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Primero destituyeron a Lugo en un proceso paraguayo y muy veloz para el populismo garantista, que vio ahí un golpe de Estado y lo denunció con pasión durante quince minutos. Después las huestes de Moyano marcharon a La Matanza y –al son del sofisticado himno camionero– apilaron basura en una montaña mientras efectivos de Gendarmería intentaban subirse a camiones llenos de combustible que al final no explotaron, porque en el Kirchnerverso es todo así: suspenso permanente, siempre al borde, nunca el clímax que uno no quiere que llegue porque lo intuye horrendo, pero al final decís sí, por favor, que llegue, que alguna vez algo termine.
Y no termina nunca, sólo se le agregan ingredientes: en Chubut atacaron Los Dragones, una facción sindical que siguiendo el manual doctrinario de su creador, Quentin Tarantino, obligó a gendarmes desarmados a revolcarse desnudos en la nieve. Estos gendarmes no eran los mismos que lucharon en el Monte Camionero, pero pueden –no sabemos– haber sido los mismos que al chocar con un camión dieron la vida por la Patria, o al menos así lo interpretó la Presidenta en un discurso muy celebrado por Aníbal Ibarra. Por Aníbal Ibarra, ¿entendés? El líder de Los Dragones se llama Guido Dickson y la culpa de todo la tienen los gorilas, nos asegura en la contratapa del diario un tipo que se llama Mempo. Es Pynchon trucho, es 12 Monos al revés: liberen el virus, ya, que no quede casi nadie, a ver si cuando empiezan de nuevo les sale mejor. Compatriotas con título universitario que dejaron de procesar la realidad en el año 2004 me dicen que exagero: la hipérbole hace daño, Raffo, contribuye a la polarización. ¿Entre qué y qué estoy polarizando, hijo de puta? ¿Entre todo lo anterior y el hara-kiri? No depende de mí la polarización, y es otra: entre todo lo anterior y el resto del mundo.
El resto del mundo es vasto pero en el mío pasó esto: salió The Duke, el disco de Ellington arreglado por Joe Jackson y empezó The Newsroom, la nueva serie de Aaron Sorkin para HBO. Entre ambos defendieron una idea esencialista y pragmática del arte y de la vida. Jackson sin pensarlo mucho y dialogando como siempre con la tradición y la moda al mismo tiempo; Sorkin de una manera más explícita y casi militante. “¿Sabés por qué era bueno el periodismo antes? Porque nosotros decídiamos que lo fuera.” La referencia constructiva de Sorkin a un pasado mejor coincidió con lo que dice Stiglitz en su nuevo libro: que el sueño americano ya no funciona. Es triste que un premio Nobel de Economía te advierta hoy de algo que todos vemos hace treinta años, pero es mejor que nada: Stiglitz tiene la decencia de rescatar la aspiración.
En mi resto del mundo se estrenó Cosmopolis, la última de Cronenberg basada en una novela de Don DeLillo que por suerte no leí. Me gustan mucho Libra y Ruido blanco pero con el resto tengo dudas, y confieso que DeLillo me cae peor desde que dijo que los últimos artistas de vanguardia eran los terroristas, porque eran los únicos capaces de sorprender a alguien. Su reflexión circuló gracias a Laurie Anderson, que la repetía en sus conciertos, y todos asentíamos sonriendo a medias: qué ingenioso. Pero está mal desde todo punto de vista, no sólo por la falacia de confundir categorías a propósito, sino porque es mentira: novedad no es lo mismo que sorpresa. Cosmopolis es novedosa pero no sorprende, es moderna como Pinter es moderno; quirúrgica y libre de emoción, ideal para dormir la siesta. Igual me gustó verla, porque no polarizamos en mi resto del mundo, no decimos “el clasicismo es mejor”, como escribió Vargas Llosa esta semana al no saber bien qué decir sobre la muestra de Damien Hirst.
En mi resto del mundo decimos: “Mirá.” Y hay mil cosas para ver y todas son distintas y no hay necesidad de elegir una porque la lealtad no existe (ni puede existir: si existe es el otro mundo).
No es fácil acceder a mi resto del mundo pero es simple, hacés lo que dice Sorkin: lo decidís y listo.
*Escritor y cineasta.
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