Publicado en edición impresa de a cinco años de la muerte de fontanarrosa  

El hombre que se fue con Casale

  • Por Claudio Gómez | 20/07/2012 | 23:32
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Debo confesarle algo, señor Fontanarrosa. Algo que me ocurre cuando leo sus cuentos. Pero no cualquier cuento, sino los que escribió sobre Central. Y es curioso, ahora que lo pienso, porque es en el único momento que me sucede. Le explico: cuando miraba a Riquelme, por ejemplo, lo disfrutaba, lo admiraba y hasta llegué a reconocer que lo quería en mi equipo, pero a pesar de eso, jamás, jamás tuve ganas de ser de Boca. O lo de River, sin ir más lejos: armó una revolución en la B y encendió como nunca el orgullo por la camiseta, pero ese gesto lo valoré a la distancia, como alguien que mira la fiesta de afuera sin intención de colarse. Y le digo esto, señor Fontanarrosa, porque tiene mucho que ver con esa confesión que le anuncié. Ahí va: cuando leo sus cuentos me dan ganas de ser hincha de Central. Ojo, esto no significa que me haya vuelto medio Canalla, y mucho menos que cuando jugamos contra ustedes no les quiera ganar por cuatro goles. La cosa no es con Central, es con sus cuentos sobre Central.

La primera historia que me descolocó fue 19 de diciembre de 1971. Sé que usted se resistiría con humildad y sólidos argumentos a definirlo como el mejor cuento de fútbol de todos los tiempos, pero lo es. Ese relato, señor Fontanarrosa, es el culpable. Lo leí y fue como si estuviera en el Azteca el día de San Diego, o como si lo viera al Bocha, otra vez, perforando defensas que se creían invulnerables. Con ese cuento me ocurre lo mismo que con los grandes episodios de la vida: recuerdo el lugar, el momento y hasta le diría la ropa que tenía puesta cuando lo leí por primera vez. Y aunque ningún hincha de Central coincidirá conmigo, le voy a decir algo más: creo que el mayor mérito de la palomita de Poy fue que inspiró la historia del viejo Casale y ese grupo de fanáticos en peregrinación al Monumental.

Después vinieron La observación de los pájaros, Plegarias a la virgen, los episodios en las mesas de El Cairo y tantos cuentos que amplificaron el milagro. Era cuestión de leerlos y revalidar ese instinto centralista, esa necesidad de que usted me escriba. Nunca me pasó nada siquiera parecido con los otros autores que suelen escribir sobre fútbol. Releo al Gordo Soriano, pero jamás logró que sintiera una mínima empatía con San Lorenzo; disfruto con Sasturain, pero los bosteros seguirán hasta el fin de los días en la tribuna de enfrente; reconozco a Galeano, pero el fútbol del paisito no me mueve un pelo. Es que ellos, señor Fontanarrosa, nunca me pidieron que me sacara mi camiseta para ponerme las suyas.

Y ya que estoy en plan de confesiones, acá va otra: yo estaba entre el público en la Feria del Libro el día que compartió una mesa con Soriano, Sasturain y Carlos Ferreyra para hablar de fútbol y literatura, ¿se acuerda? Fue esa tarde que usted, después de la teatral presentación de Juan José Panno, pidió el micrófono para decir, con toda franqueza: “¡Y me querés decir quién carajo va a hablar de literatura!”. Conservo el cassette de esa charla como si fuera el relato inédito del gol de Grillo a los ingleses. Esa fue la única vez que lo tuve ahí nomás, y no me animé a encararlo. Me perdí la oportunidad de hacerle mi confidencia, y de ver su gesto.

Ya ve, señor Fontanarrosa, que el jueves pasado se cumplieron cinco años desde que nos dejó y a mí se me ocurre escribir estas cosas. Sin analizar demasiado la cuestión sospecho que estas palabras tal vez cubran las preguntas y las confesiones que nunca le pude hacer. Asignaturas pendientes, les dicen. ¿Sabe las veces que me imaginé que me sentaba en La Mesa de los Galanes para que revele de una vez por todas si era o no miembro de la OCAL? ¿O para que confiese que nunca había querido venir a vivir a Buenos Aires para seguir cerca del Canalla? ¿O aunque sea para escuchar algún comentario suyo sobre los dos empates de Central con River en la B Nacional?

Es tarde, lo sé, pero no me pude resistir. Tómelo como una despedida demorada. O, más bien, como un desahogo que me debía.

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