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La Olimpia democrática

  • Por Quintín | 30/06/2012 | 22:22
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Hay un aire notablemente melancólico en las crónicas deportivas de Santiago Segurola que se acaban de editar bajo el título Héroes de nuestro tiempo. Esa melancolía, que se distribuye a lo largo de 500 páginas, no es deliberada ni puede atribuirse al temperamento del autor. Surge más bien del corazón de un género que está obligado a la celebración y el optimismo. No hay ninguna ironía en el título o, en todo caso, no hay otra ironía que la del paso del tiempo y el ascenso del deporte como objeto de consideración intelectual. Nadie se imagina a Jean-Paul Sartre comentando los goles de Just Fontaine en el Mundial del ‘58, pero hoy mis amigos americanos, respetables críticos de cine, no se pierden las transmisiones de los cuatro grandes siglas propias (NBA, NFL, MLB y NHL) y no descuidan el tenis, el atletismo ni el fútbol de la FIFA. Entienden de todos los deportes, aunque no logro entender cuándo trabajan.

Segurola (Barakaldo, Vizcaya, 1957) es de lo mejor entre sus colegas de habla hispana. Durante largos años fue redactor estrella de El País, donde terminó dirigiendo el suplemento cultural Babelia (otra prueba de la creciente importancia de su especialidad); hoy es director adjunto del diario deportivo Marca. Segurola conoce lo suyo (una de las páginas más notables del libro es la explicación en base a leyes físicas y técnicas de entrenamiento del misterio por el cual los corredores de 100 metros son tremendamente culones), escribe bien y está del lado de los buenos, es decir, es de los que se animan a calificar de perverso a un individuo como Bilardo y a los cultores de la fealdad y el amarretismo en el fútbol. Por eso el libro es también el testimonio de un triunfo personal. Firme crítico de la “furia española”, una manera de entender el fútbol heredada del franquismo, Segurola supo ver la renovación que comenzó con el Barcelona de Cruyff y acompañó la transformación de la Selección nacional desde la torpeza programada hasta su juego actual, mucho más sutil, técnico y coordinado.

El libro da cuenta de otra mejora: la espectacular evolución del deporte español de alta competencia, desde el tenis a las disciplinas atléticas. Uno de los héroes de los que habla el libro es José Antonio Samaranch, viejo dirigente franquista reconvertido en artífice del olimpismo profesional contemporáneo a la medida de la televisión y las multinacionales. Dice de él Segurola que “utilizó la presidencia del COI como factor esencial de la designación de Barcelona como sede de los Juegos de 1992, la frontera que marca la divisoria final entre la España presa de sus viejos fantasmas y el país moderno que se abrió al mundo con un éxito incuestionable”.

Y por eso es melancólico el libro. No tanto porque la emoción deportiva se desvanece y se confunde (el fin de semana pasado fue posiblemente el más excitante de la historia del fútbol profesional en la Argentina, pero qué poco importa).

También porque las historias de vida de los grandes deportistas son parecidas en su tristeza: el descubrimiento de su talento, el salto a la fama, la consagración, la brevedad en la cima y la caída (a veces lenta, a veces dolorosa y terrible).

Pero también porque la escritura de Segurola se estaciona en una ilusión: la de un país que partió de la dictadura y el atraso para volverse próspero y democrático, evolución cuya prueba son los Juegos Olímpicos de Barcelona. Los sucesos recientes en España parecen desmentir que todo sea tan sencillo, pero aun cuando el bienestar europeo vaya a durar mil años y el consumidor de deportes sea el arquetipo definitivo de la humanidad, la celebración escrita de los éxitos deportivos (un recurso siempre renovable y casi siempre evidente) no puede evitar la pesadumbre asociada a la redundancia y a la rutina.

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