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Sigo pensando que el fenómeno de la violencia en el fútbol tiene soluciones. Son complejas, pero posibles. En el marco descripto, la intervención política resulta imprescindible. Entiendo la palabra “intervención” en el sentido de una explicación, de una comprensión integral del fenómeno, del diseño de políticas activas que modifiquen conductas, causas y consecuencias. No lo digo en el sentido de represiones más eficaces. Y pienso que dichas medidas deben adoptarse desde el Estado –porque componen una política–, pero también desde la sociedad civil, para fortalecer la intervención con la participación comunitaria.
A continuación detallo una serie de sugerencias que trascienden las paranoias y las explicaciones fáciles, y que se basan en todos y cada uno de los argumentos desplegados hasta aquí. Naturalmente, estas ideas no pretenden ser un paquete inmodificable, definitivo y cerrado. Por el contrario, se inclinan a mantener una serie de discusiones abiertas y prolongadas. En 2004 fueron diez y hoy son un poco más.
1. Intervenir la AFA o forzar la salida de todos los dirigentes actuales, es decir, de la corte de lacayos grondonistas, para cambiar radicalmente toda la conducción institucional deportiva. Hoy estoy convencido de lo mismo que hace ocho años apenas presentía. Si se nos amenaza con ser expulsados de la FIFA, podríamos recordar que es el organismo internacional más corrupto del universo, con lo cual en realidad nos harían un favor. Y si se nos recordara que así quedaríamos afuera de un Mundial, ¿cuántos muertos más vale un Mundial que ni siquiera ganaremos?
2. La clave de la solución está en producir un cambio cultural amplio. Se impone el reemplazo de una “cultura del aguante” por una “cultura de la fiesta”, que recupere el viejo valor festivo del fútbol, el predominio de lo cómico sobre lo trágico. Esto sólo podrá lograrse en una acción a largo plazo –no menos de diez años–, y para ello son necesarias campañas de medios y educativas, bien planificadas y sistemáticas, que convenzan a la sociedad civil de integrarse activamente en ellas.
3. Pero, además, debe establecerse un amplio diálogo con los hinchas. Sólo ese diálogo garantizará la transformación. Dialogar no significa negociación clandestina. Para eso están los dirigentes y el comisario Matute que acuerda la zona liberada para la emboscada o el canon de “los trapitos”. El diálogo representaría un reconocimiento a los hinchas como actores, la transformación de las hinchadas en organismos comunitarios, su fortalecimiento como núcleos de la sociedad civil, núcleos representativos, defensores de sus intereses y deseos, interlocutores plenos. Esto conlleva apoyarlos en la organización, en la edición de revistas, en la producción de espacios mediáticos. Comprende también reconocerlos, por ejemplo, en la planificación de los operativos de seguridad y en los traslados. No hay como un hincha para saber por dónde ir y por dónde no. Implica considerar sus derechos a la crítica y a la queja. Sería como crear una especie de ombdusfan, el defensor de los derechos de los hinchas que pedían los ingleses. Se debe cortar también con las prohibiciones ridículas de bombos y banderas por miedo a lo que ocultan. La desaparición de bombos y banderas no causa efecto, tampoco la imposibilidad de llevar marihuana en la bandera serviría para acabar con ella en las canchas... Allí sí, establecidas todas las modificaciones anotadas, habiendo reconocido los derechos democráticos de los hinchas por primera vez en la historia, la sociedad tendrá todo el derecho de exigir el respeto total a las normas. Si las hinchadas son reconocidas de esta manera, ellas mismas van a desarrollar formas propias de autocontrol. Antes de eso toda norma será vivida como represión. Y el establecimiento de responsabilidades es imposible o considerado ilegítimo.
4. Ninguna sugerencia tiene sentido fuera de producir transformaciones más amplias, aquellas que tienen que ver con la reaparición en la Argentina de un pacto democrático inclusivo, con niveles mayores de justicia, tolerancia, respeto por los derechos humanos, inclusión social, trabajo, salud y educación. Casi nada. Pero esta afirmación no implica que toda propuesta sea ineficaz hasta que esas transformaciones se produzcan. Lo que quiero decir es que serán eficaces en un contexto de avance en esa dirección. Aisladas se convierten en un gasto de energía y en un consuelo pobre y vano.
5. Se deberían modificar las legislaciones suprimiendo toda legislación especial. Con el código penal y los contravencionales alcanza. Es un marco legal suficiente. Como ya argumenté, la violencia en el fútbol tiene carácter especial pero no excepcional. Y la idea de las legislaciones especiales es, como mínimo, poco democrática.
6. El rol de los clubes es también sustancial. Deben ser apoyados por el Estado desde el nivel municipal hasta el federal. El 90 por ciento de los estadios está al borde de la clausura. Deben establecerse condiciones mínimas de seguridad y salubridad –para no hablar de comodidad–, sin las cuales no puede jugarse ni un partido de solteros contra casados. En situaciones de crisis eterna como la argentina, la concreción de la idea parece muy distante. Pero es posible si se sigue, por ejemplo, el camino español. En ese país se separó la administración de los fondos de quinielas (el Prode español) de los clubes, para evitar la tentación de comprar jugadores con el dinero. Aprovechando el flujo de dinero de Fútbol para Todos, debería establecerse un órgano regulador y administrador, estatal pero autónomo, que organice el proceso de reconstrucción de estadios. Por ahora, cuanto menos se metan los dirigentes de los clubes en el manejo del dinero, mejor. Tienen mucho que demostrar todavía...
7. La seguridad debe volverse seguridad. En inglés puede decirse de otro modo: la security debe volverse safety, resguardo de la comodidad, seguridad del espectador antes que paranoia contra los hinchas. Eso implicaría un cambio de enfoque radical, que debería organizar toda la política. Así, la seguridad debería “privatizarse”. Si lo que se privatiza es el control policial, estaríamos nuevamente en problemas. Debería trasladarse la responsabilidad dentro del estadio a los clubes, con la organización de sus propios equipos. Si lo que se busca es reprimir, harían falta ejércitos de “patovicas”. Si lo que se pretende es prevenir, sólo hará falta un buen equipo, bien entrenado, de gente apta para manejar conflictos y especialmente para prevenir incidentes y catástrofes (hoy ningún empleado de los clubes sabe qué hacer en caso de accidentes). Si los hinchas desarrollan sus posibilidades de autocontrol y autogestión, no harán falta ni la Guardia de Infantería ni los insoportables “guardias de shopping”.
8. Lo dicho no implica sentar a todos los espectadores. La medida propuesta exige un debate amplio. ¿Vamos a sacrificar, al estilo europeo, una tradición de asistencia y participación en el estadio por una modernización apenas supuesta? ¿Lo vamos a aceptar sin discutir? Esto no significa caer en el mito del folclore del fútbol –piedras incluidas–, sino insistir en las tradiciones, algo mucho más lindo y cargado de sentido. Y que no conlleva, necesariamente, atraso.
9. Los medios de comunicación tienen una responsabilidad fundamental en este tema. No en las coberturas de la violencia. La clave está en desdramatizar el juego, volverlo fiesta y deporte. Eso exige modificar lenguajes y costumbres, asumir con una conciencia aguda qué se dice cuando se hace, por ejemplo, un mínimo chiste o se afirman cosas como “ganar o morir”. Es un gran trabajo, sin duda. Pero resulta imprescindible. Lo que se debería volver norma es la prohibición radical de las alusiones racistas, homofóbicas y xenófobas. Esa prohibición debería extenderse a los hinchas previo debate y difusión.
10. Para que todo no parezca tan angelical, existe un paso elemental que consiste en suprimir la utilización de los grupos más duros –ahora sí, las barras– como fuerza de choque al servicio de dirigentes deportivos y políticos. Si nadie lo hiciera, si se cortara ese financiamiento, la barra desaparecería de inmediato. Pero antes debe desaparecer la inocencia culpable que responde “en mi club no hay barra brava”. O el gigantesco “mirar al costado” de cientos de intendentes y legisladores municipales, provinciales y nacionales, que saben perfectamente de qué estamos hablando. Esto es una decisión política y una sanción judicial. Y remite al contexto amplio del que hablaba anteriormente. Mientras un solo político “les tire unos mangos a los muchachos” para poner una bandera, toda solución será imposible.
11. La AFA –esa AFA sin Grondona que reclamamos en el primer punto– desempeña acá un rol fundamental. Ante cualquier apriete a jugadores, técnicos u opositores, debería invertirse la carga de la prueba. El presidente del club debería demostrar que no tuvo nada que ver mientras “los muchachos” conseguían sacarse de encima al marcador de punta González que quería un aumento de sueldo... De lo contrario, sancionar deportivamente (de verdad, y no con el sistema de “amonestaciones” que parece hecho para evitar la sanción). Y también debería organizar campeonatos que no sólo sean, sino que parezcan limpios, con horarios prefijados y con árbitros honestos. Insisto. Que lo sean y lo parezcan. Y con una Justicia deportiva equitativa y transparente. Cada fallo del Tribunal de Penas anuncia un piedrazo al domingo siguiente.
Una última sugerencia para cerrar este libro consiste en subrayar que todo debe hacerse al mismo tiempo. Mañana. Hoy. Ahora. Y después, esperar cinco años para ver algunas transformaciones y diez para lograr la estabilización. ¿Es mucho? Afirmo esto desde hace ocho años... De haberse llevado a la práctica, ya estaríamos cerca de la solución definitiva. Y además, después de un siglo y 257 muertos, ¿será mucho pedir?
*Sociólogo.
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