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La consigna de los estudiantes chilenos que pregonan en las calles de Santiago y otras ciudades chilenas contra el presidente Piñera, pero implícitamente contra la concertación de centroizquierda que gobernó el país desde el retorno de la democracia, es “por una universidad pública y de calidad”.
El modelo que instauró la dictadura de Pinochet puso la educación chilena en la órbita del capitalismo financiero que cobra un alto precio por la educación que permite adquirir.
El Estado dejó de financiar las universidades públicas: sólo el 14% del presupuesto de la Universidad de Chile es cubierto por el presupuesto de la Nación; el resto proviene de servicios (alrededor del 60% y aranceles 25%).
Las universidades públicas son 16 y las privadas 42, de las cuales 36 fueron creadas desde la dictadura de Pinochet. En total 58 universidades y prácticamente desaparición de la educación superior del presupuesto.
En ninguna parte de América latina existe una educación superior tan elitista como en Chile, capaz de establecer una distancia social tan visible y alevosa.
Los partidos de la concertación pudieron frenar la reivindicación estudiantil en nombre de la transición a la democracia. La administración de centroderecha les desató manos y corazones y lanzada a la calle la mayor movilización social de la era democrática parece indetenible.
En nuestras universidades públicas la mención de la calidad no tuvo eco porque para reflexionar es preciso contar con evaluaciones más o menos ajustadas y –es sabido– las universidades se resisten a las evaluaciones institucionales. Los estudiantes tienen otras demandas más inmediatas que la calidad.
De tanto en tanto aparece en los medios un ranking de universidades donde las latinoamericanas no figuraban entre las primeras doscientas para demostrar su bajo nivel. Ante las protestas regionales hace dos años aparecieron las universidades Autónoma de México y luego Sao Paulo; probablemente aparecerá la UBA.
Nadie conoce la metodología de construcción del orden de mérito, se presume que son el producto de opiniones calificadas desconocidas, que sólo sirven para que incautos donantes sumen su dinero a las universidades privadas más conocidas y reputadas.
Dicho lo cual conviene insistir sobre la mala gana de las universidades públicas a evaluar sus niveles de calidad, más bien fomentan los malos entendidos. Se burlan con razón de estas evaluaciones, pero no son capaces de establecer un sistema propio de evaluación que contribuya a corregir formaciones docentes completamente anacrónicas en algunas disciplinas, mediocres en otras y avanzadas –como no– en algunas.
El panorama es complejo porque las universidades son terciarios gratuitos, ahora complementados con cuarto nivel (maestrías) quinto (doctorados) y sexto (posdoctorado) arancelados y relativamente calificados según las universidades y disciplinas.
El terciario masivo es completamente profesional y, en consecuencia debería ser medido en sus propios términos, en su capacidad de formar buenos profesionales.
En la práctica la masa de profesionales graduados decanta en el cuarto nivel (de especialización) y con algo más de sofisticación en el quinto nivel de doctorados. Es otra dimensión y otro nivel en la medición de la calidad.
En la década del 90 se estableció un sistema nacional de evaluación de la calidad mediante un sistema de acreditación, que intenta y a veces consigue establecer pautas mínimas de calidad mediante un sistema de puntaje por indicadores razonablemente objetivos.
Seguimos el camino que abrió Arturo Frondizi en 1958 cuando permitió la creación de universidades privadas, pero prohibiendo el aporte financiero del Estado. Esto generó agencias estatales especializadas de investigación como el INTA, el INTI, Conae, Conea, Citefa, entusiasmando al premio Nobel Houssay para organizar el Conicet, con el modelo francés de organización estatal.
Desde entonces el rol de investigación de la Universidad no ha desaparecido, pero con seguridad disminuido para acentuar su carácter profesionalista. Acaso sea el momento de repensar todo nuestro modelo de Universidad y nuestro modelo de investigación que ha cumplido medio siglo sin que comencemos a contar los méritos y desméritos, las calidades y debilidades de nuestro sistema de educación superior y de nuestro sistema de investigación porque están demasiado ligados para evaluarlos por separado. No hay calidad educativa posible lejos de la investigación ni investigación sólida sin formación terciaria y cuaternaria –por lo menos– adecuada.
*Profesor Emérito de la Universidad de Córdoba.
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