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El club de los desenterradores

  • Por Guillermo Piro | 21/07/2012 | 23:36
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Ningún escritor es injustamente olvidado. Aceptamos que sea una expresión con la que lamentamos que los libros de determinado autor ya no se encuentren ni en las librerías de viejo, pero la memoria y el olvido no conocen ese lugar llamado justicia. Un escritor es justamente olvidado y justamente recordado, del mismo modo que es necesario olvidar determinados hechos de una vida para seguir viviendo. En El pasado, la memoria, el olvido, Paolo Rossi asegura que hace falta recordar y olvidar en igual medida. No hace falta apelar al Funes de Borges para conocer los estragos de una memoria absoluta, total, brutal. De modo que el hecho de que algunos escritores pasen al olvido tiene su sentido oculto. No sé cuál, o tal vez sea distinto en cada caso. Pero la palabra justicia aplicada a la literatura siempre suena un poco a reclamo de anciana con la bolsa de las compras en la cola del banco hablando sola, a los gritos. Mejor callar.

Hace unos años, un antiguo director de lo que entonces se llamaba Instituto de Cooperación Iberoamericana, Tono Martínez, mientras cenábamos en un antro del Bajo me decía que nunca iba a entender esa costumbre tan argentina de olvidar a los escritores durante más o menos veinte años para volver a desenterrarlos veinte años después. En ese entonces, quien estaba atravesando el cono de sombra era Bioy Casares, a quien Martínez consideraba el mejor escritor argentino (pero bueno, dejemos eso de lado, el último buen escritor que los españoles conocieron fue Cervantes; no saben qué es un buen escritor). Pero lo que decía Martínez era cierto. No menos cierta es la existencia de esa especie rara de escritor dispuesto a sacrificar su tiempo, su pasión y hasta su dinero por desenterrar a esos escritores olvidados. No son muchos, y son raros. Leopoldo Brizuela desenterró a Sara Gallardo (foto); Matilde Sánchez a Silvina Ocampo; Américo Cristófalo a Néstor Sánchez; Alejandra Laera a Manuel Mujica Lainez; yo mismo desenterré a J.R. Wilcock y a Héctor A. Murena. Damián Tabarovsky se encuentra en plena labor de desenterrar a Silvina Bullrich. Debe de haber más desenterradores y más autores desenterrados, pero ahora no los recuerdo. Es raro, porque estos autores “injustamente” olvidados vuelven a ser “justamente” puestos en circulación, y pareciera que entre tanto algo cambió, algo mutó e hizo que entonces, ahora, sus prosas puedan moverse con aceitada agilidad en este nuevo mundo que no conocieron, que ni siquiera previeron. Lo que trato de decir es que su aceptación posterior no tiene nada que ver con la anticipación: son escritores que no se anticiparon a nada, que ni siquiera escribieron para los lectores del futuro; simplemente pareciera que no les había llegado el momento, y que ese momento es ahora.

Debería hacerse un simposio en el que se pudiera escuchar a esos desenterradores, si es que estos sujetos tan generosos (porque se preocupan más por publicar la obra de otro que la propia, porque elaboran discursos para convencer a un editor acerca de lo acertado que resultaría publicar determinado libro de uno de esos olvidados con argumentos que ni se les ocurriría utilizar para convencer a nadie de publicar los propios) tienen algo que decir. Es una idea; se las regalo, yo tengo demasiadas cosas que hacer como para ocuparme encima de organizar un simposio.

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