Publicado en edición impresa de obscenidades  

No más lágrimas

  • Por Martín Kohan | 13/07/2012 | 23:21
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Me amargo irremediablemente cuando veo a un chico que llora. Y la otra noche di con uno que lloraba en la televisión. Pensé en cambiar de canal, pero no pude; la propia amargura me retuvo y detuvo mi pulgar en el aire, suspendido sobre el control remoto. ¿Quién era ese chico? Era el hijo de Ricardo Fort. ¿Y por qué lloraba? No alcancé yo ni a pensarlo, y ya se lo estaba preguntando el padre. “¿Por qué llorás? ¿Por qué llorás?”, le asestaba de manera implacable, y a falta de una buena respuesta insistía con las interrogaciones, como si del mentón le manaran.

Yo no sé por qué lloraba el niño en el primer momento del llanto, luego tuve la impresión de que lloraba por la presión de las preguntas del padre. Tal vez, es una hipótesis, no quería estar en la televisión, ser famoso, juntar rating. “¿Por qué llorás?”, lo urgía el divo, que aunque calmo tiene siempre la apariencia de lo que va a explotar. Entonces, de repente, sucedió lo increíble: “Soy feliz”, murmuró el niño.

Se dan esos casos terribles en que los hijos tienen piedad de los padres, y eso suele acontecer cuando no está ocurriendo lo inverso. “Soy feliz”, dijo el chico, para dar el gusto al padre, y junto con el padre a la teleaudiencia, pero las lágrimas brotaban y no dejaban de contradecir el aserto. “Soy feliz”, repitió la respuesta, en consonancia con su progenitor, que repetía la pregunta, para mostrar lo bien que se había aprendido la letra. “Soy feliz.” Pero lloraba.

Hay quien dice que la televisión argentina, en algunos de sus reductos al menos, es el sitio donde resurgió ese mundo al que llamamos menemismo. No obstante me resisto a creer que se trataba del caso proverbial del niño rico que tiene tristeza. Al niño rico lo concibo en capricho y malhumorado, un poco a la manera de Oaki, el hijo del poderoso Gold Silver; esos seres cuyas réplicas en miniatura venían en esos chocolatines-sarcófago que fabricaba precisamente la familia Fort. Este niño, en cambio, no era Oaki.

He leído que por estos días se ensaya una televisión “sensible”. Si se trata de esto que vi, no parece ser otra cosa que una variante de la televisión obscena, es decir la que pone en escena lo que no debería estar en escena. Y si acaso de obscenidades se trata, nos iba mucho mejor con los culos y las tetas y los bultos abultados, con los largos frotamientos de caño y con los lúbricos contoneos. Era penoso, es cierto, pero al menos no se jorobaba a los chicos.

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