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Nuestro despojo

¿Y si fuera como dijo Morrisey: que las Malvinas son argentinas? ¿Y si fuera así, como dijo Roger Waters, aunque un rato después se desdijera? Lo afirman hasta las estrellas: las Malvinas son argentinas. Lo afirman hasta las estrellas británicas. ¿Cómo lo son, sin embargo, de qué manera? Habría que preguntarle a Morrisey, o puede que a Roger Waters. Porque tal vez podría pensarse que son argentinas justamente porque están perdidas. Que son argentinas precisamente así, lejanas, brumosas, tras su manto de neblina, largamente en manos ajenas. Se convierten, de ese modo, en la expresión cabal de un despojo. Y el despojo es un aspecto decisivo en el ejercicio cotidiano de sentirnos argentinos. Porque hemos estado tan seguros, por tanto tiempo, de nuestro inexorable destino de grandeza, tan convencidos desde siempre de que habríamos de preponderar en el mundo, tan persuadidos de estar situados justo en el centro del planeta (con un leve desplazamiento hacia el sur), tan confiados de nuestra importancia, tan creídos de que todos nos miran, tan orgullosos de ser tan europeos y habitar tan luego en América. Que somos el granero del mundo, por ejemplo, lo recordó el otro día el ex general Videla: “Si come la humanidad, es gracias a nosotros. Nuestros cuatro climas prueban que somos los elegidos de Dios”.

¿En qué curva oscura de la historia se perdió esa gloria, desapareció ese futuro, se nos esfumó esa grandeza? ¿Cómo fue que quedamos así: uno entre otros, ni mejores ni peores que tantos, un país en el montón de países? En alguna parte todo eso se perdió, o alguna vez nos lo quitaron. Nunca somos tan argentinos que cuando nos vemos o nos sentimos o nos creemos despojados. Porque de esa forma conseguimos explicarnos todo: lo que somos y lo que no fuimos. El despojo nos define.

Por eso, como dijo Morrisey, como dijo y desdijo Waters, las Malvinas son argentinas. Pero no para que las recuperemos, o no porque vayamos a recuperarlas. Lo son por perdidas y por inalcanzables. Lo son por despojadas. El monumento a las islas Malvinas, que está en la ciudad de Ushuaia, ciertamente su capital, dibuja su contorno como un hueco tallado en la piedra. El efecto es muy vistoso, porque la forma de las islas se llena con la vista del mar oscuro que se despliega justo detrás. Pero el sentido de esa forma es el agujero, y el sentido de ese agujero es la falta.

Si un día se lograra recuperarlas, las Malvinas serían un poco más argentinas. Pero seríamos un poco menos argentinos los argentinos.

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