Publicado en edición impresa de INSEGURIDAD  

Argentinos, a las cosas

En 1939, en una conferencia en La Plata, el filósofo español Ortega y Gasset espetaba el famoso “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!”. Siete décadas más tarde, la vigencia de aquella advertencia resulta irrefutable.

La frase viene a cuento de la seguidilla de crímenes que adquirieron connotación pública en los últimos días y motivaron tapas en los diarios y espacio en los medios audiovisuales.
Hace más de 15 años que la inseguridad se ha transformado en un problema público de los más relevantes de la Argentina, generando riesgo sobre la vida, la libertad y el patrimonio de las personas, originando preocupación y miedo, modificando nuestro modo de relacionarnos con otras personas y con el espacio público, trastocando la economía familiar (al afrontar gastos adicionales para sentirse protegidos, como alarmas, garitas, etc.), cambiando hábitos y rutinas, influyendo en nuestra participación política (marchas vecinales, voto, etc.), colándose en la discusión pública, reclamando la atención de los líderes políticos y obligando al Estado a afectar ingentes sumas del erario público en el tema, entre otras cosas. En estos 15 años, alrededor de 35 mil personas murieron como consecuencia de un homicidio doloso, y millones tuvieron que vivir la experiencia traumática de un robo. Así, entonces, huelga explicar la relevancia del problema.

A pesar de ello, ¿qué es lo que sucede, o qué es lo que no sucede, para que en todo este tiempo el problema –lejos de contenerse– se agrave en términos sea cuantitativos, sea cualitativos?

En los noventa se atribuía a la exclusión, el desempleo y la injusticia social ser las causas por las cuales un país con estándares “europeos” de seguridad se abría paso hacia niveles más “latinoamericanos”. Corrigiendo esta causa –en esa inteligencia–, se resuelve aquella consecuencia. No obstante, en los últimos nueve años, el período de crecimiento económico más importante de la Argentina moderna no se tradujo en una reducción significativa de los niveles de inseguridad. Por el contrario, el nivel de delitos registrados en promedio en este período es superior al promedio de los noventa.

También se dijo, y se dice, que la Policía era/es parte del problema, antes que de la solución. Sus niveles de corrupción, autonomía y abuso de autoridad la convertían en un instrumento poco eficaz para prevenir y reprimir el delito. Así –en los últimos 15 años en la provincia de Buenos Aires, por ejemplo–, con la Policía se hizo de todo: se la intervino, se eliminó su conducción institucional, se modificó su despliegue territorial, se la reorganizó funcionalmente, se modificó la organización del personal, sus jerarquías, se le cambió la estética, se revisaron sus planes de selección y formación, hasta se creó una policía nueva y distinta y se desplegaron –como nunca en la historia– fuerzas federales para apoyar las tareas de prevención, entre tantas otras cosas. A pesar de todo ello, y prescindiendo de los matices, la tendencia general ha sido al alza de los delitos y su complejización cualitativa.

En otras ocasiones, y sin solución de continuidad, se criticó por su laxitud el Código Penal al momento de condenar a delincuentes. El problema, bajo esta impronta, era que al que delinque no se le aplica una pena lo suficientemente dura como para disuadir a futuras trasgresiones a la ley. De allí que en el Código Penal se haya metido mano en búsqueda de “la” solución para “el” problema, como se hizo con la Policía, sin que ese endurecimiento penal generase la tan ansiada paz social.
Estos vaivenes invitan a pensar que hay arraigada –en el fondo de la clase política– la secreta convicción de que estamos en presencia de un problema sin solución, o de solución tan ardua que no merece la pena ser encarada.

Esta forma de aproximarnos y tratar el problema de la inseguridad es la que demanda a gritos ser abandonada, a la luz de las vigentes palabras de Ortega, quien en aquella conferencia les reclamaba a los argentinos: “Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más…”.

*Politólogo. Ex viceministro de Seguridad bonaerense.

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