Publicado en edición impresa de de la sota y su estrategia  

Un viejo anhelo presidencial

  • Por Ezequiel Avila | 21/07/2012 | 23:51
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Pasaron diez años de aquel intento por llegar a la Casa Rosada de un, por entonces, novato gobernador cordobés. Consideraba que lo tenía merecido. Venía de romper una hegemonía radical de casi veinte años. Se había sostenido en el poder a pesar de la crisis de 2001. Expresaba doctrinalmente la renovación peronista de los 80, que había quedado a medio camino ante el avance menemista.

De la Sota ya se perfilaba como un líder político que buscaba algo más que la gobernación cordobesa. Audaz, decidido, profesional en lo comunicacional, innovador en el arte de la gestión del Estado y viejo zorro en el oficio de la política, se dio de bruces con un Duhalde que prefirió inclinarse por un ignoto gobernador sureño. Era Kirchner lo más parecido a un outsider que el justicialismo podía ofrecer a una Argentina a la que sólo la esperanzaba el (contradictio in terminis mediante) desesperanzado “que se vayan todos.”

De la Sota, como Julio César, rumbeó para su Galia; ese teatro de operaciones alterno que permite despuntar el vicio de la política y mantener la tropa entretenida; pero, sobre todo, que ayuda a construir fuentes de poder endógenas a partir de las cuales algún día, si la fortuna o la virtud lo conceden, regresar al escenario principal.

En su Galia cordobesa, tuvo que lidiar con prototipos de centroizquierda a quien Néstor Kirchner alentaba mediante el discurso de la transversalidad. Abortada esa variante cuasisocialdemócrata y decidido a recostarse sobre los justicialismos provinciales, el kirchnerismo tejió alianzas con un De la Sota que, no obstante, no desaprovechaba oportunidad para mostrarse diferente.

Confeccionó un artefacto político que siempre se sintió más cómodo cerca del peronismo tradicional que de las nuevas ínfulas camporistas.

Esperó, cortejando la oportunidad que se le había negado, entre la negociación y la confrontación; mostrándose menos kirchnerista que Scioli, pero más kirchnerista que el duhaldismo.
Hoy, a diez años de aquella fallida experiencia, hay cuatro señales que le indican que es el momento de intentarlo una vez más. Primero: en 2015 alcanzará sus 66 años, con lo cual depositar su fe en el 2019 sería un despropósito. Segundo: siente un kirchnerismo debilitado, una economía en desaceleración y un aroma a cambio de clima en la opinión pública. Tercero: comprende, observando los movimientos de Moyano y Scioli, que el lugar de la oposición le corresponde al peronismo, y él pretende estar en la discusión de la sucesión. Cuarto: Ve un kirchnerismo desbocado, con pocos reflejos, que responde con nerviosismo, dispersión comunicacional y poca muñeca política a un paro de la CGT o a una declaración de un gobernador.

No obstante, sabe también que en la maquinaria en formación, que es el peronismo postkirchnerista, hay tuercas por ajustar. Ahogados en sus finanzas, tanto el mandamás cordobés como Moyano y Scioli, están más próximos a librar una guerra de guerrillas que una batalla frontal. Además, quizás advierten que un plano está dado por la diferenciación respecto al kirchnerismo; pero otro, más sutil, por la diferenciación entre ellos mismos.

Los rudimentos de la guerra de guerrillas le ordenan al gobernador De la Sota operar mediante fuerzas dispersas y dinámicas, atacando varios flancos. Cuando afirma que “hoy es más fácil sacar un DNI con cambio de sexo que comprar dólares” pega a la economía pero también al relato progresista. Cuando dice que apoya a Scioli pero muestra que Córdoba no está en emergencia y que él no le pide ayuda a la Nación, sino que le cobra lo que ésta le debe, golpea al kirchnerismo in totum, sciolista y cristinista. 

La guerra de guerrillas procurará desgastar a una enemiga que tal vez busque la confrontación directa. Sería lo mejor que le podría pasar a De la Sota, para justificar su cruce del Rubicón. Mientras tanto, recorrerá provincias, enlazará acuerdos con intendentes, receptará quejas de peronistas heridos y se mostrará presidenciable. Intentará buscar un punto medio entre la ruptura moyanista y la vaguedad sciolista. Con pragmático cinismo no romperá lanzas aún con Cristina Kirchner, pues, como dice el tango, “aprendió que en esta vida, hay que llorar si otros lloran, y si la murga se ríe, uno se debe reír.”

*Politólogo.

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