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¿De qué forma lo miró el presidente Angelici a Riquelme la otra noche, allá en San Pablo? ¿Qué es lo que le dio a entender, qué es lo que le quiso decir al clavarle así los ojos? El asunto de por sí no es demasiado trascendente, es apenas una más de las tantas menudencias del fútbol, y por más que haya unos cuantos a quienes en eso les va la vida, queda claro que no cuenta entre los temas relevantes de la vida de un país. Pero ocurre que el otro día la presidenta de la Nación le pidió en público a su secretario de Comercio que no la mirara a ella como Angelici lo había mirado a Riquelme. Y de ese modo el episodio desbordó su contorno deportivo para asumir un significado político (el fútbol, como no es nada, siempre puede significarlo todo).
Esa noche con Corinthians yo la tengo bastante olvidada, pero puedo si me esmero hacer mi humilde aporte a la cuestión. A mi juicio, el presidente Angelici miró a Juan Román Riquelme con una mezcla bien pareja de imploración y reproche, aunque creo que la parte del reproche la expresó con una torcedura de boca. La escena queda, no obstante, incompleta, si no se agrega a ella la proverbial cara de nada que es capaz de adoptar Riquelme. Hace años, a Mauricio Macri, le espetó su Topo Gigio; y a Angelici, que es hombre de Macri, algo así pero sin las orejas.
¿Y por qué vino a pensar en todo esto la presidenta de los argentinos? ¿Por qué la mirada de Guillermo Moreno la remitió a ese vestuario del Pacaembú, en esa noche de final perdida? Sea porque la expresión de Angelici consta ya, y para siempre, en cualquier antología de las miradas fulminantes de la historia. Pero acaso también porque, inopinadamente, subrepticiamente, creyó adivinar, en esa situación, otra cosa: el dilema de una disociación entre sufragios y fervor. ¿Y si fue eso lo que entrevió: el drama de que los votos pueden encontrarse en un lado y la adhesión más entusiasta puede llegar a ir a parar a otro? Porque Angelici es el presidente de Boca, lo avalan los votos de los socios; pero Riquelme es el ídolo de Boca, lo avalan la ilusión y la gratitud de los hinchas. ¿Qué pasa cuando una fuerza y la otra fuerza amenazan con disociarse?
En el pequeño (pequeño pero total) mundo del fútbol, están los que piensan que Riquelme tiene razón y están los que piensan que Riquelme no tiene razón. Pero unos y otros, es decir también los que lo avalan, habrán de admitir que sus decisiones tienden a adoptar con frecuencia la forma aparente de la mera obcecación, el rictus de la total intransigencia, los tonos del liso y llano capricho. Existe una línea que separa al inflexible del terco, existe una diferencia decisiva entre el estrictamente rígido y el puramente irritante. No lo digo por Riquelme, desde luego. Estoy tratando de entender por qué se le cruzó todo esto a Cristina Fernández de Kirchner por la mente, por qué motivos pensó, no ya en Angelici, sino también en Riquelme, al ser mirada por Guillermo Moreno.
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