ensayo

Historia de la violencia

Historia de la Argentina olvidada. 1810-1955 (Ed. Edhasa) es el relato de aquellos acontecimientos que expresan, mejor que nada, nuestra identidad. Ignacio Montes de Oca analiza los sucesos argentinos desde Rosas y la Mazorca hasta el bombardeo de Plaza de Mayao, en 1955, pasando por la Campaña del Desierto hasta la Liga Patriótica Argentina con una mirada particular: qué hizo que nos convirtiéramos en la sociedad que somos.

Por Ignacio Montes de Oca

05/02/12 - 12:22

 

La retórica y la violencia aplicadas contra el otro diferente son los dos grandes males que explican los trastornos históricos de la Argentina. La violencia es hija de los discursos fanáticos. Y la retórica se usa para justificar la revancha y reiniciar la ronda del terror. Esta cinta de Moebius dominada por la intolerancia es una descripción acertada de la sociedad argentina del Bicentenario.
Los argentinos seguimos comportándonos como si aquel que expresa alguna diferencia fuese un enemigo al que hay que discriminar, perseguir, derrotar y, en determinadas circunstancias, eliminar por completo. El origen de las discrepancias puede ser económico, de clase, político, racial, sexual, étnico, de nacionalidad e incluso estético, musical o deportivo. Siempre hay a mano una excusa para iniciar verdaderas cruzadas contra el otro.
¿De dónde viene semejante carga de violencia y por qué nos resulta tan difícil terminar con esa idea de que el diferente es un enemigo? Tantas víctimas a lo largo de los años hacen que sea urgente encontrarles respuesta a estos dilemas. Esa ausencia de respuestas tiene mucho que ver con nuestra obcecación en insistir en que somos una sociedad armónica y abierta. Al negar nuestra intolerancia, se torna prácticamente imposible abordar nuestros problemas de convivencia con el otro.
Si nos guiáramos por los libros de Historia usados para educar a las nuevas generaciones o por la opinión del ciudadano promedio, el nuestro es un país idílico en el que a lo largo de dos siglos todos convivieron en concordia con algunos, muy pocos, episodios de violencia. Cada vez que llegan desde el exterior las noticias sobre desórdenes, abusos contra minorías u ofensivas conservadoras, muchos suelen decir indignados: “Acá no es así”.
Y lo que es un agravante: suele pensarse que, si somos una sociedad virtuosa, nuestros problemas, necesariamente, tienen que venir de los enemigos externos siempre ocupados en obstruir nuestro destino de grandeza o de los adversarios internos a los que se debe excluir para proteger nuestro siempre venturoso futuro como nación.
Pero de la responsabilidad del pueblo argentino en su conjunto suele decirse poco o nada. Nuestra dedicación casi obsesiva a la hora de demoler al adversario y sus ideas es un factor que casi siempre está ausente de los análisis del fracaso argentino.
La culpa siempre es del otro, del extranjero, del que no comprende a la vanguardia iluminada, del que no comparte la cosmovisión religiosa o política propia o del que no puede aceptar la primacía del pensamiento verdaderamente nacional y patriótico que cada uno dice representar. Es así que, junto a la hipocresía de la sociedad armónica se construye el mito subsidiario del país víctima para esconder la realidad de la sociedad victimaria. Ese otro siempre es más poderoso, más antipatria, más peligroso de lo que aparentaba. Pero eso se descubre recién cuando queda atrás el tiempo de la furia.
Es quizá la ausencia de autocrítica lo que hace que la Argentina siga siendo un reservorio de prácticas intolerantes que involucran a la mayor parte de su población, ya sea como protagonistas de la discriminación, porque con su silencio avalan la violencia o porque en algún momento son parte de ella.
No es posible encontrar un período de nuestros dos siglos de existencia como nación que no esté atravesado por patíbulos, castas discriminadas, ataques religiosos y xenófobos y la labia crepitante contra el adversario.
¿Cómo se construyó un discurso tan diferente entre lo que somos y lo que decimos ser? En 1910, cuando la Argentina se preparaba para festejar su centenario, comenzó a circular la idea del “crisol de razas y culturas”. Se quiso describir una aparente hermandad entre los aborígenes, los criollos y los inmigrantes. Pero aquella figura del crisol no es una inocente metáfora. Contiene un reconocimiento tácito de nuestra inclinación a no tolerar al diferente, antesala del ataque contra aquellos que no entran en el modelo impuesto por la hegemonía que ocupa circunstancialmente el poder.
El crisol es usado para fundir los metales. El fuego ensambla lo que la diversidad natural hizo surgir separado. Lo que se funde pierde así identidad dentro de la nueva masa, y luego los golpes de la fragua le darán la forma deseada por quien maneja el proceso. En tanto, los que encarnan el poder se van sucediendo, la sociedad argentina se hunde una y otra vez en el crisol para depurar al nuevo diferente, a la escoria que sobra de la fragua.
Esa necesidad de igualar y homogeneizar todo supone la necesidad de negar la diversidad como valor positivo y de depurar los elementos que resulten indeseados. A lo largo de la Historia, esa práctica fue legitimada con la necesidad de crear una sociedad uniforme y el supuesto de defender la integridad nacional. Lo que queda fuera del molde patriótico de cada época, ese rescoldo irrecuperable, es el sujeto que paga el precio de la intolerancia argentina.
Pero, además, para sostener la negación de nuestra verdadera naturaleza, fue preciso manipular el pasado y adecuarlo a la necesidad de justificar la decisión ideológica propia. Arrojadas a la competencia contra el adversario, las diferentes corrientes ideológicas tomaron por asalto la Historia para agrandar la imagen de sus ídolos y destruir la reputación de las figuras antagónicas. En el mismo camino, se convirtieron los crímenes propios en actos inevitables de patriotismo y los ajenos en sucesos inspirados en una locura difícil de admitir.
De este modo, la violencia se volvía un asunto cuya justificación dependía de la prestidigitación argumental de quien la presentara. Es como esos juicios en los que la condena no depende de la responsabilidad del reo sino de la habilidad de su abogado para presentar los hechos de manera apropiada (...)
Este divorcio entre historia y realidad contribuyó a crear universos paralelos en los que las explicaciones avanzan sobre los hechos y los hechos se repiten sin una explicación objetiva. Viviendo en mundos incompatibles, las facciones se encuentran siempre demasiado lejos como para sentarse a buscar un mínimo de coincidencias y desactivar así las razones que las enfrentan, precisamente porque carecen de un campo común sobre el cual poder trabajar.
Sin una historia argentina consensuada que sirviera para la reflexión y el aprendizaje, la masacre de indígenas, el asesinato sistemático de judíos y militantes de izquierda a lo largo del siglo XX y la violencia política en las décadas del sesenta y setenta, por citar algunos ejemplos, sucedieron sin que hubiera una explicación objetiva que los uniera en forma coherente, ni una sanción histórica para todos los personajes que se vieron involucrados en las atrocidades.
Cuando los hechos son manipulados, cercenados y rearmados en forma arbitraria para favorecer una postura ideológica, se pierde la oportunidad de analizar los verdaderos motivos que les dan sentido. Si se trata de un acto de violencia contra el otro, es vital defender la búsqueda de la objetividad precisamente porque en el aprendizaje del pasado y sus consecuencias surge el antídoto contra la intolerancia.
Los países que emergieron fortalecidos de las diferentes variantes del totalitarismo no negaron la responsabilidad grupal en las atrocidades cometidas por un régimen que estuvo apoyado por la mayoría. Esa historia común, aunque resulte traumática, es la base para incorporar las enseñanzas que dejan los períodos más nefastos. Luego, en los comités políticos pueden fabricarse discursos a medida de cada grupo y ensayarse explicaciones para salvar la reputación de los ídolos de cada corriente. Sucede que, sin una admisión sincera de las responsabilidades y causas de cada período violento, los mismos factores que lo provocaron permanecen inalterados y el ciclo tiende a reanudarse tras un período de letargo. Veremos entonces cómo esta premisa se comprueba a lo largo de la historia argentina y cómo cada grupo usa esa historia parcializada para justificar sucesivos episodios de violencia contra el otro.
La tarea del historiador es presentar los hechos tal como sucedieron, para recién luego analizarlos. Si la observación de la historia es el ejercicio de la memoria colectiva, el pasado, considerado sin omisiones interesadas, sirve para describir nuestra esencia como sociedad en sus aspectos positivos y negativos. Recién ahí es posible establecer una mirada valorativa para explicar nuestro presente de un modo preciso y eficaz.
En la forma en que describimos nuestro pasado, establecemos referencias éticas y morales respecto de nuestro presente. Esa dialéctica entre el hoy y el ayer es precisamente la que decide si nos constituimos como una sociedad tolerante o preservamos las raíces de la intolerancia.
Hablar de nuestro pasado es describirnos en nuestro presente. Sigmund Freud escribió alguna vez que “la Historia no es el pasado. La Historia es el pasado historizado en el presente, historizado en el presente porque ha sido vivido en el pasado”.
El temor a lo inexplorado despierta resistencias y luego la violencia. A menudo decimos que los argentinos somos admirados y envidiados por nuestro desarrollo cultural. Esa definición se contradice con la brutalidad que impera en nosotros a la hora de comprender y aceptar las diferencias.
Quizás a fuerza de vivir dos siglos de violencia, la sociedad argentina prefiera refugiarse en esa ignorancia por resultarle tan conocida, antes que arriesgarse a transitar el aún casi intacto camino de la tolerancia.

*Periodista.