Publicado en edición impresa de sudamerica y la crisis  

Las ilusiones perdidas

La idea de la integración regional como escudo protector frente a la dependencia internacional. Cuando la política va por delante de la economía. Luces y sombras del Mercosur en un mundo en constante movimiento.

  • Por Dante Caputo | 16/06/2012 | 23:11
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Hoy trataremos cuestiones del Cono Sur de América. El domingo próximo observaremos la nueva evolución en Europa, con elecciones en Francia y, sobre todo, Grecia. En los meses por venir, cuando más lo precisaremos, el Mercosur –la experiencia de integración más importante de Sudamérica– se hallará frágil y en retroceso.

La idea de la integración se incorporó a nuestro mundo cotidiano. Sin embargo, hubo un tiempo en que fue ajena. Generaba recelos y evocaba fragilidades. Estaba confinada a la oratoria política, al lirismo de las tribunas. “La Patria Grande que soñaron nuestros Libertadores”.

Fue a partir de 1985 que la integración cobró contenidos. Empezó a referirse a cuestiones concretas vinculadas a nuestras vidas. Poco a poco, la idea de una región integrada dejó de ser lejana y ajena. Los 13 protocolos sectoriales con Brasil –particularmente sobre deuda externa, comercio y la cuestión nuclear–, algunos extendidos poco después a Uruguay, estuvieron en el origen del cambio. De allí, más tarde, nacería el Mercosur. Ese tránsito de la desconfianza a la esperanza no fue súbito. Se hizo paso a paso.

En 1983, Argentina había logrado enriquecer uranio, un logro mayor en nuestro desarrollo nuclear que Brasil alcanzaría pocos meses después. Una de las decisiones más audaces, que marcaron la integración, fue invitar al presidente José Sarney y a los técnicos nucleares brasileños a visitar Pilcaniyeu, a 70 kilómetros de Bariloche. Al poco tiempo, Brasil correspondió con una invitación similar para conocer su planta de enriquecimiento.

Lector, no habría que olvidar el pasado del que veníamos. Brasil y Argentina no tenían interconexión terrestre porque, aunque hoy parezca insólito, unos y otros consideraban que las carreteras y los puentes facilitarían las condiciones de invasión del otro. En este contexto, compartir nuestro desarrollo nuclear fue una ruptura con el pasado e implicó crear las bases de confianza política sobre la que se fundaba la integración. La política era anterior y marcaba los tiempos de lo económico y lo comercial, caracterizados por encuentros y desencuentros. La primacía de la relación política, de la que derivaban las otras, permitió llevar adelante el primer proceso real y concreto de integración que tuvimos en el Cono Sur.

Desafortunadamente, la concepción internacional de Carlos Menem separó el comercio de la política. Creó la idea de que nuestro socio político debía ser Estados Unidos, y el comercial, Brasil. Así, se eliminó el colchón político que absorbía los altibajos económicos y comerciales. El costo fue alto. No hubo divorcio. Pero la confianza, la apuesta al otro que había al comienzo, se fue diluyendo. Cada uno fue reemplazando la idea de que su futuro estaba atado a ese emprendimiento. Más bien, vieron la integración sólo como una oportunidad circunstancial.

Esta semana supe, en Madrid, a través de la exposición en una mesa redonda del viceministro de Finanzas de Uruguay, que su país y Brasil firmarían acuerdos de integración que implicarían la libre circulación de bienes, servicios y personas. Esto es, un acuerdo bilateral entre Uruguay y Brasil, por ahora, sin Argentina. Los diarios uruguayos de esta semana dan cuenta de esta novedad. Sin embargo, esto parece no percibirse en Argentina. Por cierto, la iniciativa no se produjo por generación espontánea. Es el resultado de la pérdida de amalgama política en la unión del Mercosur.

Además de ampliar nuestros mercados internos y mejorar nuestra capacidad política de negociación con el resto del mundo, la integración debía transformarse en una suerte de dique común para disminuir nuestra dependencia. Palabra perdida en la invasión de ocurrencias que nos envuelve, la dependencia explica en gran parte los males que vivimos en nuestras naciones. Celso Furtado, uno de los mayores economistas de nuestro continente, la definía diciendo que era la intensidad con que los fenómenos exteriores repercutían en el interior de nuestros países. Cuanto menor el contagio, mayor la autonomía. En este tiempo de crisis veremos cómo, desafortunadamente, algunos países no pudimos construir ese dique para proteger nuestra autonomía, cómo la debilidad del proceso de integración nos quitará la protección que pudimos tener.

Algunos, habrá visto usted lector, piensan que controlando el tipo de cambio se evitará que las desgracias del mundo afecten sus países. Pero el control del dólar no controla el mundo. El tembladeral en la eurozona y la incertidumbre –agravada por las declaraciones de altos funcionarios (“quedan tres meses para salvar el euro”, dijo el FMI)– han afectado seriamente la demanda de nuestros productos de exportación, incluso desde China.

Las previsiones que publicó esta semana la Comisión Económica para América Latina (Cepal) son preocupantes. En 2012, Argentina será el país de dicha región que sufrirá la desaceleración más fuerte en su crecimiento económico. El PBI crecerá 5,4% menos que en 2011, pasando de 8,9% al 3,5% proyectado. Nos sigue Paraguay (-5,3%), que entrará en recesión, y luego Ecuador (-3,3%), Panamá (-2,6%) y Uruguay (-2,2%). En cambio, Brasil no desacelerará: crecerá al mismo ritmo.

La idea de que la región estaba bien protegida y había logrado atravesar bien la crisis mundial empieza a hacer agua. La manera en que la crisis impactará en los países es, retomando a Furtado, el termómetro de nuestra dependencia frente a las oscilaciones económicas mundiales. Esto llega cuando el Mercosur se ha fragilizado. En consecuencia, sólo podrá jugar parcialmente el papel estabilizador que estaba pensado para él.

Entramos en un círculo vicioso: la debilidad de nuestra integración nos hará –a algunos– muy vulnerables, mientras que a otros no, y a la vez, esas diferencias abrirán aun más las grietas del sistema de integración. En los meses que vienen se jugarán en gran parte las consecuencias de lo que cada país ha hecho en estos años de bonanza, entre los que supieron prepararse y los que pensaron que la expansión era un dato inmodificable del futuro.

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