué no dice la verdad sobre la inflación? Y después lo que están haciendo con los pibes… los llevan a Tecnópolis y con el cuento de que aprendan los terminan adoctrinando los de La Cámpora”. Arranca el “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura de los K”. Héctor se envalentona: “Y... esto es como una dictadura”.
No hay convencimiento en el cantito sobre la dictadura. Se canta, pero es rápidamente reemplazado si alguien comienza con el “¡Argentina, Argentina!”. También hay algún “Ole le, ola la, si éste no es el pueblo, el pueblo dónde está”, como para dar cuenta de que esa enorme marea mayoritariamente de clase media-media y media-alta también es el pueblo, que pueblo no es sólo ese morochaje poco presente en la calle esta noche y que suele pedir trabajo, sueldo digno y esos detalles.

La marcha no es muy variada en cantitos no porque no haya convencimiento de que esto sea parecido a una dictadura (o que vayamos hacia allí), sino porque no hay mística militante. Una comparación futbolera podría indicar que una marcha convocada por partidos políticos y/o sindicatos sería como una hinchada de algún equipo. En cambio, las marchas caceroleras están llenas de gente que va como van los hinchas a ver a la Selección: nadie sabe muy bien qué gritar y cada uno tiene un sentimiento muy particular y específico sobre el asunto.
Hay un marco de Selección: banderas celestes y blancas, la sensación de que sólo esos colores los une pero, sobre todo, un paladar negro en común. Los manifestantes quieren más seguridad, prensa libre, justicia independiente, no a la re-re, “basta de mentiras” y hasta “no a Monsanto”, como decía uno de los carteles-tuits analógicos. Pero no hay casi nada sobre desempleo, aumento de salarios, jubilaciones y otros reclamos más urgentes.
Claro que esto no quita el derecho a reclamar. Pero es evidente que si la coyuntura económica fuera favorable, los reclamos “republicanos” sobre calidad institucional no serían tan masivos. Porque la cantidad de gente que se movilizó es inmensa, la más masiva de la era kirchnerista, mucho más que las marchas de Blumberg, las de la Mesa de Enlace contra la 125 y hasta el velorio de Néstor Kirchner.
Curiosamente, hubo un punto en que esta marcha se pareció al velorio de Kirchner: la necesidad de los manifestantes de explicar por qué estaban ahí y de discutir política. En aquella ocasión, miles de jóvenes recién llegados a la política necesitaban decir lo suyo y se acercaban a quien quisiera escucharlos para charlar sobre Cobos, Carrió, Magnetto y la necesidad de “bancar a Cristina”. El jueves, miles de personas (jóvenes o no) también necesitaron decir lo suyo.
“Los primeros dos años del gobierno de Kirchner fueron los mejores de cualquier gobierno de los que yo viví”, dice Guillermo. Pero ahora estoy en la lona. Laburo en importaciones y me cagaron la vida, me estoy por quedar en la calle. Si no, no venía, porque los argentinos somos individualistas”.
Eso parece ser esta convocatoria: una suma de individualidades. Sí, igual que la Selección, donde juegan los mejores pero no logran conformar un equipo. Me cruzo otra vez con Mario y Eleonora, que siguen ahí, apoyando esto que no saben muy bien qué es y sin saber muy bien por qué. “Hay que construir una izquierda amplia, sin sectarismos y con capacidad de gobernar como en Uruguay o Brasil”, dice Eleonora, “una zurda que apoyó a Patricia Walsh y a Pino Solanas”.
Mario asiente. “Ya vinimos a la manifestación de septiembre y cuando vimos un cartel que decía ‘No queremos ser como Cuba o Venezuela’ nos fuimos ofendidos. Pero ahora volvimos. Medio desconcertados pero volvimos. Y ojo, hay muchas cosas del Gobierno que aplaudo: los juicios a los militares, la Asignación Universal por Hijo… que es poca y ‘para comprar electrodomésticos’, como dijo (Roberto) Gargarella, pero está muy bien”.

Esto es demasiado: un militante fustiga a Gramsci, otro elogia a Gargarella… no esperaba tanto nivel de debate. Y en cuanto a la bolsa de gatos, no hay dudas. Pero esto es Argentina y esto es política, aunque algunos insistan con la teoría de la antipolítica.
Cientos de miles de personas en la calle reclamando conforman una manifestación política. Y si es Argentina y es política, la bolsa de gatos se torna inevitable. ¿O en el oficialismo las cosas son muy distintas? Vamos, el 8N es política y merece una respuesta política. Y el que esté libre de bolsas de gatos que escupa su primera bola de pelos.

*Periodista. Ex director de la revista Barcelona.

Omar Genovese**
La resistencia, un fenómeno eléctrico
Entre la predicción de un fenómeno científico y la experimentación, existe la misma diferencia que entre estimar la velocidad de una estampida de rinocerontes y un rinoceronte acomodado en nuestras rodillas. Ayer, noviembre 8, estuve en la cruz de fuego: Callao y Santa Fe. En la obra de teatro El avión negro (Cossa, Rozenmacher, Somigliana y Talesnik, 1970) se evocaba la primitiva disputa entre peronistas y gorilas: la frase evocada por los autores culminaba con “... será una cruz de fuego Callao y Santa Fe”. Ayer no hubo avión oscuro en que pudiera volver el General, porque ya lo hizo, des-excomulgado y restituido en su rango por la casa militar: teniente general, como reza en Cangallo, o tirano prófugo. Lo que ayer volaba sobre la “heterogénea multitud” no eran las magnánimas manos amputadas cual ave nocturna amenazadora y vengativa, no, era un helicóptero de la Policía Federal, primero sobre el peneano monumento engalanado, luego sobre las gramillas ejemplares que decoran de forma turística La Plaza del universo simbólico que Mauri cree propio, craso error.

En ambas ocasiones, cursores láser de diferente magnitud apuntaron a la cabina del piloto que (molesto por las inteferencias visuales) se desplazó tratando de esquivar la tecnología, operación que resultaba imposible, pues otros rayos venían a su encuentro. Cuando la nave espía del médico devenido en represor batmánico Sergio Berni sintió el rigor, salió presurosa: la multitud dejó de gritarles buchones para exponer un aplauso. “Van a contarle que no había nadie”, espetó mi vecino ocasional.
Tomé nota: cursor láser, buchones. Pero antes, a las 19.15 en punto, cuando la “columna” (¿no es un poco insolente llamarla así?, pienso en los obreros de la Semana Trágica, que enfrentaban al sistema de explotación salvaje, esclavista, poniéndoles el pecho a las balas, formando verdaderas columnas de choque, ah, pero dejemos el significado de los términos para otro momento)... vuelvo, cuando la masa manifestante bajaba por avenida Santa Fe hasta 9 de Julio y de ahí retomaba hasta el hito de Don Pedro de Mendoza, pude observar que un vehículo munido de parlantes vociferaba música que el DJ ambulante consideró propicia: la Marcha de Malvinas. Los golpes en la chapa del camioncito avisaron que la pieza musical era de otra galaxia y no representaba el paladar general, por lo que cesó la emisión para que una murga siguiera golpeando sus bombos con aire afrobrasileño. Tomé nota: masas, bombos. Ya en la plaza peraltada de Corrientes y la más ancha del mundo (20.05), allí donde en un día de diciembre de 2001 ardió un autito blanco desde la noche hasta las 10 de la mañana del día siguiente sin que a nadie se le moviese un pelo, utilicé la elevación para divisar la multitud. De donde veníamos, se extendía por más de ocho cuadras. Hacia Callao, Corrientes repleta hasta pasar Talcahuano. Hacia el Bajo, otro tanto. Hacia el Sur, se extendía por Av. de Mayo. Acudí a mi experiencia y calculé medio millón, tal vez un poco menos. ¿Provenían de una convocatoria en redes sociales? Comencé a preguntar: no, en cuarenta y cinco casos. No, entre otros veinte. Todos llegaban por la difusión mediática, tanto oficial como opositora (bah, medios hegemónicos, ¿no?). Tomé nota: ¿redes sociales? A las 21.05, la masa manifestante, ya sudorosa, enfiló cual ganado de pastoreo hacia La Plaza por North Diagonal. Pensé en meter las patas en la fuente. Es más, lo quise hacer, y una señora se acercó maternal: “Disculpá, soy médica, y el agua huele horrible, te podés contagiar algo”. Constaté que el rinoceronte había orinado allí, dejando un verdín infecto.

Ni eso, pensé, ni evocar la gesta ritual. Tomé nota: agua limpia. Por diez pesos me muní de una gaseosa en un puesto improvisado. Media plaza. A quince metros del monumento, las vallas de Batman dividían el frente de la Casa de Gobierno de los comunes, sostenidas por los cabeza de tortuga de infantería de la policía. Un dato: en todos los puntos de concentración, camionetas de la televisión, con antenita y cámara al techo. Este fenómeno está siendo transmitido en vivo, se lo está mediatizando. Tomé nota: la experiencia sensible.
En la zona de exclusión alejada del balcón insigne, durante más de una hora el intercambio de opiniones tenía un tono entre irónico y escéptico. No había descalificación. Lo entredicho surgía como natural, desde una educación superior anclada en una mirada hipercrítica. La responsabilidad era de la clase política toda, y un paso más: de la oposición en sí. Que no sabe, que sabe y se hace como que, que transa a espaldas del electorado. “Miralo a Binner, la va de progre y extiende la mano. La va de socialista y le cortan los dedos.” “¿Y Mauricio? Me bajo para que gobiernes y después se vende para hacer negocios inmobiliarios. Estos tipos creen que somos idiotas.” “Ahí tiene la clase trabajadora, cómo la benefician con la ley de ART, un acuerdo entre grandes capitalistas y la aristocracia sindical, para los que un accidente laboral es una baja aceptable.” “Que blanqueen, que hagan un mea culpa y se suban a un código de ética pública de una vez. ¿No querés ser juzgado por lo que robaste? Está bien, pero dejá de robar.” “Mani pulite. La política mafiosa debe ser erradicada. Por eso no quieren el voto electrónico, la fuente de poder que tienen es eso de manejar el voto de manera patotera como en todo el Conurbano.” Tomé nota: la democracia que logramos (y el plural no es irónico).
Hacia el final, cuando la evacuación fue silenciosa y tan anónima como la convocatoria (no vi político alguno, aunque luego verifiqué en los medios sus mutaciones preventivas), el tema era qué significaba la protesta para la clase política.

Unos apostaban por la negación de la realidad, otros que la descalificarían, también que la soberbia del poder los hacía inmunes. “Habrá que participar y votar con más exigencia”. Pregunté si a esto no seguirá una escalada de violencia. Todos dudaron, y uno en particular, jubilado, 74 años, de Núñez, dijo: “Qué violencia, el séquito es de militantes rentados, al primer tiro no queda nadie”. Recordé la escena de la playa en el film Apocalypse Now, cuando explota el napalm entre los árboles y el teniente coronel Bill Kilgore (Robert Duvall) dice: “Esto es olor a gloria”.
Repasando las notas, en mi mente se configuraban una serie de hipótesis insostenibles, confusas, hasta que apareció la palabra maldita a todos los procesos sociales humanos: oportunismo. Para el oficialismo, la manifestación es oportunismo en acto; para la oposición, un suceso oportuno; para la izquierda, un reclamo por falta de oportunidades para sus ambiciones de clase. ¿De qué fui testigo? ¿De todo eso? No. Sí de una desilusión básica, fatídica, incluso resignada. “Nadie tiene la capacidad política de capitalizar esto, ése es el límite.” Resonó la frase de la médica que impidió la incursión naval de mis extremidades inferiores, y concluyó: “Cuanto más financian la miseria, hay menos trabajadores, y cuanto más brutos, sin oficios, más sumisos. No descubrieron nada, solamente aplican la vieja fórmula para perpetuarse en el poder”.
Desde mi concepción testimonial, todos los allí reunidos cometían el error de reclamarle a un Estado que está para sojuzgarlos, piden al monstruo que ayudaron a crear que sea menos estricto. Cayeron en la trampa de la propiedad privada y en la moralina de una Justicia hipócrita que sigue ciega hasta hoy. Por eso nadie preguntaba por Julio López, y menos por Luciano Arruga.

**Escritor.

 

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