Publicado en edición impresa de respuestas ante los desafios  

Lo que viene, más de lo mismo

La historia del Gobierno de los Kirchner da algunas pistas de la dirección que podría tomar la economía en respuesta a la movilización del 8N

En las democracias republicanas no existen gobiernos hegemónicos, por definición. En esas sociedades, la independencia judicial le pone límites, explícitos y rigurosos, al intento de un gobierno, cualquiera fuera, de “hacer lo que se le canta”. Cuando, en un marco supuestamente republicano, un gobierno hace lo que se le canta, es que algo, institucionalmente, está fallando.

Después de la elección de 2011, la Presidenta interpretó que el caudal de votos recibidos y la distancia con el resto la habilitaban a hacer lo que quisiera, en particular, llevar al poder a una facción de su entorno, caracterizada por posiciones estatistas y fuertemente intervencionistas en materia económica y, desde lo político, por despreciar el marco institucional republicano, un “obstáculo” para “profundizar” el modelo.

Si se me permite la analogía, quizás algo forzada, con el segundo mandato de la Presidenta, llegó al poder una especie de “tea party” interno del Frente para la Victoria. Es decir, un grupo extremista, relativamente minoritario, dentro de un partido mayoritario, pero con capacidad de acción e influencia.

Ahora bien, sin independencia judicial, sólo existen hoy tres límites para este Gobierno. Primero, el que le plantea la realidad de una economía globalizada y altamente interdependiente. Segundo, el que le genera el propio frente interno del partido, incluyendo al sindicalismo, y otros partidos políticos que, si bien comparten casi mayoritariamente las ideas estatistas e intervencionistas, como muchos argentinos, les molesta el “estilo” y algunas consecuencias de las políticas instrumentadas (viendo, falsamente, como “efectos secundarios” de una mala praxis, lo que es, en realidad, un mal modelo). El tercer y último límite, es el que surge de una parte de la sociedad, movilizada a través de las redes sociales, también, contra las “formas” y las consecuencias del modelo populista extremo (aunque algunos de los que se movilizan, como sus representantes en los partidos políticos, no alcanzan a deducir la relación entre el populismo “light” que apoyaron con el voto en 2011, y su actual evolución hacia el populismo “hard”, cuyas consecuencias, los lleva a protestar).

Es en ese sentido que lo sucedido con la multitudinaria manifestación del 8N resulta un límite activo a la expansión del “extremismo”, que se suma a la de los legisladores que firmaron un compromiso contra la reforma constitucional y la habilitación de la reelección.

La reacción de esta facción que encabeza la Presidenta, frente a estos tres límites, ha sido clara. Ante el límite de la globalización la respuesta ha sido la autarquía, el aislamiento y el cierre de la economía. Como se ha explicado, “los dólares son para financiar la reindustrialización”. Eufemismo para decir, financiar los pagos mínimos que requiere “vivir con lo nuestro”. Sumado a la pesificación forzosa, que permite usar la emisión del Banco Central y el impuesto inflacionario, para financiar el derroche estatista, sin temor a que ello se transforme en pérdida de reservas. En otras palabras, lo que es hoy visto por parte de la sociedad como un “problema” es lo que el Gobierno ofrece como “solución”, escudado en un mundo que se nos cae encima. Para el segundo límite, el de su partido, incluido el sindicalismo, el “tea party” tiene previsto una combinación de presión desde el manejo de la caja a gobernadores, obras sociales, etc. Y la cooptación de cargos electivos, para las listas del año próximo.

Finalmente, para el tercer límite, el que, como se mencionara, marcó el 8N una parte de la sociedad, el Gobierno espera ansioso el 7D, dado que su diagnóstico es que las movilizaciones que surgieron tanto en 2008, con la crisis del campo, como ahora no son producto de la genuina espontaneidad de redes sociales, si no del “lavado de cerebro” que ejercen medios de prensa monopólicos, sobre una población que “ya entenderá” .

Dicho todo esto, mi diagnóstico –y espero equivocarme–, es que lejos de moderarse, frente a lo sucedido el 8N, la facción gobernante seguirá redoblando apuestas, hasta que la sociedad argentina, a través del voto, logre instalar liderazgos que reconstruyan las instituciones de la República.

Finalmente, en economía, eso es más de lo mismo, con un escenario realtivamente mediocre, y dependiendo, paradójicamente del campo y de la Reserva Federal.

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