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Tiempos interesantes

  • Por Rodrigo Lloret | 14/07/2012 | 23:13
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“Con toda la paciencia del mundo, los diplomáticos chinos se plantean la perspectiva de futuro ante interlocutores impacientes, convirtiendo así al tiempo en su aliado”.

“China”, Henry Kissinger.


Tras la muerte de Mao (el gran timonel) y el ascenso de Deng Xiaoping (el pequeño timonel), China dejó de ser una economía agraria para convertirse en la principal locomotora del mundo. A mediados de los 70, Deng logró reconvertir a China en una sociedad de consumo sin claudicar las banderas comunistas, en un curioso proceso que entremezcló en Beijing luminarias de Louis Vuitton, Sony y McDonald’s con estatuas de Mao, Marx y Lenin.

La furiosa transformación se inició cuando China movió los parámetros del socialismo hasta convertirse en una “economía de mercado planificada” (sic). Deng le puso palabras a ese vertiginoso despegue ideológico cuando anunció que “no importa si el gato es negro o blanco, sino que cace ratones”. Pero la retórica hubiese quedado hueca sin el crecimiento descomunal de China, que durante más de treinta años logró un alza del PBI superior al 10%. Las famosas “tasas chinas” fueron las verdaderas protagonistas del milagro de un país que dobló su PBI en apenas 9 años, cuando Inglaterra tuvo que emplear 60, Estados Unidos 50, Japón 35 y Corea del Sur 11. Según el Banco Mundial, el gigante asiático “logró en una generación lo que a otros países le ha costado siglos”.  

También fue el país comunista más grande del mundo el encargado de rescatar al capitalismo. Tras la crisis que se inició en 2008, el comercio internacional evitó una hecatombe mayor gracias a la demanda china que alivió las recesiones conjuntas y simultáneas de Estados Unidos y Europa.

En ¡Acabemos con esta crisis!, el flamante libro de Paul Krugman, el Premio Nobel observa que es tan profunda la debacle financiera y económica que ya no basta con preguntarse cómo se inició la pesadilla, sino centrarse en cómo se encuentra la salida. Es en esa respuesta, donde China vuelve a tener un rol central.

Pero China parece mostrar signos de asfixia, por primera vez, desde su revolución industrial. Si el dato es cierto, el mundo entero debería preocuparse anticipando conflictos sociales que siempre se sabe cómo se inician, pero nunca cómo terminan.

En China, la monumental obra que Henry Kissinger publicó este año, se sostiene que durante los años más duros de la guerra fría, Mao no tenía temor a un ataque nuclear estadounidense sobre China porque argumentaba que podrían morir cientos de millones de chinos, pero las armas atómicas nunca podrían acabar con el total de su población. “Quizá el mundo peligre, pero siempre existirá China”, pensaba Mao.

“Quien pretenda comprender a China deberá comenzar por valorar su contexto tradicional”, completa Kissinger.

“Que vivas tiempos interesantes”, es una maldición que suele usarse en China. El mundo los está viviendo.

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