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Perder la cabeza

El otro lunes, al mediodía, en el bar de Serrano y Córdoba, los infaltables televisores procuraron a los parroquianos una noticia proveniente de muy lejos. Era Crónica TV el canal, y el título decía así: “Decapitan en Arabia Saudita por derrapes ilegales”. Por detrás del anuncio se veían los coches: lanzados en velocidad por calles de circulación rutinaria, torcían de pronto su dirección; llegaban a deslizarse poco menos que de costado; rozaban gente, columnas, las veredas, otros autos; giraban en dos o tres trompos, para luego detener la marcha o, tanto mejor, para después retomarla.

Los comentarios no se hicieron esperar en el bar de Serrano y Córdoba. Todos ellos admirativos: qué pericia demostraban los tipos que manejaban así, qué mezcla de deslizamiento y agarre que tenían los neumáticos, qué imparable festival pistero habían registrado las cámaras. No faltaron las comparaciones con las picadas autóctonas y un redoble en la exaltación cuando el derrape quedó a cargo, no de un auto, sino de una especie de combi.

Del tema de la decapitación no hubo nadie que dijera nada. Ese punto no llamó la atención, yo creo que ni se reparó en la palabra. Los maestros del derrape urbano recibieron su aclamación unánime, sin que se tomara nota alguna de que los descabezarían después. Por supuesto que no corresponde extraer conclusiones generales a propósito de una circunstancia particular. Pero aun así no pude sino reparar en la manera exacta en que fracasa la teoría sobre el poder disuasorio que tienen los castigos terribles. Por lo visto hay un nivel de vértigo, por lo visto hay un grado de la pasión, que se va más allá de la ley, y no atiende a determinadas palabras ni aunque consten en primer lugar.

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