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Lo marginal en el centro

  • Por Damián Tabarovsky | 21/07/2012 | 23:32
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Hace unas semanas, Rafael Rojas publicó en El País de España un interesante artículo sobre la aceptación por el Estado cubano de la obra de Virgilio Piñera. Silenciado y relegado por el gobierno revolucionario, viene aconteciendo últimamente un proceso de reivindicación oficial de su figura y su obra. Famosa es la anécdota en la que Piñera (que en los días inmediatos a la Revolución participó junto a Cabrera Infante en Lunes de Revolución, una revista oficial y crítica a la vez, que duró lo poco que puede durar esa paradoja) en una reunión de escritores y artistas con Fidel, le explicó lo que muchos de ellos sentían frente a la idea de un arte dirigido por las autoridades: “Miedo”.

Marginado a partir de los años 70, muerto a finales de esa misma década, ahora en La Habana se celebran congresos en honor a su obra, se consiguen sus libros y, tras los pasos de amigos fieles como Antón Arrufat, nuevas generaciones de escritores cubanos retoman su herencia.

Rafael Rojas, nacido en Cuba en 1965, residente en México, es un especialista en la relación entre poder y literatura en Cuba, o mejor dicho, en “el rol de los gobiernos en la administración de las literaturas nacionales”. El estante vacío (Anagrama, 2009) es uno de sus libros clave, un recorrido impecable por la historia imposible de ese par (literatura/gobierno). Retrocediendo a su artículo en El País, para apoyar la hipótesis de que “la vuelta a Piñera es otra evidencia de que las tradiciones se reinventan por obra de las comunidades intelectuales y no de los gobiernos”, Rojas agrega una frase; una frase escrita casi el pasar, una de esas frases que incluyen la palabra “además”, como quien la suma en una larga lista, y que, sin embargo, para mí, es la frase crucial del artículo; la frase que lleva su argumentación a un escalón más general, más amplio que el solo caso cubano: “A Piñera lo ha favorecido, además, el desplazamiento de las poéticas latinoamericanas hacia los márgenes”. Inmediatamente Rojas menciona la forma en que Piglia habría leído a Piñera bajo el modo de ese desplazamiento, y luego el artículo retoma la descripción de los usos estatales de la obra del autor de La isla en peso. Pero si algo tiene de aguda la frase de Rojas, es que precisamente la aporta casi como un dato dicho al pasar, como una obviedad, como una evidencia que nadie discute. Y así es. Y si es así, es porque precisamente ese proceso de desplazamiento estético hacia los márgenes de la literatura latinoamericana ya se ha concretado, ya se ha legitimado, y corre serios riesgos de volverse doxa, lugar común. Podemos, quizás, tomar a la frase de Rojas como un punto simbólico en ese proceso de cambio de paradigma literario: una frase dicha al pasar, de un ensayista latinoamericano que publica sus libros en grandes editoriales multinacionales, en un artículo publicado por el diario El País de Madrid (el “periódico global en español”, según informa su propio eslogan). No sólo el Estado autoritario tiene una formidable capacidad de cooptación: el mercado también. Alcanza simplemente con analizar qué tipos de escritores latinoamericanos publicaron en España en los últimos 10 o 15 años, y veremos: de Aira a Bellatin, de Fogwill a Antonio José Ponte, de Carlos Labbé a Villoro, de Guadalupe Nettel a Chejfec, algunos en editoriales grandes y otros en pequeñas, pero todos (y muchos otros más: la lista es extensísima) practican una literatura descentrada, cerca del margen, alejados del paradigma tradicional de la literatura latinoamericana. Me detengo aquí: es quizás hora de plantear una discusión sobre la relación entre centro y periferia en el campo intelectual. ¿La semana pasada había terminado con esta misma frase? Pues entonces volveré sobre el tema uno de estos domingos (la repetición es mi destino).

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