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Aparentemente fue Hegel quien afirmó que la historia sucede –por así decirlo– dos veces. Y fue tal vez Marx quien completó la idea, agregando lo que Hegel habría olvidado decir: que la primera vez ocurre como tragedia y la segunda como farsa. No estoy en condiciones de verificar si la génesis del aforismo es real a menos que lo haga con herramientas del tipo Wikicosas.
Pero como a Wikipedia la escribimos entre todos, por lo menos lo que es seguro es que la idea nos debe ser muy querida, porque es una de las máximas marxistas cuya vigencia está asegurada por varios siglos más. En estas épocas donde se asume mansamente que toda creación es cita de algo anterior, historia y farsa hacen de sinónimos, y no sé cómo le explicaré la diferencia a mi hijo en unos años, cuando tenga edad para preguntarme por qué los de su raza tenemos dos palabras diferentes para una cosa que es la misma.
Llego al teatro. Noto que Paulo tiene unas cicatrices en el cráneo. Me cuenta que venía de su Santa Fe natal en ese micro que chocó contra un camión de vacas. Tuvo el honor de ser quien usara el martillito para romper el vidrio y salir de esa lata de sardinas con ruedas en la que se convierte un bus que choca. Si no fuera porque es él y porque lo conozco, creería que el episodio era –otra vez– un guión desvencijado. En el choque murió el chofer, y murieron varias vacas que –sí– una vez más, fueron invariablemente carneadas por hambrientos campesinos. Le pregunto si vio las vacas, porque el tema es mi obsesión desde hace un tiempo. ¡Es que esto ya pasó! Y si no me equivoco, en la misma ruta y paisaje, sólo que sin Paulo, allá por la crisis de 2001. En ese entonces escribí una burda tesis sobre la condición de la representación en este país, y sobre cómo a veces el guión es anterior a su despliegue escénico y está latente en el pulso de una sociedad.
No es lo único que ya pasó. En su columna en La Nación, Maximiliano Tomas se horroriza con altura de una película financiada por San Luis para revivir oportunamente la historia del jubilado que reclama sus ahorros ante un gerente, munido de granada. En su repetición segunda, la escena queda en las mixtas manos de Luppi, “un hombre dispuesto a todo por recuperar lo suyo”, y Gabriel Corrado; con lo cual, aun sin haber visto Acorralados, sigo creyendo en Hegel, creo en Marx y creo también en Wikipedia, que nos los acerca.
Unas chicas que salen de yoga, en Caballito, se comentan las coordenadas de un cacerolazo barrial en su versión 2012. Una pregunta por qué es. La segunda explica que es para pedir seguridad. Una tercera se tranquiliza mucho, y agrega que es bueno que sea por un solo tema; si no, la cosa se diluye y ella ya no sabe si adherir o no.
Algo de razón tiene: cuando marchábamos sobre la Plaza en diciembre hace once años, vi carteles hechos por vecinos inquietos que pedían devolución de dólares en dólares, anulación de la ilegítima deuda externa y además trabajo, pan y paz, en ese cóctel explosivo que agita y sacude la clase media: vecinos que reclamaban lo imposible. Vivir bien, pero dentro del capitalismo.
¿O ya era farsa aquella vez primera?
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