Publicado en edición impresa de despenalizacion de drogas  

Una discusión sin prejuicios ni moralismos

José “Pepe” Mujica, presidente de Uruguay, propuso legalizar la marihuana y que el Estado monopolice su producción y comercialización. En la Argentina, que según la ONU es el país –junto con Chile– donde más drogas se consumen en América del Sur, Diputados analiza actualmente un proyecto de despenalización de su uso. Se extiende la discusión.

Legal. Personalidades como George Soros, Milton Friedman o Fernando Savater y medios prestigiosos abogan por el consumo no penalizado. |

En 1996, el filósofo español Antonio Escohotado, autor de Historia de las drogas, el trabajo más erudito, claro y preciso publicado en cualquier idioma, debió abandonar la Argentina acusado de apología del delito por defender la despenalización de cualquier tipo de drogas.

Podría haber ocurrido en casi cualquier país del mundo. Pero el panorama ha empezado a cambiar. En marzo, César Gaviria, el ex presidente de Colombia, se pronunció por la despenalización regional. En 2009, junto al ex presidente de México Ernesto Zedillo, y al de Brasil Fernando Henrique Cardoso, Gaviria ya había propuesto cambiar la estrategia en el combate contra las drogas, centrada en acabar con la criminalización del consumo.
Este progresivo cambio de enfoque obedece al fracaso de las políticas represivas, que no hacen más que propagar el consumo de todo tipo de sustancias adulteradas y fomentar el poder económico, la influencia política –corrupción mediante– y la violencia de las organizaciones de narcotraficantes. El temor de una evolución del problema “a la mexicana” (50 mil muertos en los últimos tres años y un Estado desmantelado por la corrupción) orienta el enfoque del tema en una dirección más razonable.

El otro factor es la propia realidad social. El consumo de algunas drogas, muy en particular la marihuana, ha adquirido carta de ciudadanía. El uso de drogas es tema de discusión en familia, sobre todo cuando hay hijos adolescentes. El consumo se ha expandido en todas las clases sociales y resulta imposible negarlo. Antes de asumir como presidente de Estados Unidos, Bill Clinton confesó que había fumado marihuana, aunque, eso sí, “sin tragar el humo”. La realidad del consumo masivo, desfasada de una legislación basada en el desconocimiento y los prejuicios, obliga a salidas del paso infantiles.

Se debe analizar sin prejuicios qué son las drogas; establecer similitudes y diferencias entre ellas; analizar el uso que han hecho y siguen haciendo diversas culturas y la significación que les atribuyen; sus peligros, valor terapéutico y eventualmente espiritual; la autonomía del individuo, su responsabilidad ante la sociedad y la actitud de ésta frente a un tema que afecta el ámbito de lo puramente individual, pero repercute en el conjunto. También la comercialización, legal e ilegal, de todas las drogas.
Conviene subrayar esto: legal o ilegal, porque ¿qué porcentaje de la criminalidad y/o adicción debe atribuirse a las drogas legales? El Centro Regional de Alcoholemia de Coimbra (Portugal) publicó en 1996 un informe según el cual en ese país hay más de 700 mil alcohólicos crónicos sobre una población de 10 millones; que las 1.200 agresiones sexuales denunciadas en 1995 están directamente relacionadas con el alcohol. ¿Se debería prohibir el alcohol o las anfetaminas o somníferos responsables de la abrumadora mayoría de adicciones graves en el mundo?

En Estados Unidos se intentó esta vía con el alcohol en los años 20 (la “ley seca”): lo único positivo fue una excelente filmografía y literatura sobre gángsters, mafias, crímenes y todo tipo de delitos vinculados con la prohibición. Por eso, personalidades tan poco sospechosas de izquierdismo o nihilismo como George Soros, Laurance Rockefeller, Milton Friedman y Fernando Savater, o uno de los semanarios más prestigiosos del mundo, The Economist, se pronuncian con matices, pero abiertamente, por la legalización.

El secretario general de Interpol, Raymond Kendall, afirmó en 1995 que “hoy, la amenaza real para nuestras sociedades es una combinación del crimen organizado y el tráfico de drogas (...) la guerra contra las drogas va mucho más allá de los daños que infligen a los individuos. Los grandes beneficios del narcotráfico indican que el crimen organizado puede corromper nuestras instituciones en el más alto nivel. Si pueden hacer eso, entonces nuestras democracias están en peligro”. Como si hubiese descripto al México de hoy o la Argentina de mañana.
Las actitudes abiertas y pragmáticas ante el problema, aunque no se compartan las conclusiones, son mucho más positivas que la ceguera represiva. Dejar de lado la evidencia y complejidad de los hechos concretos y recargar el análisis de ideología y moralismo no ayuda a la solución. En su trabajo, Escohotado explica el origen del vocablo “fármaco”: del griego pharmakon, que significa, a un tiempo, remedio y veneno. Una misma droga puede aliviar un mal o un dolor, procurar energía o placer, estimular la mente, intoxicar, enloquecer y matar. Vale para las drogas legales e ilegales.

Todo depende entonces del conocimiento que tenga el sujeto sobre la materia inerte que manipula; de la cultura –en su sentido más amplio– en la que vive y se ha educado. Los ejemplos históricos y científicos sobre este concepto elemental son abrumadores. “No hay drogas, sino drogadictos”, sostiene Escohotado –que analiza los escritos de “drogadictos” históricos, como Carlyle, Bismarck, Thomas Jefferson–, y agrega: “No matan las drogas, sino la ignorancia”.

La revista dominical del New York Times publicó en 1997 un largo artículo de Michael Pollan, en el que se analizaban los efectos de la Proposición 215, votada en noviembre de 1996 en California, que autorizaba a los médicos a recetar marihuana con fines terapéuticos o analgésicos ante cualquier “enfermedad grave”. La decisión de los ciudadanos enfureció al gobierno federal y a la Drug Enforcement Agency (DEA), empeñados en una guerra sin cuartel ni debate contra el consumo y la venta de drogas.

El artículo explicaba en detalle y con testimonios médicos que fumar marihuana ayuda a los enfermos de cáncer a soportar la quimioterapia; a los pacientes con sida a recuperar el apetito, a los epilépticos a prevenir convulsiones, etc., sin efectos secundarios significativos. Esto se sabía hace ya mucho tiempo, pero la realidad tardó en abrirse paso en la fronda de prejuicios, ignorancia e intereses que la oculta. ¿Qué pasaría con los carísimos productos de laboratorio, tan publicitados, si algunos males pudieran ser tratados, aliviados o prevenidos con una plantita de balcón? ¿No abriría eso el camino al uso de drogas naturales, en detrimento de las sintéticas? ¿Qué sería de los millones del narcotráfico que reciclan los bancos y oxigenan economías y campañas políticas?

“La marihuana es el mayor cultivo comercial de Estados Unidos (…) casi el doble del algodón, el siguiente cultivo más rentable”, decía Pollan, subrayando que “el mensaje de la marihuana medicinal es que hay diferentes clases de drogas y diferentes razones para utilizarlas; que el uso y el abuso no son necesariamente la misma cosa y que el gobierno federal podría no tener la última palabra en el tema (…) debe darse una discusión en la que la opinión de médicos y científicos cuente mucho más que la de políticos y moralistas. La Proposición 215 marca el final del ‘simplemente diga que no’ (eslogan del gobierno) y el comienzo de los ciudadanos diciendo cosas interesantes. La guerra contra las drogas podría no sobrevivir a esta discusión”.
Esto último es lo que empieza a ocurrir, a menos que la evolución política de este mundo en crisis diga otra cosa.

*Periodista y escritor. Ex director de Le Monde Diplomatique Cono Sur.

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