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Nunca leí Cien años de soledad, y sinceramente no me siento especialmente disminuido por eso. He visto de viaje a tantos extranjeros cargar el libro por la calle, leerlo en los aeropuertos y en la cubierta de un barco, que reconozco que, de prejuicio fácil, siempre tuve la impresión de que no es una novela para mí. La cosa me preocupa poco. Como decía Borges, siendo la literatura tan vasta no veo problema en que una novela de mala muerte integre la larga lista de los baches literarios que me han acompañado durante tantos y tan extensos años.
De modo que me he puesto a rememorar la larga lista de aquellos títulos que pasé por alto, y es tan larga que asusta. Asusta y deprime, porque hay libros que no sólo deben ser leídos, sino que deben ser leídos en el momento apropiado, después de lo cual no se hace más que el ridículo. Como un cincuentón que anda por la calle con bermudas, un señor de cierta edad que lleva bajo el sobaco un libro como Siddharta o como El cazador oculto es carne del desprecio de los demás, de la mofa y el escarnio.
En mi lista no cuento En busca del tiempo perdido, lectura que conscientemente decidí hace mucho tiempo reservar para la época en que me toque estar preso. De modo que esas novelas no engrosan el gran bache, sino que más bien entran en el sistema previsional de lecturas que todo hombre de bien debería considerar seriamente.
Pero hay muchos otros. Algunos no lamento no haberlos leído (Cien años de soledad, justamente), pero hay otros que siento, como el cincuentón tentado de salir a la calle en bermudas, que su lectura me depararía muchos momentos de placer, pero que siendo la ridiculez el precio a pagar prefiero abstenerme (en estos tiempos no hay peor miedo que el miedo al ridículo, decía J.R. Wilcock). Veamos: además de los libros de Hesse y Salinger anteriormente nombrados, sumemos Los tarahumara de Artaud, Sensatez y sentimientos de Jane Austen, La isla del tesoro de Stevenson, y todas las novelas del ciclo de la Malasia de ese pésimo escritor que fue Emilio Salgari. Cuando uno oye hablar de esos libros suele sentir que el tiempo se descomprime, y uno empieza a levitar en medio de las palabras ajenas sin poder meter un bocadillo. Entonces escucha –dicen que eso es lo que hace la gente sabia–, y al final reconoce que todo lo que escuchó no es más que una sarta de lugares comunes que ni siquiera lo motivan para una lectura a escondidas.
Pero volvamos a Cien años de soledad. Nada hay más satisfactorio que encontrar un día que uno tiene las espaldas cubiertas por esos guardaespaldas del intelecto por el que sentimos un respeto reverencial. No me gusta el Pasolini poeta; el Pasolini novelista no me mueve un pelo; el cineasta me gusta un poco; pero el crítico... el crítico me fascina. Para Pasolini, Cien años de soledad es una obra maestra de la ridiculez. La califica como la novela de un utilero, escrita con cierta vitalidad y profusión del manierismo barroco latinoamericano, pero para uso exclusivo de alguna gran productora cinematográfica norteamericana. Los personajes parecen a sus ojos “mecanismos inventados” con espléndida habilidad por un guionista, ya que poseen todos los tics demagógicos destinados al éxito comercial. Para Pasolini, García Márquez es un burlador fascinante. Tan fascinante y tan burlador que todos cayeron en la trampa.